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La Prima Cosa Bella

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Los italianos, como pocos en el mundo del cine, logran a través de historias mínimas, sin excesos ni aspavientos, retratar en los subtextos la idiosincrasia de un pueblo marcado por las tradiciones y la moral conservadora, pero que por su espíritu festivo y alegre también alberga el buen humor, la fiesta y el exceso. Un ejemplo contemporáneo de esa dicotomía es “La Prima Cosa Bella”, película del director Paolo Virzì, estrenada durante 2010 en su país de origen y que llega a las salas nacionales.

El nombre surge de un tema de Nicola Di Bari, que es cantada en diferentes instantes del metraje. Uno de ellos es justo en el comienzo. Durante el estío de 1971, en el balneario de Livorno se realiza un festival donde se elige a la Madre del Verano. El premio recae en Anna (Ramazzotti), madre de Bruno (Bibbiani) y Valeria (Burgalassi). El hecho desencadena los celos de Mario (Albelli), su esposo, y la separación de la pareja. En este punto comienzan el devenir de una familia disfuncional italiana, pero familia al fin y al cabo.

La historia transcurre en dos líneas temporales: entre 1971 y 1981, y durante 2009. En la época contemporánea nos enteramos de los avatares de Bruno (Mastandrea), el hijo mayor de Anna (Sandrelli), quien se ha convertido en un profesor de literatura soltero, vive en Milán junto a su novia (a quien llama “co-inquilina”), es adicto a la marihuana y con un desapego total con la figura materna, su familia e incluso la ciudad donde nació y se crió. Tanto así, que es obligado casi a la fuerza por su hermana a retornar a Livorno, para compartir los posibles últimos días de su madre, ya anciana e internada por un cáncer.

El film es un relato clásico, donde los recuerdos a modo de flashback nos permiten conocer las motivaciones del rencor de Bruno, las razones de su malestar con su madre, una mujer bella, atada a una vida que al parecer no quería, y que ha cometido excesos en pos de ilusiones hedonistas. Los conflictos existenciales y afectivos del hijo están en los sueños y anhelos de la madre. Ella desea y proyecta una vida en otro lugar, más libre, ligada a las luces y la ilusión del trabajo cinematográfico, alejada de los celos enfermizos de Mario.

La nostalgia del pasado no está sólo en la estética cuidada de los viajes a la década del ‘70, ni menos en el homenaje velado a las comedias italianas de esa época, que incluso tiene una referencia explícita al citar a Dino Rissi y Marcello Mastroianni. Es también parte del  concepto más importante de la película, que además es clásico en la cinematografía del país de la bota: la familia como lo más importante en la vida de las personas.

Ya sabemos, en la temprana separación de Anna y Mario, y la precariedad de la vida de Bruno y Valeria, que la familia principal del relato es disfuncional: la madre se separa del padre, pero se siguen frecuentando; la hermana de Anna está enamorada de Mario y lo consuela, hasta vivir con él y ayudarlo a criar a los niños; y Anna jamás asume completamente la responsabilidad de ser madre. Bruno, por otra parte, pese a su edad en el presente, no tiene familia ni está casado; y Valeria mantiene una relación de más de 20 años con Giancarlo, que al parecer no le satisface completamente, y con quien tiene 2 hijos adolescentes.

A pesar que el núcleo familiar no sea ortodoxo, los personajes necesitan y deben redimir sus pecados del pasado y reconciliarse, para seguir adelante. Y ese perdón está única y exclusivamente en esa familia fragmentada, con ramificaciones impensadas, pero que todo lo acoge y todo lo cobija en un abrazo fraternal.

Aquí es clave entender a Valeria (Pandolfi), que se ve postergada a ratos en el metraje. Sin embargo, es ella la que hace de bisagra entre Bruno y su madre, como si entendiera de forma instintiva, que si ellos no se reconcilian ella tampoco podrá liberarse. Valeria en ningún momento guarda el rencor que vemos explícito en el silencio y la indiferencia de Bruno, pero tal vez su drama es más profundo: no quiere repetir los errores de su madre y se autoimpone un apostolado de madre ejemplar y mujer fiel, ocultando hasta la rabia impulsos que la igualen a su progenitora.

La riqueza de “La Prima Cosa Bella” está en su nula intención de teorizar sobre problemáticas sociales que puedan parecer densas, o de pontificar sobre imposiciones morales añejas que para lo único que sirven es para coartar la felicidad. Nunca se hace necesario cuestionar un modelo de familia o apuntar con el dedo los deslices de Anna. Por el contrario, esta es una historia de bondad, donde los errores están en no comprender al otro, donde las culpas se expían con pequeños gestos –un abrazo o un beso- y se dejan de lado para vivir la vida sin pesadas mochilas morales o sociales.

