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Los olvidados

Magnolia

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Hay películas en las que la mano del director no se nota; en las que ellos pueden hacer un trabajo eficiente, pero no se apropian de su obra ni le dan un sello característico. Ese no es el caso de Paul Thomas Anderson. En “Magnolia”, gracias a un numeroso elenco y un estilo particular de filmación, Anderson deja una impronta tan marcada, que es imposible hablar de este film sin mencionarlo. Tiene una visión tan clara de lo que quiere contar y un manejo tan firme de la forma en que quiere hacerlo, que es él quien realmente brilla aquí. Y ese es un gran cumplido, considerando que el reparto coral de “Magnolia” está compuesto por actores de la talla de Philip Seymour Hoffman, Julianne Moore y Tom Cruise, entre otros.

El elenco, que también contiene a los confiables William H. Macy y John C. Reily, presenta a un grupo de personajes que a primera vista no tienen mayor relación entre ellos, pero resultan tener más en común de lo que se puede pensar inicialmente. Nos vemos inmersos en las distintas historias de las que cada uno es protagonista, y observamos cómo estas se enlazan de distintas maneras y tocan temas en común.

Porque “Magnolia” trata acerca de lo conectados que estamos entre nosotros, a veces sin saberlo. Es así como podemos observar similitudes entre un anciano en su lecho de muerte, un niño que participa en un programa de televisión, una mujer desesperada lidiando con sentimientos de culpa, una joven adicta que no sabe cómo empezar a poner su vida en orden y un solitario hombre estancado emocionalmente que vive de recuerdos del pasado.

Por la forma en que está construida, la trama sigue a los distintos personajes sin permanecer más de un número reducido de minutos con uno, antes de pasar al siguiente. Esto nos da un sentido de simultaneidad y realismo muy cercano a lo que podemos apreciar en la vida cotidiana. Todas estas historias, con sus distintos grados de relevancia, están sucediendo al mismo tiempo. Al igual que en la vida misma, todo se desarrolla en un espacio de tiempo coincidente, y un acontecimiento no va a dejar de suceder sólo porque otro más relevante se esté llevando a cabo en otro lugar.

Anderson, con sus invasivos acercamientos de cámara, planos secuencia y seguimiento continuo de los personajes, busca que la cámara pocas veces esté estática, lo que provoca esta sensación de actividad imparable en la pantalla y evita que el espectador tenga un momento para distraerse. Es más, el ritmo que genera este constante movimiento, es crucial para mantener la trama activa y previene que la duración de la película –más de tres horas- se sienta tan agotadora.

Pero tantos detalles técnicos no tendrían mayor relevancia si no estuvieran en función de una historia digna de contarse, y “Magnolia” tiene en su centro varias de ellas. La cinta especula sobre las conexiones humanas, las coincidencias, el destino, el azar, e indaga en el sentido de la muerte, la soledad y la redención, así como también en la forma en que estos temas pueden provocar cambios significativos en nuestras vidas.

Así como toca temas tan amplios e intangibles, la película también muestra un lado íntimo, representado en la interioridad de los personajes. Los sentimientos que a ellos acongojan a lo largo de las pocas horas de su vida que muestra la película y, especialmente, las formas en que deciden reaccionar ante ellos, logran ser tan universales como los temas más grandilocuentes que la película se atreve a abarcar. Definitivamente, una de las grandes fortalezas de “Magnolia”, es esta capacidad de sentirse universal en un determinado momento, e íntima y personal al siguiente.

Es así como, a pesar de no habernos visto en esos casos particulares, es posible empatizar e identificarse con el resentimiento de un niño hacia su padre, con la culpabilidad que siente una esposa infiel, con la debilidad de una mujer joven que cae en vicios para llenar un vacío y de la patética y excesiva benevolencia de la que peca un policía.

Vemos a este grupo de histriónicos personajes que se encuentran al borde de un colapso nervioso verse enfrentados a situaciones límite. La película los muestra en sus momentos más fuertes y más vulnerables, tratando de crear conexiones y buscando redimirse de alguna forma, ya sea admitiendo culpa de errores pasados, confesando su necesidad de afecto o buscando ser tomados en serio. La situación a la que llegan los personajes es propulsada por un acontecimiento drástico que produce un quiebre hacia el final de la película.

Y es que no se puede dejar de mencionar ese incidente que altera la trama de forma dramática. El hecho –si han visto la película, saben de lo que estoy hablando- no es gratuito. Sirve como forma de agnición para despertar a los personajes del ensimismamiento en que están sumidos. El giro –si es que se le puede llamar así, porque también desafía esa categorización- es sin duda uno de los más inesperados del cine del último tiempo y difícilmente podría ser predicho. Pero ésa es la gracia de “Magnolia”, que nos dice que lo inesperado no sólo puede suceder, sino que sucede.

