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Las Inocentes

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La Segunda Guerra Mundial dejó una huella trágica en la humanidad, plagado de historias que el cine ha tomado para narrar con distintos propósitos. Ya sea para glorificar la guerra o en un tono pacifista, estas han sido contadas en gran parte con un enfoque masculino, por lo que es poco común hablar de un film feminista de la pos-guerra, y aún más extraño llega a ser el mezclarlo con la religión. Esto logra Anne Fontaine en “Las Inocentes”, directora más conocida por la película “Coco Avant Chanel” (2009). En esta entrega se enfoca en la hermandad entre mujeres, manteniendo un sutil feminismo a lo largo de esta producción franco-polaca.

En la solitaria Varsovia tras el término de la Segunda Guerra Mundial, Mathilde (Lou de Laâge), una enfermera francesa, comunista y atea, es abordada por una monja a quién sigue hasta su convento. Allí descubre que las hermanas han sido violadas por los soldados y algunas se encuentran en diferentes estados de embarazo. Lejana a la devoción de estas mujeres, pero entendiendo su necesidad de reclusión y el peligro que corren si su secreto sale a la luz, Mathilde decide ayudarlas, compartiendo con ellas una etapa que pone en crisis la fe de las religiosas, y creando un vínculo al compartir la duda y angustia que viven.

Anne Fontaine pudo fácilmente crear un melodrama con esta historia basada en hechos reales, pero decide tomar otro camino. “Las Inocentes” es un film silencioso y plagado de sutilezas, realista incluso en la paleta de colores con la que representa el invierno polaco. La violación ya es un tema crudo y difícil de enfrentar en la vida real, y Anne Fontaine no lo sensacionaliza: no entrega culpas, tratándolo con un respeto y recato propio de las mismas protagonistas. Se interesa más en mostrar la hermandad entre mujeres que un odio a la figura masculina, tono que mantiene con consistencia durante su largometraje.

En un comienzo parece desconcertante la manera de presentar y cambiar los puntos de vista de sus personajes, dejando poco claro quién y cuál es el rol de la protagonista, por lo mismo, durante el primer acto puede resultar difícil acostumbrarse al ritmo propuesto por la directora. A pesar de esto, las diferentes historias presentadas son efectivas gracias al nivel de empatía que Fontaine logra construir con sus personajes, pero también gracias a las diferentes actrices que las llevan a la pantalla. Si bien, en ocasiones sufre de la explicación extensa para una película de esta sutileza, puede resultar útil, sobre todo para quienes no estén familiarizados con el contexto religioso. El diálogo contrasta con momentos de silencio, que resultan ser los mejores logrados, involucrando al espectador sin subestimarlo.

Uno de los elementos mejor logrados en “Las Inocentes”, es el sentido de hermandad femenina, no entregado por el simple hecho de que nos enfrentamos a un grupo de religiosas, ya que entre ellas mismas todas enfrentan la situación de manera distinta. Esta cualidad está dada por el sentido de protección que tienen unas sobre otras, incluyendo las intenciones cuestionables de la madre superiora. Al unir esta hermandad a una protagonista bien elegida, se consigue integrar a la audiencia dentro del convento: Mathilde es racional y desde esa racionalidad viene su crecimiento y su arco como personaje, conectando así con su lado emocional.

El uso de la cámara es tan respetuoso del tema y los actores, como lo es el guion, que suele mantener una distancia de los personajes, permitiéndoles la intimidad que demanda su situación y que no resulta en una distancia emocional con el espectador. La cinematografía logra secuencias y cuadros que parecen una pintura renacentista por su gama de colores y su composición, muy a tono con las figuras y el contexto que representa. Este tratamiento cinematográfico es el que logra que la decisión de no sensacionalizar la violación para no convertirla en melodrama, transforme a “Las Inocentes” en una historia atractiva y filmable.

“Las Inocentes” resulta ser un retrato feminista que no se denomina como tal, a diferencia de filmes que han basado su marketing en esto, como fue el caso del remake de “Ghostbusters” (2016).  Aquí no hay una lucha agresiva que ponga culpa y vergüenza en cada rostro masculino, sino que hay sutileza, hermandad y maternidad, dejando los juicios en responsabilidad del espectador. Este tratamiento consistente se realza por el hecho de que no sólo el elenco es mayormente femenino, sino que también lo es la producción, cosa que se traspasa a la pantalla. Anne Fontaine y su equipo pueden decir que condensan su film en una sola línea de diálogo dicha a la protagonista: “La fe son veinticuatro horas de duda y un minuto de esperanza”. Con ese tono logran retratar una historia cruda y llena de cuestionamientos morales que van más allá de la religión.