Por eso los últimos 25 minutos de la cinta se disfrutan a concho. Porque muestran la felicidad de la reconciliación, el valor de la familia tal cual es; porque todo se soluciona con un abrazo apretado, un llanto reconfortante y un beso en la mejilla. Acá ya todo está resuelto, ya no es necesario visitar el pasado, todo está al frente: el mar, la familia, la vida.

Por Juan Pablo Bravo

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Maléfica: Dueña del Mal

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Maléfica

El estreno de producciones animadas Disney en versiones live action ha traído discusiones frente a la real relevancia que dichas cintas tienen en el panorama actual. Y lo cierto es que la curiosidad de la audiencia asegura el éxito comercial. Sin embargo, el duplicado de estas producciones, dejando a un lado la originalidad de sus primeras versiones, obliga a recurrir a una expansión un poco más libre sobre la interpretación de los cuentos clásicos que inspiraron las obras del estudio. En este caso, el estreno de “Maleficent” en 2014 insinuó ciertos elementos que pretendían otorgar frescura a la reinvención de la malvada antagonista de “Sleeping Beauty” (1959).

Luego de varios años de los hechos ocurridos en la primera cinta, “Maléfica: Dueña del Mal” se centra en la relación que la oscura hada (Angelina Jolie) tiene con Aurora (Elle Fanning), luego de que esta anunciara su matrimonio con el príncipe Phillip (Harris Dickinson). La unión entre el reino y el páramo traerá rencillas entre humanos y hadas, poniendo a Maléfica y Aurora en lados opuestos para, a la vez, enfrentarse a un enemigo en común.

La primera cinta, con énfasis en la oscura hada, centraba su atención en cómo la traición forjaba las motivaciones de Maléfica, llevándola a actuar en venganza, siendo este su principal motor. La villana, que aparecía en la cinta original de 1959, se despojaba de un velo superficial, permitiendo escarbar entre sus profundas heridas y dejando entrever las razones para seguir con un plan trazado desde el momento en que se vio decepcionada con la raza humana.

Esta segunda parte deja a un lado la exploración de Maléfica hacia su pasado, concentrándose principalmente en su relación con Aurora y cómo juntas han mantenido la paz entre las criaturas del páramo y el reino de los humanos. Entre ellas se ha forjado un lazo cercano al de madre e hija, y los momentos retratados a solas dan cuenta de cómo su relación ha evolucionado y, al mismo tiempo, sitúa la urgencia cuando la paz que han construido se ve amenazada por el miedo y el poder de una fuerza externa que aparece temprano en el desarrollo del relato.

Una vez separadas, la cinta se toma el tiempo para explorar un lado más vulnerable de Maléfica, el que tiene relación con el origen de su raza y la forma en que la nueva conexión con los de su especie servirá como llama para encender una lucha interna que se veía apagada. Sin embargo, la exploración de aquel lado es trabajado de tal manera, que sólo la superficie es visible, pero no deja espacio para profundizar en cómo este descubrimiento realmente afecta a la protagonista, otorgando a la audiencia llenar ciertos espacios sólo gracias a las reacciones que el personaje tiene frente a ciertos estímulos.

La construcción visual del mundo ficticio donde habitan los personajes está basada principalmente en CGI, recurso que apoya la exploración de un mundo que sobreexplota colores y el diseño de algunas de las criaturas que habitan el lugar. El uso de imágenes creadas digitalmente está justificado frente al mundo de fantasía que se está presentando, pero, al mismo tiempo, su uso afecta visualmente la interacción entre humanos y criaturas, por lo tanto, es necesario entrar en este universo con ojos crédulos frente a lo que ocurre en pantalla.

Dirigida claramente para un público infantil, “Maléfica: Dueña del Mal” no reúne el mínimo compendio de características para sostenerse como una secuela necesaria, olvidando los elementos que le otorgaron frescura a su antecesora y fallando principalmente en la exploración de su protagonista, quien con sus apariciones no justifica la existencia de esta producción.


Título Original: Maleficent: Mistress of Evil

Director: Joachim Rønning

Duración: 118 minutos

Año: 2019

Reparto: Angelina Jolie, Michelle Pfeiffer, Elle Fanning, Ed Skrein, Chiwetel Ejiofor, Juno Temple, Sam Riley, David Gyasi, Lesley Manville, Imelda Staunton, Harris Dickinson, Jenn Murray


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