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Los Indestructibles 3

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En 2010, debían viajar a una isla de Latinoamérica para acabar con una dictadura. Dos años después, hacían frente a un terrorista empecinado en dominar el mundo con una poderosa arma nuclear. El grupo de veteranos mercenarios capitaneado por Sylvester Stallone irrumpe por tercera vez en las salas del mundo, decididos a no dejar la posta que ha permitido que disfruten de sus mayores éxitos en décadas y que ha llevado a que la acción no quede rezagada en cuanto a reuniones de viejas glorias se trata.

En esta nueva aventura, Barney Ross (Stallone) y sus compañeros deben combatir contra Conrad Stonebanks (Mel Gibson), un desquiciado traficante de armas conectado con los orígenes de Los Indestructibles y que todos creían muerto. Después de ser apaleados por el villano, Ross decide que sus antiguos compañeros ya no están capacitados para aguantar un enfrentamiento de esta magnitud, por lo que resuelve formar un nuevo equipo, esta vez compuesto únicamente por sangre joven.

Con un primer episodio de escaso vuelo y una segunda entrega mucho más consistente como antecesoras, no deja de llamar la atención que la película tenga falencias que ya parecían superadas. La diversión asociada a la nostalgia, queda en un segundo plano ante la preeminencia de un argumento con marcado énfasis en el personaje de Stallone, en especial en cómo el villano lo asedia por todos los flancos. La cinta pierde mucho con que su protagonismo sea tan amplio, ya que la interminable terna de secundarios queda con muy poco margen para hacer lo suyo y uno de los mejores atributos de la anterior eran las continuas apariciones de ellos. Y si bien no se toma tan en serio como la primera entrega, encierra el humor prácticamente sólo en un personaje (el de Antonio Banderas). En síntesis, adolece del ritmo e historia de la anterior para acercarse mucho más a la labor conseguida en la primera. Termina por ser la más insulsa y pueril al contener diálogos horribles y el más descarado arsenal de salidas fáciles del que se tenga recuerdo.

Tampoco está lograda en el apartado básico de un filme de acción, que dice que debe haber nervio, tensión y las secuencias de acción tienen que estar mínimamente bien filmadas. Que quede claro que no tiene gran implicancia que en este ocasión se haya buscado obtener la calificación PG-13 –es decir, inconveniente para menores de 13 años-, frente a la calificación R de las dos primeras. El mayor problema es que detrás está un director que filma tiroteos, explosiones y persecuciones con irritante falta de destreza. No contento con ello, apuesta por un montaje muy atolondrado que se puede tornar tan agobiante como la peor de las montañas rusas.

Más interesante que todo, e incluso que lo relativo a la amistad –ya agotado en los anteriores episodios-, resulta la irrupción del villano a cargo de Mel Gibson, un actor despreciado en el medio que, a la hora de la verdad, se devora a quien se le cruza. De manera similar a Eva Green en “300: Rise Of An Empire”, aferrándose a la exageración y desfachatez, entiende en qué clase de película está y qué rol debe cumplir. Es capaz de proporcionar el placer que siempre ocasiona ver a un actor apropiándose de sus líneas para darles la grandeza que en el escrito no tienen, y hace parecer muy torpe que el personaje no esté mejor delineado (claramente el guión ni lo trata con el mismo cariño que  a Jean-Claude Van Damme en la anterior) y tenga un espacio tan restringido.

THE EXPENDABLES 3 04El otro que entiende el juego es Antonio Banderas, aunque se mueve en una dirección diferente. Sus apariciones no son numerosas ni están bien insertadas, pero baña de una necesaria capa de ligereza el relato. Su interpretación, evidentemente construida en base a mucha improvisación, cumple a cabalidad con eso, pero además es partícipe del único momento en que la cinta rasguña ligeramente la emoción y se acerca en algo a construir personajes que nos importen más allá del tiroteo constante. Banderas, una suerte de ronin occidental (no va de aquí para allá sin encontrar su lugar porque haya perdido a un maestro, sino que porque se quedó sin compañeros de acción), le confiesa a Stallone qué pasó realmente con su equipo. El español, que no ha parado de parlotear, se da cuenta que Stallone no lo ha estado ignorando. En esos pocos segundos, Banderas logra ganarse nuestro corazón como ningún indestructible en los tres filmes. Una emoción que, por ejemplo, está lejos de transmitir la misma estrella de Rocky y Rambo. El tipo se deshace de sus viejos amigos, contrata a nuevos matones, pero él continúa hacia adelante sin vacilar, con la obligación (¿moral?) de llevar a cabo la tarea encomendada. Por sobre lo torpe que luzca esto como pieza en el arco argumental, lo que parece estar haciendo Stallone es anteponer sus propios intereses con el fin de mandar un mensaje a la industria: surgirán nuevas estrellas, cambiarán las modas, pero de este negocio ni a patadas me sacan.

