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Lady Bird Lady Bird

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Lady Bird

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Greta Gerwig, quien saltara a la fama del cine independiente en 2012 al estelarizar “Frances Ha” siempre quiso dirigir. Tardó algunos años en perfeccionar el guion de la cinta que marcaría su apertura como realizadora, y para esto escogió una historia semi autobiográfica, que le permitiera mostrar su visión sobre una de las etapas más fáciles de entender como un espectador ajeno, pero difícil de llevar cuando la experiencia todavía no forma parte de nosotros: la adolescencia.

Formalmente como su debut directoral (en 2008 co-dirigió la película “Nights And Weekends“), al ser un relato tan personal la delicadeza de un personaje que avanza, la naturalidad de las temáticas y una historia llena de sutilezas, le permitieron que su producción con corte indie fuera reconocida –y con razón– dentro de los premios más importantes del cine. Y, pese a que hay ciertos elementos que no logran desarrollarse plenamente, el tratamiento de tópicos afines permite vivir una experiencia “coming-of-age” alentadora, cercana y sincera.

En Sacramento, California, una adolescente que se hace llamar Lady Bird (Saoirse Ronan), que atiende una escuela católica y que llena sus tardes entre ensayos de teatro y actividades con sus amigos, sueña con entrar a alguna universidad en Nueva York para escapar de una realidad que considera aburrida. Pero a los 17 años los planes no siempre son realistas y su madre, Marion (Laurie Metcalf), se encarga de ponerle los pies en el suelo.

“Lady Bird” no sólo es una producción acerca de crecer o de una complicada relación madre-hija, sino que es toda una tesis sobre las falsas expectativas que cargamos con nosotros en cada una de las etapas de nuestro crecimiento, las que brotan más fuertemente cuando la pubertad llama a una rebelión frente a lo establecido y lo desconocido. Como un síntoma de crecer en ciertas eras –en este caso, pleno 2002–, la dualidad entre el prefijo de la autocrítica y el creerse portador de la única verdad, mientras la búsqueda de la identidad es un motor permanente pero imperceptible, complejizan la vivencia de cada uno de los ciclos propios del crecimiento. Y así es cuando la falsa rebeldía encuentra un camino para ser un grito de ayuda, de compañía y de entendimiento. De esta manera, los diferentes tipos de relaciones que se muestran en esta cinta (amistad, romance, compañía paternal y maternal) se van entrelazando para ser parte complementaria de la tardía maduración y aprendizaje.

Saoirse Ronan lleva la cabeza con la gracia y afinidad esperadas para su personaje, interactuando íntegramente con cada uno de los componentes de su vida. Y como una metáfora de su progresión, el desarrollo de sus “alas” a punta de ensayo, error y no menores encontrones con quienes cree ponen jaulas en su vida, es el relato vital que alimenta toda la cinta. La actriz trabaja con esplendor, otorgándole a su papel una esencia única, indócil, regalando un frenesí inexplicable de las emociones propias de la juventud.

Las múltiples colisiones entre dos personalidades fuertes y testarudas es también uno de los núcleos del drama. Por un lado, Christine, que clama ser llamada Lady Bird, choca con su madre, una profesional que es bastión de su hogar, pero también quien junto a educar pone las reglas para hacer funcionar a la familia. Ella también representa una búsqueda por hacer encajar su rol junto a la incertidumbre del futuro y de la vida de sus hijos, buscando lo mejor para ellos, pero, a su vez, reacia a exteriorizar ciertas emociones. Aunque supere tres veces la edad de su hija, las dudas también forman parte de su vida. Y encontrar la manera de apoyarse en otros sin temor marca la vida de ambas.

Ahora bien, pese a estar cargada de mensajes y banderas de diversas temáticas, muy atingentes a nuestros tiempos, “Lady Bird” decae en controlar un ritmo que mantenga la curiosidad o la atención, principalmente durante los dos tercios finales. En este ámbito, falta seguridad por representar y llevar un manifiesto tan potente del papel a la pantalla, pues, aunque tiene una mirada y guion frescos e intuitivos, falta pulir un poco más la historia y su dirección para conformar un relato enérgico de principio a fin, incluso cuando el elenco, junto a las herramientas visuales y sonoras, acompañan con gran dominio.

Entregando complejidad a sus personajes, incluso secundarios, y mostrando que la vida se alimenta de buenos y malos fragmentos por igual, “Lady Bird” es una oda a crecer, una novela auténtica de pasión y auto descubrimiento; una exploración en busca de una identidad nutrida de nuestras raíces y lazos humanos que se forman durante la vida. Las ambiciones de las generaciones más jóvenes y su falsa revolución como gatillantes de la experiencia, forma un relato empático y perenne que traspasa las décadas. Y, aunque no sea una película perfecta y que en varios momentos pierda el enganche principal, no podemos dejar de lado su característica más pura: es honesta.


Título Original: Lady Bird

Director: Greta Gerwig

Duración: 94 minutos

Año: 2017

Reparto: Saoirse Ronan, Laurie Metcalf, Lucas Hedges, John Karna, Beanie Feldstein, Tracy Letts, Timothée Chalamet, Danielle Macdonald, Bayne Gibby, Victor Wolf, Monique Edwards, Shaelan O’Connor


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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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