Anderson ha sido citado diciendo “para bien o para mal, ‘Magnolia’ es la mejor película que jamás haré”. Eso no es decir poco, considerando la rica filmografía que el director tiene a su haber a pesar de su corta edad (“Sydney”, 1996; “Boogie Nights”, 1997; “Punch-Drunk Love”, 2002; “There Will Be Blood”, 2007). Sea o no la mejor de sus cintas, “Magnolia” es un testamento del talento de un realizador valiente que se atreve a ser original, y que lo posiciona como uno de los directores contemporáneos más importantes y talentosos que tenemos.

Por Ignacio Goldaracena

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2 Comentarios

2 Comments

  1. Daniel

    06-May-2012 en 10:15 pm

    Que alegría ver un review nuevo de esta película, pese a que se estrenó hace varios años. Todos debieran verla, Magnolia es como la vida misma. Cada vez que la veo descubro cosas nuevas. Tremenda.

  2. Marky Mark

    09-May-2012 en 1:22 pm

    es una pelicula estraña. Es buena, claro que lo es, pero no se si tanto. A esta altura ya es un clásico y un deber verla.

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Cine

Romance Salvaje

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El cine de acción siempre ha sido menospreciado. A diferencia del terror gore o el exploitation, cuenta con la venia de la taquilla multimillonaria, pero eso no evita que sea denostado por críticos y expertos desde los albores del séptimo arte. Las razones para esta discriminación son variadas, muy similares a lo que sucede con los dibujos animados: poca profundidad en las historias, un afán netamente comercial o la estandarización de sus propuestas narrativas y estéticas. Sin embargo, no es para nada sencillo crear una buena cinta de acción, y ejemplos hay muchos de joyas que obligan a quedarse pegados al asiento hasta el final, cuando se encuentran en la TV un domingo en la tarde, a pesar de haberlas visto una y mil veces. En ese sentido, quizás uno de los autores más destacados fue Tony Scott, del que se dice era “uno de los pocos directores de acción hollywoodense que realmente podían contar una historia”.

Hace menos de una semana que Tony Scott se quitó la vida. El menor de la familia compartía profesión con su hermano Ridley, reconocido por la crítica y el público por títulos imprescindibles de ciencia ficción como “Alien” (1979), “Blade Runner” (1982) y la reciente “Prometheus” (2012). Incluso ganó un premio Oscar con “Gladiator” (2000), estatuilla que aumenta la sombra sobre el legado fílmico de su hermano. Para ser justos, Tony posee un trabajo que ha destacado por su coherencia, la capacidad para crear historias entretenidas, bien narradas, utilizando recursos expresivos y técnicos de vanguardia, siempre rodeado por actores de calidad indudable. Pasando por las taquilleras “Top Gun” (1986), “Crimson Tides” (1995), “Enemy Of The State” (1998), o las más recientes “Man On Fire” (2004) o “Unstoppable” (2010), su trabajo plantea diversos tópicos que quedan perfectamente reflejados en “True Romance” (1993, “Romance Salvaje” en Chile), su título más valorado por la crítica y menos destacado en cuanto a taquilla.

La historia es de un debutante que luego saltaría a la fama por su propia labor detrás de cámaras: Quentin Tarantino, quien vendió el guión para financiar “Reservoir Dogs” (1992). Según sus propias palabras, esta sería su obra más autobiográfica. Para los conocedores de la vida del cineasta de Tennessee, suena bastante lógico. Conocemos a Clarence (Christian Slater), un solitario dependiente de una tienda de comics, fanático de Elvis y las películas de kung fu, que pasa su cumpleaños en un cine viendo la trilogía “The Street Fighter” (1974) protagonizada por Sonny Chiba. Ahí conoce a Alabama (Patricia Arquette), con quien tiene un romance de una noche. Al día siguiente, ella le confiesa que es una prostituta pagada por sus amigos como regalo, y que ahora está enamorada. Luego de un furtivo matrimonio, Clarence decidirá borrar el pasado de Alabama, enfrentando a su proxeneta y narcotraficante Drexl (Gary Oldman) e iniciando la fuga de Detroit a California, donde será perseguido por unos mafiosos italianos.