Por Valentina Vinet

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El Hoyo

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El Hoyo

Tras un inexplicable recorrido en festivales, llega a Netflix la película española “El Hoyo”, un high-concept de ciencia ficción que busca hacer reflexionar con la metáfora que envuelve su premisa filosófica, y asquear con un estilo gore provocativo. Una mezcla que puede parecer mal planeada, pero que al parecer fue lo suficientemente chocante o interesante como para convertir a la producción en uno de los títulos más populares de la plataforma de streaming.

Toda la película ocurre en “el hoyo”, una prisión con cientos de niveles de pocos metros cuadrados cada uno. En cada piso, dos personas elegidas al azar deben compartir espacio por un mes, después del cual son repartidos aleatoriamente a cualquier otro piso. El giro es que cada nivel tiene en el centro un agujero por el que cada día desciende desde el piso más alto un banquete para alimentar a los presos. La comida es abundante y podría dar abasto para alimentar a todos los integrantes del hoyo, pero, por supuesto, los de arriba no se demoran en terminársela, forzando a los de abajo a luchar por restos, desnutrirse, comerse entre ellos, volverse locos o suicidarse.

Esto lo vemos desde la perspectiva de Goreng (Iván Massagué), un nuevo recluso/potencial mesías que lógicamente cuestiona este sistema. Por suerte, una serie de personajes no se molestan en explicarle todo el funcionamiento. “El Hoyo” tiene muchas reglas y, a pesar de ser molesta y constante, la sobreexposición está generalmente justificada por los requisitos de la película de construir la metáfora. “Los de arriba son los de arriba y los de abajo son los de abajo”, es la sabiduría que le transmite al protagonista Trimagasi (Zorion Eguileor), su primer compañero y desde entonces la no tan sutil comparación con el mundo exterior que la cinta está haciendo se vuelva evidente.

Si bien, el comunismo y la equitativa repartición de los recursos es lo que debería salvar el sistema, las cosas no funcionan así, y la exploración de la película de por qué esto no sucede es lo que hace avanzar la trama a medida que Goreng pasa por diferentes pisos y entendemos al revés y al derecho el funcionamiento del calabozo.

La película tiene ideas sobre lo difícil que es convencer a los privilegiados de que piensen en el resto, de cómo los desfavorecidos terminan obligados a pelear entre ellos y sobre que, finalmente, cada uno vela por sí mismo. Toda postura está representada: desde aquellos personajes que buscan el diálogo, otros que entienden que las cosas se hacen por la fuerza, los que quieren solucionar el problema para todos, aquellos que buscan sobrevivir y los que simplemente se rinden, cuyos cuerpos pisos y pisos de reclusos ven caer hasta llegar al fondo.

Esto es lo más interesante de la película, pero no viene sin reparos. “El Hoyo” ve las cosas demasiado en blanco o negro, forzando a personajes a actuar de maneras exageradas o irreales y a eventos demasiado convenientes a ocurrir para marcar el evidente punto que está probando. Es un experimento social interesante, pero nunca es sutil (al contrario), y la metáfora que tanto se esfuerza en construir no es tan inteligente o novedosa. Es una constatación de lo que muchos sabemos y sentimos, y que otras películas como “Snowpiercer” (2013) o “Parasite” (2019) ya dejaron claro antes y con mayor maestría.

Lo que sí tiene esta película son unas inagotables e inofensivas ganas de entretener, y cuando uno deja de molestarse por los argumentos filosóficos que insiste en presentar como si fueran grandes descubrimientos, puede impactarse con la cantidad de sangre que se sacan sus personajes, ya sea por defensa propia o canibalismo, sorprenderse con las peripecias de un guion hiperkinético que le saca todo el jugo a una locación limitada y regocijarse en la exageración total que supone la mera existencia de una obra como esta. “El Hoyo” no nos dice nada nuevo, y es más entretenimiento que filosofía, pero es inexplicablemente efectiva y fácil de ver, y de paso nos repite un par de cosas que están mal con el sistema que nunca está de más recordarnos.


Título Original: El Hoyo

Director: Galder Gaztelu-Urrutia

Duración: 94 minutos

Año: 2019

Reparto: Ivan Massagué, Zorion Egileor, Antonia San Juan, Emilio Buale, Alexandra Masangkay, Eric Goode, Algis Arlauskas, Miriam Martín, Óscar Oliver


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