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Loving Vincent

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La vida de los grandes artistas generalmente es tan inmensa y enigmática como las obras que le rodean. Siguiendo esta lógica, los grandes pintores del siglo XIX se caracterizan por la pasión y el misterio que sus biografías encierran, algunas estampadas por el delirio, otras por la tragedia. Este es el lugar donde calza Vincent Van Gogh, maestro del posimpresionismo, cuya vida estuvo marcada por la desdicha. Su historia, obra y muerte se desnudan en este peculiar filme, “Loving Vincent”, la primera película totalmente pintada.

La obra arranca posterior al fallecimiento de Vincent Van Gogh. Armand Roulin (Douglas Booth) es encomendado para entregar una carta póstuma del pintor. Desde allí, Armand empieza a develar los últimos días de vida de Van Gogh ayudado por las personas que le conocían, vecinos y médicos. Así, la historia del pintor se nos revela a medida que Roulin desentierra la misteriosa vida y muerte del maestro posimpresionista.

Armand Roulin es nuestro punto de vista en medio de una historia con tintes de road movie. Desde él, paseamos junto a varios personajes que nos permiten dibujar el boceto que era la vida de Van Gogh. La trama avanza con lentitud y paciencia, y poco a poco desnudamos la solitaria existencia del maestro, mientras que, en paralelo, Armand se desarrolla como personaje a medida que se involucra en descifrar la tragedia que rodeó al pintor. ¿Por qué Van Gogh se quitó la vida? Es la gran duda que mueve la trama.

Cuestionando la veracidad del suicido, Armand desnuda su propia humanidad al interactuar con ese pasado que aún vive y respira; los que compartieron con Van Gogh, quienes lo humillaron y dieron la espalda, pero también aquellos que lo amaron. En un abanico de colores, el guion deja más reflexiones que respuestas y el espectador termina por maravillarse con el impecable ejercicio artístico que implica la película más que con la historia, la cual es un funcional mecanismo para viajar por la estilizada obra de Van Gogh.

El gran acierto de la obra recae en cómo ha sido producida, ya que, siguiendo la técnica creada por el maestro, un equipo de 150 artistas pintó cada uno de los cuadros que componen la película. Óleo sobre lienzo, más de 65 mil cuadros se pintaron para poder darle vida al metraje. Esta titánica labor permite que el filme sea un impecable reflejo de la obra de Van Gogh, debido a que estos perfectos fotogramas abarcan el amplio espectro de los ocho años de fructuosa carrera del talentoso holandés.

Visualmente, la película es un goce sin par, haciendo parecer que toda la historia ocurriera dentro de un vistoso sueño lisérgico. La delicada técnica usada muta de forma orgánica en diversas herramientas narrativas y audiovisuales, tales como el flashback y la transición. Las pinturas cobran vida en la pantalla y nos llevan de la mano en un relato sencillo y profundo, sazonado con una belleza inigualable que es digna de aplaudir.

“Loving Vincent” es un tributo audiovisual sin igual, una película como nunca hemos visto. Un desplante de talento sincero y precioso, que será el deleite de todos los entusiastas de la pintura y que, gracias a su hipnótica factura, consigue capturar la atención de aquellos que desconozcan la obra de Van Gogh. En términos narrativos, es un cuento simple y bien adornado, pero se vuelve inolvidable cuando vemos esos primeros cuadros moverse.

Por Roberto Núñez

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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