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Los olvidados

Interiores

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Continuando con la tradición que lo ha caracterizado los últimos cuarenta años, Woody Allen estrenó “Interiors” un año después de su película anterior. Su precursora, “Annie Hall” (1977), terminó llevándose el Oscar a Mejor Película y convirtiéndose en el mayor éxito del director hasta ese momento, por lo que la expectación por ver lo que Allen produciría después era grande.

El resultado no pudo haber sido más distinto a lo que sus seguidores estaban acostumbrados. “Interiors” es quizás la primera película en alejarse del sello personal que había creado Allen, quien, conocido hasta el momento por sus comedias y sketches humorísticos, por primera vez se arriesgaba a crear un filme puramente dramático. “Interiors” también tiene la particularidad de ser la primera película que Allen dirige en la que no actúa, limitándose al trabajo detrás de cámaras en el guión y la dirección.

La cinta trata sobre una familia conformada por el frágil matrimonio de Eve (Geraldine Page) y Arthur (E.G. Marshall) y sus tres hijas adultas, Renata (Diane Keaton), Joey (Mary Beth Hunt) y Flyn (Kristin Griffith). La matriarca, una perfeccionista y rígida diseñadora de interiores, sufre un colapso nervioso cuando su esposo decide separarse de ella y casarse con una amante que conoció recientemente. Las hijas, cuyas vidas no pueden considerarse más estables que las de sus padres, reaccionan de maneras distintas a las noticias.

Eve padece una depresión severa y sus tendencias suicidas la han dejado hospitalizada en más de una ocasión. Es una mujer manipuladora que mantiene el control de sus hijos y marido a través de la culpa que ejerce sobre ellos. No es de sorprender, entonces, que la mujer que el padre busca para convertir en su nueva esposa sea una persona mucho más simple y menos estructurada. Pearl (Maureen Stapleton) es un espíritu libre, una mujer ruidosa con afición por el tarotismo, que no acostumbra leer y viaja por el mundo. Su aparición altera la dinámica a la que los familiares están acostumbrados y, por supuesto, no pasa mucho tiempo antes de que las hijas le adviertan a su padre que se trata de una mujer vulgar.

Sin embargo, esta no es la única preocupación en la vida de las hijas. Aún sin encontrar su rumbo e incapaz de conseguir un empleo que la satisfaga, Joey siente la necesidad de expresar algo, pero no sabe qué ni cómo transmitirlo. También es vista de esta forma por su familia, incluyendo su hermana Renata, que la define como “alguien con toda la angustia de una persona artística, pero sin el talento”.

Pero Renata, a pesar de ser una autora publicada y exitosa, se cuestiona el valor real de sus obras, además del legado que dejará tras su muerte. Flyn, por el otro lado, es una actriz que no consigue papeles serios y está acostumbrándose a ser vista como una simple cara bonita de la televisión, al punto que ella también empieza a verse de esa forma. Es más, los integrantes de esta familia están tan absortos en sí mismos y sus propios problemas que no es extraño sospechar que el título de la película puede no estar refiriéndose exclusivamente a los impecables espacios cerrados en los que se desenvuelve la trama.

Cada uno de los personajes lucha con sentimientos de culpa, inferioridad y competencia que son producidos por la tensión entre los familiares, y vale la pena preguntarse si la razón por la que siguen juntos y en contacto es simplemente para preservar una definición de la palabra “familia”, que ya no se aplica a la tumultuosa realidad que están viviendo.

A pesar de que se trate de una desviación del tipo de cine que Allen estaba acostumbrado a realizar, hay elementos en la cinta que delatan, efectivamente, al hombre detrás de la cámara. Los personajes principales son una familia neoyorkina de clase media alta; individuos cultos de tendencia liberal y relacionados con el mundo de las artes. No es difícil sospechar que hay elementos autobiográficos en los temas que Allen explora en “Interiors”, especialmente en las preocupaciones que atormentan a las hijas con respecto a sus respectivas vocaciones, la inseguridad con relación a las propias capacidades y la búsqueda de la perfección artística.

La neurosis típica de Allen, que suele inyectar a sus personajes, se hace presente aquí también, sólo que con la gran distinción de no ser usada para efectos cómicos. Por primera vez en su filmografía, muestra el lado negativo de este padecimiento, reflejando la ansiedad que puede conllevar la búsqueda de la perfección y cómo es vivir sumido en un inconformismo creado por la altura en que uno fija sus propias expectativas.

Ahonda en temas humanos con una dirección cautelosa y detallista. Desde el uso del color –una paleta de débiles tonos pasteles que tiñe vestuarios e instalaciones, para luego verse alterada por los chillones vestidos que lleva Pearl-, hasta las estáticas tomas que dan un carácter reflexivo a la atmósfera, son manejados con precisión y fluidez, de manera tan realista que podría considerarse teatral.

