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Logan

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Hugh Jackman empezó a interpretar a Wolverine cuando Hollywood recién impulsaba esfuerzos serios y persistentes por absorber a los comics y sus superhéroes. A 17 años de “X-Men”, su primera incursión, el panorama se ha revolucionado por completo. El actor australiano ha vivido como pocos la explosión y las oscilaciones del boom desde su interior, siendo parte primordial al encarnar incesantemente en cine al mutante que debutó en 1974 en las historietas. Hoy, vistas incontables cintas con ese origen y ocurrido más de un sobresalto en la franquicia de los Hombres X, Jackman decide despedirse del personaje con una película destinada a ser parte el canon fílmico de superhéroes.

En este tercer largometraje en solitario, todo arranca en un futuro próximo en las cercanías de la frontera con México, con Wolverine ganándose la vida como puede y cuidando del Profesor X (Patrick Stewart). Se trata de días donde lo que vale es sobrevivir y quizá soñar con perderse en algún confín del mundo; pero se cruza un hombre (Boyd Holbrook) que dice andar en busca de una mujer y una niña de nombre Laura (Dafne Keen), y de ahí en más se inicia una cacería que lleva otra vez al límite al envejecido y debilitado Logan, obligado a proteger lo que le queda.

Nuevamente bajo la conducción del siempre efectivo James Mangold, que hizo la anterior secuela sobre el personaje (“The Wolverine”, 2013), esta cinta perfectamente podría haber adoptado el título de “Los Últimos Mutantes”. El acercamiento conlleva poner a los viejos personajes en una realidad hostil, donde son parte de un paisaje marchito y lacónico, algo parecido sólo vagamente al comienzo de “X-Men: Days Of Future Past” (2014), aunque sin la posibilidad de enviar a nadie a los años 70 ni con una fuerza exterminadora concreta. Aquí los mutantes son parte de otra época y eso se asume con resignación, evitando determinar razones o culpables. Todo ha quedado desvanecido en el mar del olvido y no hay otro camino que seguir adelante. Ese aire de neowestern rodea a su protagonista, por primera vez –en un filme– inserto en la sociedad sin ser reconocido por sus garras de adamantium, sino que sólo como un hombre que quiere hacer lo suyo y vivir en calma.

Aunque Logan prontamente es obligado a sacarlas, Mangold disemina aquel componente en todo el relato. Por eso hay tiempo para comer cereal, parar a comprar en una tienda, cargar gasolina o sentarse a cenar con una buena familia. No hay trajes, ni secuencias cool, ni villanos con ansias de conquistar el planeta, esto es brutal y aterrizado en la realidad, audaz opción que la hace un artefacto casi único dentro de la familia de producciones a la que pertenece. Nunca las heridas que recibe Wolverine habían dolido tanto como aquí. Nunca, tampoco, su trayecto se había sentido tan cercano y bello. Asimismo, pocas veces se había usado una película de superhéroes como excusa para hacer un filme de género, en este caso el del forajido que es empujado de vuelta a la acción cuando el cuerpo y el alma no le responden como antes y desconoce el mundo que habita.

De mejor modo que en “The Wolverine”, el director saca a su personaje de su zona de confort y lo lleva a un territorio donde se experimenta realmente la vulnerabilidad. Favorece, evidentemente, la total libertad que brinda el haber decidido buscar la calificación R (18 años; llega para mayores de 14 años en Chile), aunque la formación del espíritu de la cinta trasciende aquello.

Existe también cierta rebeldía con la idea de franquicia y tener que responder a lo que se narró y a lo que se podría abordar a futuro, lo que refuerza que la película parezca más mayor y madura. Por supuesto que hay referencias que dan pistas, pero se omiten flashbacks, flashforwards o apariciones reveladoras, de modo que se puede jugar con que la historia transcurre en un universo distinto al de las entregas previas de la saga, cuya línea argumental, por cierto, se ha ido haciendo más complicada y difícil de seguir. “Logan” tiene el arrojo de rechazar y liberarse de todo aquello, siendo una ficción que corre de modo autónomo, no teniendo tapujos en lucir violenta y descarnada como “The Revenant” (2015) o en rozar la calidez de los momentos más fraternos de “Stranger Things”.

Vale por un momento preguntarse si este es el nuevo camino que emprenderán las secuelas de superhéroes. Los hermanos Russo con “Captain America: The Winter Soldier” (2014) se aprovecharon de un pequeño hueco dentro de la saga para hacer una verdadera cinta de espías, pero ello no marcó una nueva hoja de ruta para la franquicia. Con la tercera película de Wolverine estaba la intención de dar un cierre, por lo que existía el desate para trasladar el relato donde se quisiera, algo que el filme ejecuta de modo rutilante humanizando a su personaje y captando un mundo inclemente y tangible. “Logan” marca un hito y es fruto de una de esas raras veces en que se produce cine a gran escala anteponiéndose el cariño hacia lo que se está realizando –hacia el personaje, la fuente original, los seguidores– por sobre hacer caja. La circunstancia es la de una despedida, probablemente la mejor y más original que podía tener un personaje angular del cine de superhéroes: mediante la triunfal apropiación de códigos rara vez explorados por el entretenimiento actual.


Título Original: Logan

Director: James Mangold

Duración: 137 minutos

Año: 2017

Reparto: Hugh Jackman, Patrick Stewart, Boyd Holbrook, Dafne Keen, Stephen Merchant, Doris Morgado, Richard E. Grant, Han Soto, Elizabeth Rodriguez, Julia Holt, Elise Neal, Al Coronel


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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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