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Leviatán

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Cuando el hogar en que has pasado toda tu vida es escogido por las autoridades como el punto exacto para la construcción de una antena. El ofrecimiento por comprar el lugar no es más que una forma políticamente correcta de obligarte a ceder, ya que el plan se llevará a cabo con o sin tu beneplácito. Encima no tienes educación ni dinero ni contactos, y ahí te quedas, deambulando, observando de manos atadas el desmoronamiento de lo poco y nada que era tuyo. “Leviatán” es eso: el argumento más desalentador. Un camino de puras sombras, angustioso de principio a fin, imposible de provocar indiferencia.

LEVIAFAN 01En un pequeño pueblo pesquero de Rusia vive Kolya (Aleksei Serebryakov) junto a su esposa Lilya (Elena Lyadova) e hijo. Ya que el municipio pretende quitarle sus tierras para construir una antena de telecomunicaciones, el hombre recibe la ayuda de un abogado amigo. El problema es que Kolya, aunque se enfrenta a un autoritario y ambicioso alcalde, no está dispuesto a aflojar.

La corrupción y el abuso de poder. El fastidio de la burocracia. La pequeñez de un don nadie frente al sistema. El aislamiento y la soledad. Relaciones interpersonales débiles que sólo necesitan de un leve empujón para fracturarse. De un montón de asuntos y más trata el film de Andrey Zvyagintsev, teniendo la enorme virtud de no transformarse en un torpe intento por albergar demasiadas temáticas sin llevar ninguna a puerto. Dueña de uno de los guiones más complejos que se han visto en los últimos años, la película se agarra del conflicto del terreno y lo usa como dispositivo para explorar tópicos contingentes con notable naturalidad. Como quien toma una cámara y se inserta en el diario vivir de una familia; ocurren cosas diversas, pero el núcleo que los une impide que estas se desarraiguen de las otras.

De narraciones leales a estructuras convencionales tenemos bastantes y estamos habituados; que la presentación del obstáculo al minuto exacto, la acción y la progresión, la evasión de los tiempos muertos, la duda, el enfrentamiento, el clímax y anticlímax. Una duración prudente que permita completar el viaje y a la vez no arrastrarse hasta la somnolencia. Esta obra manda todo esto al tacho de la basura, desplegando un metraje obstinadamente pausado y monótono por casi dos horas y media, lo que en la teoría ya agota. Sin embargo, la puesta en escena está bien pensada, es LEVIAFAN 02coherente, las cosas avanzan a su propio ritmo y las interrelaciones mutan sin forzarse, desembocando en un producto orgánico que, disponiéndose a prestar atención, logra involucrar, afectar, e indignar.

Desde la escena del hijo sentado frente al esqueleto de una ballena, hasta la grosera figura del alcalde, la presencia del Leviatán como metáfora está recalcada lo suficiente para no cavar en su búsqueda. La significancia política de aquel monstruo marino, esa que equivale al imbatible poder estatal ruso, aquí cobra vida contra Kolya y los suyos, sumiéndolos en una miseria tanto material como emocional de la que el espectador es triste testigo. “El Estado se hará cargo de tu hijo”, le dicen al protagonista con apatía, porque él nunca tuvo el control de su propia existencia en primer lugar. Se reconoce uno, también, tan disminuido como los personajes en la vida real; mientras la corrupción es la monumental ballena, nosotros somos los pescados que la esposa desmenuza en la línea de fábrica.

Su relato tan aletargado como minucioso, con un protagonista atribulado en circunstancias duras, reflexionando sobre la angustia de la condición humana, recuerda a los mejores trabajos del cine ruso, ese que el cinéfilo piensa en letras mayúsculas, cual marca registrada. La mano de Tarkovsky se asoma de tanto en tanto, omnipresente, ofreciendo pinceladas en el peso de su atmósfera, en los LEVIAFAN 03vacíos donde no parece acontecer nada y en los planos extensos. Es una historia fría más allá de su fondo geográfico; relega instantes claves al fuera de campo y mantiene una distancia con sus personajes, simplemente dejándolos vivir sus penurias sin tentarse ante la empatía o la condescendencia. Donde la víctima parece hundirse cada vez más en el hoyo ante estrategias sucias y el azar más amargo, su director se mantiene firme en su afán por evitar un discurso presuntuoso sobre la injusticia social.

Levantó polvo en Rusia, y debería hacerlo en todos lados. El horror de la inequidad y las manipulaciones de interés detrás de esta, son tópicos relevantes mucho más allá de aquellas fronteras eslavas que parecen tan lejanas. Realista para algunos e intolerablemente pesimista para otros, “Leviatán” es un film cuya crudeza temática y de punto de vista es balanceada por una delicada labor fotográfica que nos pinta el pueblo en cuestión como un rincón fantasma plagado de criaturas desalmadas. Hay que darse el trabajo de interesarse, por cierto, pues no cualquiera alcanza a llegar al último segundo con la lucidez del arranque, sin mencionar que acarrea el prejuicio del denominado “cine arte” que pocos soportan. Pero es verdad, también, que el que lo haga agradecerá el ejercicio, concluyendo cualquier cosa menos que perdió el tiempo.

Por María José Álvarez

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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