Estamos ante un relato clásico de amor a primera vista, con un tono irónico y refrescante. El chico conoce a la chica, y la rapidez de su enamoramiento es sólo comparable a su pasión y compromiso. Incluso él enfrentará al Mal y la sacará de su cautiverio, para llevarla al paraíso terrenal donde serán felices “hasta que la muerte los separe”. La trama no ofrece sorpresas en su capa más evidente, claro está, pero el acento está puesto en otros elementos subyacentes, que al conjugarse convierten a este film en una joya de los noventa, con más influencia en el cine actual del que se cree, y que permite apreciar el talento de Scott para el cine de acción.

Algo que pasa desapercibido, pero que es necesario poner en contexto, es la forma en que Scott filma, aplicando un contrapunto preciso entre el caos que generan las erráticas decisiones y acciones de Clarence y Alabama, con la serenidad de los planos, sin abusar jamás de una cámara en mano o un montaje vertiginoso. Acá se muestra lo necesario, los planos son limpios, no hay abuso de cámaras lentas o secuencias cortadas cada dos segundos. La tormenta en la que se convierte la vida de los tórtolos de Detroit, y que encuentra su clímax en California, basta y sobra para evidenciar el caos, el absurdo y la violencia alrededor. Scott presenta una película contenida en su factura porque, en el fondo, no quiere que olvidemos lo que la película realmente es: una historia de amor, un cuento de hadas urbano.

Lo que sobra le hace daño a las historias en el celuloide. Si algo no se justifica, no es necesario, y este punto queda en evidencia magistralmente con la cantidad de personajes secundarios notables que tocan, directa o indirectamente, la vida de Clarence y Alabama. Es un reto para cualquier cinéfilo citar otra película donde los actores de reparto participen tan poco, sostengan líneas memorables, y sean tan esenciales que sin ellos la cinta se desmorona. La lista incluye al siempre camaleónico Gary Oldman como el proxeneta Drexl (no pasa del minuto 30 de metraje, sin más que tres escenas); a Dennis Hopper como Clifford, el padre de Clarence; Christopher Walken interpretando a Vicenzo Coccotti, jefe mafioso que le sigue el rastro a la pareja junto a James Gandolfini como el matón Virgil; Brad Pitt haciendo del drogadicto amigo de Clarence; y para el final Val Kilmer, siendo una especie de Mentor/Pepe Grillo/Elvis que le habla a Clarence en momentos de introspección. Para muestra, Walken y Hopper sostienen una escena que se repetirá luego, en variadas formas, en la filmografía de Tarantino: un extenso “duólogo” que a primera vista parece insignificante en su temática, pero que leyendo, mirando y escuchando entre líneas, desnuda un manejo notable del tiempo cinematográfico, la ironía, el humor negro y la capacidad de los dos actores participantes para manejar la tensión subterránea, acentuada por el juego de cámaras y el montaje, responsabilidad exclusiva de Scott.

El visionado tardío de esta película implica una trampa, porque ahora podemos comparar todas las obsesiones del cine de Tarantino, dándole importancia al guión frente a la capacidad del director para quedarse con lo importante y desechar aquellos elementos que harían naufragar el resultado final de la obra. El texto es notable, no hay dudas, y se evidencia en los diálogos extensos y –al parecer- sin importancia, en las citas a la cultura popular, al cine, comic, música y otros que son ya el sello de agua del director de “Pulp Fiction” (1994). Sin embargo, y ese es el trabajo del director, los cambios al original hacen apreciar el criterio final de Scott para no arruinar una trama cargada a la ultraviolencia, algo que siempre ha incomodado a Hollywood, aplicando pequeñas correcciones que no hacen sino mejorar y dar un sello personal al film. Entre las actualizaciones están el carácter lineal de la trama, que acentúa la proyección dramática, la escena de la montaña rusa y el desenlace, puntos que los dos directores reconocieron como discordantes entre el original y el guión final.

Por último, el descubrimiento o la revisión de este título es una excelente oportunidad de revalorar el legado fílmico de Tony Scott, injustamente dejado en segundo plano por un más famoso y exitoso hermano mayor. Incluso, al observar más detenidamente, el trabajo del menor de los Scott parece mucho más coherente en su conjunto, con tópicos recurrentes que se ven en “True Romance” y cruzan toda la obra, como la marcada figura masculina en el sentido clásico del término (aquel que debe asumir responsabilidades, debe proteger, debe hacerse cargo de proveer); la ética torcida de sus personajes, que dejan atrás una moral más tradicional y se vuelven fieles a sus principios o intereses; o el uso dosificado de la violencia, a veces entregada con cuenta gotas, a veces desatada, según la necesidad de la historia. Por esta y más razones, “True Romance” es una muestra representativa del talento de Tony Scott, quizás uno de los últimos artesanos del cine de acción hecho en Hollywood.

Por Juan Pablo Bravo

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