La filmografía de Allen nunca ha estado exenta de comparaciones. “Stardust Memories” (1980) es considerada un tributo a Fellini, y es posible reconocer en la filmografía del americano la influencia de Bergman, a quien Allen considera el mejor director de la historia. Con respecto a los paralelos con las obras del legendario Bergman, Allen respondió que consideraba a “Interiors” más en la vena del dramaturgo Eugene O’ Neil y, aunque la influencia del director sueco no puede ser negada, tiene sentido que Allen comparara “Interiors” con una obra de teatro.

Aunque fue el primero, “Interiors” no fue el último drama del director. Otras obras de este género incluyen “September” (1987) y “Another Woman” (1988), las cuales no causaron una repercusión mayor, mientras que otras como “Manhattan”(1979) y “Match Point”(2005) tuvieron una mejor recepción. Lo cierto es que, a la hora de incursionar en la filmografía de Woody Allen, es fácil descartar los dramas, queriendo buscar algo más “característico” del neoyrokino. Como resultado, muchos espectadores se pierden los aportes del director en este género, y es por eso que películas como “Interiors” son subvaloradas y poco conocidas hoy en día, pero la verdad es que sería un error de parte de ellos seguir ignorando la faceta dramática de este director.

Por Ignacio Goldaracena

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1 Comentario

1 Comentario

  1. benja

    29-May-2012 en 9:49 am

    Recomiendo escuchar la canción “death of an interior decorator”, de Death Cab for Cutie, la cual es un digno tributo a la película.

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Cine

Romance Salvaje

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El cine de acción siempre ha sido menospreciado. A diferencia del terror gore o el exploitation, cuenta con la venia de la taquilla multimillonaria, pero eso no evita que sea denostado por críticos y expertos desde los albores del séptimo arte. Las razones para esta discriminación son variadas, muy similares a lo que sucede con los dibujos animados: poca profundidad en las historias, un afán netamente comercial o la estandarización de sus propuestas narrativas y estéticas. Sin embargo, no es para nada sencillo crear una buena cinta de acción, y ejemplos hay muchos de joyas que obligan a quedarse pegados al asiento hasta el final, cuando se encuentran en la TV un domingo en la tarde, a pesar de haberlas visto una y mil veces. En ese sentido, quizás uno de los autores más destacados fue Tony Scott, del que se dice era “uno de los pocos directores de acción hollywoodense que realmente podían contar una historia”.

Hace menos de una semana que Tony Scott se quitó la vida. El menor de la familia compartía profesión con su hermano Ridley, reconocido por la crítica y el público por títulos imprescindibles de ciencia ficción como “Alien” (1979), “Blade Runner” (1982) y la reciente “Prometheus” (2012). Incluso ganó un premio Oscar con “Gladiator” (2000), estatuilla que aumenta la sombra sobre el legado fílmico de su hermano. Para ser justos, Tony posee un trabajo que ha destacado por su coherencia, la capacidad para crear historias entretenidas, bien narradas, utilizando recursos expresivos y técnicos de vanguardia, siempre rodeado por actores de calidad indudable. Pasando por las taquilleras “Top Gun” (1986), “Crimson Tides” (1995), “Enemy Of The State” (1998), o las más recientes “Man On Fire” (2004) o “Unstoppable” (2010), su trabajo plantea diversos tópicos que quedan perfectamente reflejados en “True Romance” (1993, “Romance Salvaje” en Chile), su título más valorado por la crítica y menos destacado en cuanto a taquilla.

La historia es de un debutante que luego saltaría a la fama por su propia labor detrás de cámaras: Quentin Tarantino, quien vendió el guión para financiar “Reservoir Dogs” (1992). Según sus propias palabras, esta sería su obra más autobiográfica. Para los conocedores de la vida del cineasta de Tennessee, suena bastante lógico. Conocemos a Clarence (Christian Slater), un solitario dependiente de una tienda de comics, fanático de Elvis y las películas de kung fu, que pasa su cumpleaños en un cine viendo la trilogía “The Street Fighter” (1974) protagonizada por Sonny Chiba. Ahí conoce a Alabama (Patricia Arquette), con quien tiene un romance de una noche. Al día siguiente, ella le confiesa que es una prostituta pagada por sus amigos como regalo, y que ahora está enamorada. Luego de un furtivo matrimonio, Clarence decidirá borrar el pasado de Alabama, enfrentando a su proxeneta y narcotraficante Drexl (Gary Oldman) e iniciando la fuga de Detroit a California, donde será perseguido por unos mafiosos italianos.

