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Los Padecientes

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El cine de suspenso, en especial aquel que no busca por ningún motivo convertirse en terror, es un conjunto complejo de recursos que buscan mantener al espectador al borde de su asiento, con la respiración acelerada por saber qué sucederá después. Es un género fílmico que, cuando logra ser llevado a cabo de manera correcta, produce obras maestras que pasan a la memoria colectiva enalteciendo a sus directores. No obstante, también suele ser un género que engloba una serie de películas que no han logrado llegar a esa categoría tan anhelada, quedando a medio camino entre el cine negro cliché y el drama injustificado. “Los Padecientes” es uno de estos últimos casos; una adaptación de la novela de Gabriel Rolón que no termina de convencer a sus espectadores ni por un segundo, a pesar del gran potencial creativo que encierra.

La tercera película de Nicolás Tuozzo como director se toma 116 minutos de viaje narrativo para contar la historia de Pablo Rouviot (Benjamín Vicuña), un afamado psicoanalista que se ve envuelto en el peritaje de la muerte de un importante empresario. En este trabajo, el psicoanalista irá desentrañando el misterio alrededor del asesinato, mientras defiende a Javier Vanussi (Nicolás Francella), hijo trastornado de la víctima, en un intento por descubrir la verdad del crimen.

La película comienza con la narración del protagonista sobre su filosofía en torno a las ideas de la justicia, la verdad y la importancia de buscarlas incansablemente. Desde este momento en adelante, será esa narración las que nos remontará al pasado, hasta el punto exacto donde comienza la historia de Pablo y nos llevará a través de escenas llenas de frases desafortunadas que rayan en lo misógino, y un guion pobremente trabajado que se va transformando en la tónica del film a medida que los minutos avanzan. No toma mucho tiempo para que comience a relucir un quiebre entre las intenciones del relato y el tratamiento cinematográfico que se le ha dado: por un lado, una historia compleja que promete personajes ricos y profundos, con un cuidado por la construcción de las personalidades a través de detalles, y por otro lado, una forma de narrar mediante diálogos y escenas que no convencen, con personajes de una sola dimensión y de intenciones mecánicas, que responden a las necesidades del guion y no a una motivación interna.

En lo técnico, el uso de la cámara y la propuesta artística abundan los planos cercanos que se suceden unos a otros, en un intento voraz por mostrar a los actores que protagonizan el film, pero que no alcanzan para construir verdaderamente una propuesta cinematográfica clara que sirva de base estética para apreciar la cinta. A pesar de tener muy buenas locaciones, de colores y rítmicas visuales llenas de contraste que pudieron ser explotadas de manera exquisita, la indecisión en su propuesta termina por generar una narrativa visual poco clara, poco propositiva y, hacia el segundo tercio de la película, predecible.

Finalmente, son dos puntos críticos los que terminan por hundir al film en el aburrimiento total del espectador: lo poco creíble de su argumento y lo mal logrado de su construcción de tensión. Al tratarse de una película cuyo centro es la investigación de un personaje que se declara a todas luces como intelectualmente superior, se esperaría un desenvolvimiento de la historia basado en las deducciones inteligentes, en las formas de pensar brillantes y en la seducción del pensamiento de una mente que deslumbre al espectador. No obstante, esta película decide alejarse de ese camino, y decide entregar a su protagónico las soluciones de manera arbitraria en un juego de convencimiento que hace parecer que los demás personajes no tienen coherencia alguna, insultando la inteligencia de ellos al entregar en bandeja todas las soluciones y aguantando las más absurdas interpretaciones de Rouviot, e insultando también al espectador al llenarle de tantas esperanzas de verse burlado por el psicoanalista y que sólo consigue entregar un personaje pobre y difícil de soportar en su rol de investigador.

Como consecuencia de lo anterior, el film carece de una curva de tensión que justifique su clasificación como cine de suspenso psicológico, convirtiéndose en el perfecto cliché del investigador que vence porque el guion así lo dicta: sin tensión, sin clímax y sin emoción alguna más allá de las que los personajes dicen sentir, pero que no tienen justificación alguna para un espectador que se cansa de querer involucrarse en el mundo de la película y no lograrlo por los enormes descuidos que esta tiene para plantear su propio mundo narrativo.

En conclusión, “Los Padecientes” es un intento desesperado por hacer funcionar una historia mal adaptada. Un ejercicio cinematográfico que logra llegar a la pantalla grande debido al esfuerzo conjunto de sus respaldos, patrocinadores, apoyos y su grupo de actores que, a pesar de los grandes y notables esfuerzos que hacen en sus escenas, no logran sacar a flote a una película que, a claras luces, tiene problemas para justificar su existencia más allá de sus primeros veinte minutos.

Por Ricardo Tapia

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Duna

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Duna

Adaptar la novela “Dune” de Frank Herbert a la pantalla grande, ha sido ambición del séptimo arte desde su publicación en 1965. Conocidos son los casos de Alejandro Jodorowsky con un proyecto que, sin nunca haberse concretado, alcanzó estatus de culto, y el de la cinta de 1984 de David Lynch, fracaso crítico y de taquilla, que a la postre se convertiría en la única mochila con la que uno de los mejores directores del mundo ha debido cargar. De esta forma, la adaptación 2021 de “Duna”, a cargo del connotado Denis Villeneuve, se convertía en el esperado gran evento cinematográfico del último tiempo.