Si hay algo que define a la película, es que juega con oposiciones que descolocan. En su dimensión narrativo-técnica, puntualmente, recurre todo el tiempo a los viejos trucos de la acción, pero en su parte final –indignantemente extensa- apela a los vicios de los blockbusters de corte más “realista”, en específico a la boba espectacularidad de cintas como “Fast & Furious 6” (2013). En algo se arregla la cosa cuando se pasa al combate cuerpo a cuerpo. Como insigne producto de hoy estelarizado por dinosaurios de acción, el filme se mueve en esa disyuntiva: viejos trucos versus espectacularidad reinante en la industria. Y es que en su esencia misma se anidan las contradicciones: estamos en 2014, la trama se ambienta en el presente, pero la cinta quiere que nos creamos que los mercenarios siguen haciendo la pega con planes dignos de hace dos décadas. Que la sangre nueva es necesaria, pero sin los viejos de siempre las cosas no terminan por salir bien.

Y eso al final recoge el espíritu de la franquicia completa, cuyo sostén es la nostalgia pura, el recuerdo que se anida en los espectadores que gozaron con los filmes que estos tipos hicieron hace décadas. Ese facilista recurso era maquillado con cierta astucia en las anteriores películas, pero acá queda al desnudo porque ni la historia ni la acción dan el ancho.

Por Gonzalo Valdivia

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Milagro en la Celda 7

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Milagro en la Celda 7

Los lazos familiares y los obstáculos que estos deben sortear para mantenerse firmes, es un tema recurrente en producciones que tienen como principal objetivo conectar emocionalmente con la audiencia, generando un vínculo que apele a las sensibilidades del espectador. Sin embargo, aquel objetivo no es fácil de alcanzar si no se cuenta con personajes que logren representar con honestidad las complejidades de las relaciones familiares.

“Milagro en la Celda 7” es el remake turco de “7-Beon-Bang-Ui Seon-Mul”, una cinta surcoreana estrenada con gran éxito en el año 2013. La historia se centra en la vida de Memo (Aras Bulut Iynemli), un hombre con discapacidad intelectual, y su hija Ova (Nisa Sofiya Aksongur), quienes ven cómo su apacible vida cambia cuando él es acusado de asesinar a una niña y, teniendo todo en contra, deberá demostrar su inocencia.

La primera y principal característica que resalta en “Milagro en la Celda 7” es la entrañable relación entre padre e hija, siendo cada una de sus interacciones el corazón de una historia que no pretende ser más de lo que está relatando en pantalla. En ambos se puede ver el compromiso que existe hacia el bienestar del otro y lo que están dispuestos a sacrificar (dentro de sus posibilidades) para poder estar juntos. El fuerte vínculo que los une es el motor que los mantiene firmes una vez que deben estar separados, y es así cómo el relato hace lo posible para poder resaltar aquellos momentos.

Para alcanzar tal objetivo y que resulte con naturalidad, la actuación de ambos actores interpretando a sus protagonistas logra la complicidad necesaria para hacer de su relación un vinculo creíble y capaz de enternecer la mirada de la audiencia. La dinámica de ambos juega a favor cuando quieren mostrar con total espontaneidad la relación que se ha construido, pero, además, en el momento en el que se ven distanciados, cada uno logra destacar en el entorno en el que se ven expuestos. De esta forma, logran crear personajes verosímiles y capaces de trascender a la historia en la que se ven insertos.

Por otra parte, la cinta es lo suficientemente honesta consigo misma al momento de plantear sus objetivos y lo que quiere generar en el espectador. Por lo tanto, utilizará todos los recursos necesarios para encausar y mantener el relato en el drama y, aunque a veces existen momentos de respiro para sus protagonistas, estos vuelven rápidamente a sumergirse en obstáculos que pretenden impedir esos momentos de calma. En ese sentido, su construcción narrativa está apuntando constantemente en enfatizar las dificultades que les ha tocado atravesar, donde la compasión y la empatía se vuelven esenciales para acompañarlos.

Utilizando recursos que a ratos podrían parecer insistentes, su relato se arma con el propósito de conmover a quien está viendo una cinta que no niega de su melodrama. Y aunque las técnicas utilizadas empujan con fuerza hacia las lágrimas, la sinceridad con la que se sostiene pide que esos elementos sean aceptados como las piezas que le dan el corazón a su narración.

Considerando que dicho melodrama permea cada rincón de la película, esta característica se acentúa no tan sólo con su guion, sino que también a través del montaje y la música, características que podrían poner en riesgo la complicidad con la que se ha trabajado la relación entre el relato y el espectador. Sin embargo, dichos elementos están incluidos para empujar la aflicción y lograr su principal finalidad: conmover a su público.

Con todo a su favor para lograr su propósito, “Milagro en la Celda 7” no es más que lo que promete ser: un drama familiar con los elementos necesarios para encontrar conflicto en cada paso que dan sus protagonistas. De esta forma, logra transformarse en una cinta honesta y directa cuando empieza a encausar su estructura y, a pesar de casi transitar en la desdicha, es capaz de entregar momentos de calidez apoyándose en la sencillez e ingenuidad de sus protagonistas.


Título Original: Yedinci Kogustaki Mucize

Director: Mehmet Ada Öztekin

Duración: 132 minutos

Año: 2019

Reparto: Aras Bulut Iynemli, Nisa Sofiya Aksongur, Deniz Baysal, Celile Toyon Uysal, Ilker Aksum, Mesut Akusta, Yurdaer Okur, Sarp Akkaya, Yildiray Sahinler, Deniz Celiloglu


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