Estamos ante un relato clásico de amor a primera vista, con un tono irónico y refrescante. El chico conoce a la chica, y la rapidez de su enamoramiento es sólo comparable a su pasión y compromiso. Incluso él enfrentará al Mal y la sacará de su cautiverio, para llevarla al paraíso terrenal donde serán felices “hasta que la muerte los separe”. La trama no ofrece sorpresas en su capa más evidente, claro está, pero el acento está puesto en otros elementos subyacentes, que al conjugarse convierten a este film en una joya de los noventa, con más influencia en el cine actual del que se cree, y que permite apreciar el talento de Scott para el cine de acción.

Algo que pasa desapercibido, pero que es necesario poner en contexto, es la forma en que Scott filma, aplicando un contrapunto preciso entre el caos que generan las erráticas decisiones y acciones de Clarence y Alabama, con la serenidad de los planos, sin abusar jamás de una cámara en mano o un montaje vertiginoso. Acá se muestra lo necesario, los planos son limpios, no hay abuso de cámaras lentas o secuencias cortadas cada dos segundos. La tormenta en la que se convierte la vida de los tórtolos de Detroit, y que encuentra su clímax en California, basta y sobra para evidenciar el caos, el absurdo y la violencia alrededor. Scott presenta una película contenida en su factura porque, en el fondo, no quiere que olvidemos lo que la película realmente es: una historia de amor, un cuento de hadas urbano.

Lo que sobra le hace daño a las historias en el celuloide. Si algo no se justifica, no es necesario, y este punto queda en evidencia magistralmente con la cantidad de personajes secundarios notables que tocan, directa o indirectamente, la vida de Clarence y Alabama. Es un reto para cualquier cinéfilo citar otra película donde los actores de reparto participen tan poco, sostengan líneas memorables, y sean tan esenciales que sin ellos la cinta se desmorona. La lista incluye al siempre camaleónico Gary Oldman como el proxeneta Drexl (no pasa del minuto 30 de metraje, sin más que tres escenas); a Dennis Hopper como Clifford, el padre de Clarence; Christopher Walken interpretando a Vicenzo Coccotti, jefe mafioso que le sigue el rastro a la pareja junto a James Gandolfini como el matón Virgil; Brad Pitt haciendo del drogadicto amigo de Clarence; y para el final Val Kilmer, siendo una especie de Mentor/Pepe Grillo/Elvis que le habla a Clarence en momentos de introspección. Para muestra, Walken y Hopper sostienen una escena que se repetirá luego, en variadas formas, en la filmografía de Tarantino: un extenso “duólogo” que a primera vista parece insignificante en su temática, pero que leyendo, mirando y escuchando entre líneas, desnuda un manejo notable del tiempo cinematográfico, la ironía, el humor negro y la capacidad de los dos actores participantes para manejar la tensión subterránea, acentuada por el juego de cámaras y el montaje, responsabilidad exclusiva de Scott.

El visionado tardío de esta película implica una trampa, porque ahora podemos comparar todas las obsesiones del cine de Tarantino, dándole importancia al guión frente a la capacidad del director para quedarse con lo importante y desechar aquellos elementos que harían naufragar el resultado final de la obra. El texto es notable, no hay dudas, y se evidencia en los diálogos extensos y –al parecer- sin importancia, en las citas a la cultura popular, al cine, comic, música y otros que son ya el sello de agua del director de “Pulp Fiction” (1994). Sin embargo, y ese es el trabajo del director, los cambios al original hacen apreciar el criterio final de Scott para no arruinar una trama cargada a la ultraviolencia, algo que siempre ha incomodado a Hollywood, aplicando pequeñas correcciones que no hacen sino mejorar y dar un sello personal al film. Entre las actualizaciones están el carácter lineal de la trama, que acentúa la proyección dramática, la escena de la montaña rusa y el desenlace, puntos que los dos directores reconocieron como discordantes entre el original y el guión final.

Por último, el descubrimiento o la revisión de este título es una excelente oportunidad de revalorar el legado fílmico de Tony Scott, injustamente dejado en segundo plano por un más famoso y exitoso hermano mayor. Incluso, al observar más detenidamente, el trabajo del menor de los Scott parece mucho más coherente en su conjunto, con tópicos recurrentes que se ven en “True Romance” y cruzan toda la obra, como la marcada figura masculina en el sentido clásico del término (aquel que debe asumir responsabilidades, debe proteger, debe hacerse cargo de proveer); la ética torcida de sus personajes, que dejan atrás una moral más tradicional y se vuelven fieles a sus principios o intereses; o el uso dosificado de la violencia, a veces entregada con cuenta gotas, a veces desatada, según la necesidad de la historia. Por esta y más razones, “True Romance” es una muestra representativa del talento de Tony Scott, quizás uno de los últimos artesanos del cine de acción hecho en Hollywood.

Por Juan Pablo Bravo

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