Es el año 10.191 y el emperador Shaddam IV mandata a la Casa de Atreides, regida por el Duque Leto, a trasladarse al desértico planeta Arrakis para encargarse de la explotación de la Melange, una sustancia con propiedades asombrosas. Leto se muda junto a Lady Jessica, su concubina y parte de la Bene Geserit (un grupo de misteriosas mujeres con habilidades mentales), y su hijo Paul, un muchacho que es percibido como una especie de mesías, además de todo su ejército y hombres de confianza, pero apenas llegan al lugar, percibe que, más que un servicio de honor, la movida podría ser una trampa del imperio en colusión con la Casa Harkonnen, regida por el malvado Barón Vladimir, para acabar con los Atreides.

En sus primeros minutos, lo primero que llama la atención de “Duna” es su empleo práctico de las secuencias: a diferencia de la cinta de 1984, e incluso de la misma novela, Villeneuve establece el universo de la historia sin muchos guiños a los aspectos filosóficos y psicológicos de los personajes, más bien va dejando en claro quién es quién y cómo se mueven dentro del tablero para luego, tal como ha hecho con sus películas anteriores, ir soltando pequeñas bombas de información y las motivaciones de cada personaje. Y esto se agradece, pues ese mecanismo le permite a la cinta avanzar sin tropiezos en el ritmo que establece en un principio.

Además del meticuloso guión, que denota un esfuerzo por incorporar todos los frentes de los postulados con los que Herbert nutrió su obra, lo anterior es encarnado por un reparto que está más que a la altura de las circunstancias, moviéndose por todos los extremos, mezclando de manera natural la impronta shakespeariana con las más atrevidas acrobacias físicas. En este sentido, Timothée Chalamet, como protagonista y quien más debe hacer gala de aquel rango dinámico, da el ancho a cabalidad. Por otra parte, destacables son las actuaciones de Charlotte Rampling y Stellan Skarsgård, quienes, con un velo sobre el rostro la primera y grandes capas de maquillaje el segundo, impresionan en sus cortas apariciones, sobre todo la presentación del Barón Harkonnen evocando sin empacho alguno a “Apocalypse Now” de Francis Ford Coppola.

Pero “Duna” también es una historia épica y bélica, donde el diseño de producción, los artilugios y el vestuario cumplen un rol importante, y en este aspecto la cinta deja boquiabierto. Se agradece que Villeneuve en su mayoría opte por efectos prácticos y sólo aplique CGI de manera circunstancial (gran acierto la forma en que es representada la Melange en el aire). Está todo tan bien trabajado, que queda la sensación de que uno como espectador jamás ha visto una puesta en escena como la que plantea el director junto a su equipo creativo y técnico, destacando los diseños de Patrice Vermette (con quien también trabajó en “Arrival” de 2016) y la fotografía del australiano Greig Fraser, últimamente un especialista en escenarios épicos, resaltando de distintas maneras en la ambientación de los planetas, cada uno con sus singularidades lumínicas. Como complemento a la maravilla visual, el diseño de sonido es impecable, y el score de Hans Zimmer, pese a sus pocas sutilezas por momentos, acompaña adecuadamente el relato y tiene un par de melodías que dejan sin aliento al son de sus característicos tambores y la destrucción que se muestra en pantalla.

Así como las virtudes de la película son evidentes, también lo son sus pequeños defectos. Al ser una novela con un abanico tan amplio de tópicos, Villeneuve es consciente de que debe elegir caminos, y en ese accionar va perdiendo los temas o, más bien, el foco va alumbrando discriminadamente a medida que el metraje se acerca a su último acto. Lo anterior genera los pasajes más bajos en cuanto a diálogo, ya que se ve en la obligación de desprender información de forma gruesa a través de los personajes para mantener el equilibrio de los hilos conceptuales, desembocando en un cambio de percepción rítmica. También hay ciertos datos que son omitidos, pero que en la cinta terminan siendo cruciales, casi como dirigidos exclusivamente al lector de la novela. Sin embargo, esto es apenas un lunar dentro del gran marco que la película propone, y bajo ningún sentido le resta mérito a todo lo visionado antes de los créditos finales.

“Duna” es un espectáculo narrativo y visual que le hace justicia a la gran obra de Herbert, donde la política, la religión, la ecología y el romance de la novela (este último sólo oníricamente) son tratados respetuosamente por Villeneuve, pese a las libertades creativas que se toma, donde los más puristas podrían poner el grito en el cielo. Si Jodorowsky representó el anhelo y Lynch el ensayo, Denis Villeneuve encarna el sueño cumplido, aunque sea de aquellos en que uno despierta a la mitad y se esfuerza por volver a dormir y retomarlo, simbolizando una segunda parte y final que, como ya es sabido, lamentablemente está supeditada a su resultado en la taquilla.


Título Original: Dune

Director: Denis Villeneuve

Duración: 155 minutos

Año: 2021

Reparto: Timothée Chalamet, Rebecca Ferguson, Oscar Isaac, Josh Brolin, Jason Momoa, Stellan Skarsgård, Zendaya, Javier Bardem, Sharon Duncan-Brewster, Charlotte Rampling, Chang Chen, Stephen Henderson, Dave Bautista


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