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Cine

La Morgue

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El cine de terror, tal y como lo conocemos, es una mezcla delicada entre música, efectos e historia que varios cineastas han ido perfeccionando a través de los años, tomándose de los elementos que el suspense y el thriller psicológico han propuesto para lograr poner al espectador al borde del asiento, generar sudor frío y obligar a mirar debajo de la cama antes de dormir que asociamos al miedo puro que el cine nos transmite. “La Morgue” no es la excepción a esta regla; un viaje de 86 minutos que lleva a navegar en un mar de sensaciones encontradas a medida que transita entre los clichés más clásicos y vistos del cine de terror, hasta usos magistrales de la música o el color que producen esa sensación incómoda en la boca del estómago, propia de este género cinematográfico.

Dirigida por André Øvredal, conocido por ese interesante falso documental llamado “Trolljegeren” (2010), la película gira en torno a la historia de un cuerpo no identificado (Olwen Kelly) encontrado de manera misteriosa en una escena del crimen en una pequeña ciudad estadounidense. El sheriff de la policía, Sheldon Burke (Michael McElhatton), al no poder encontrar una explicación a la presencia del cuerpo, decide poner a cargo de la investigación a una pareja de médicos forenses y dueños de la morgue del pueblo, Austin Tilden (Emilie Hirsch) y su padre Tommy Tilden (Brian Cox), quienes deberán dilucidar el misterio.

La película tiene unos primeros 30 minutos brillantes, donde Øvredal saca a relucir toda su experiencia en el cine noruego para crear atmósferas oscuras e intrigantes que no caen en el pesado cliché del terror más clásico, lleno de sustos basados en saltos y movimientos repentinos de cámara. Por el contrario, logra llevar la tensión psicológica del misterio alrededor del cuerpo no identificado a puntos interesantes de la mano de un control preciso de los planos y sus ángulos. Una visión que juega con los colores y las luces de la morgue, usando la expectativa como recurso para generar fintas sobre posibles monstruos que realmente no muestra, y que sólo alargan la tensión y la eterna pregunta sobre cómo y qué nos saltará encima para asustarnos.

La música, a cargo de Danny Bensi y Saunder Jurriaans, es otro de los puntos fuertes de la película. Con una variedad que va desde el rock ligero hasta canciones que pareciesen sacadas de una iglesia americana de los 70, la banda sonora se aleja rápidamente de los golpes orquestales cuando aparecen objetos de improviso o situaciones misteriosas, y prefiere tomar un papel mucho más activo, trabajando desde la creación de una atmósfera cotidiana dentro de una morgue, hasta el alarmante silencio con el que se enfrenta a las situaciones más cercanas al horror que propone la película. No obstante, uno de sus grandes puntos débiles es el paso que hace de thriller psicológico a terror después de su primer tercio, el cual está marcado por los descubrimientos de los Tilden respecto al cuerpo y un cambio general de la estética: los colores bajan en intensidad, dando guiños a propuestas artísticas que recuerdan a “Resident Evil” (2002), de luz tenue y juegos de cámara que se vuelven cada vez más predecibles a medida que avanza el film.

Pasado este punto de quiebre, la revelación de la amenaza y el carácter fantástico de la misma genera dos efectos principales: por una parte, rompe esa cotidianeidad rica en tensión que la película había establecido en sus primeros minutos, haciéndola pesada y más cercana a la tradición fílmica del horror -y, con ello, más predecible-. Por otra parte, convierte a la cinta en horror psicológico, poniendo a sus personajes en laberintos imaginarios que entran en diálogo directo con grandes películas como “The Thing” (1982) o “The Blair Witch Project” (1999), alejando la historia de la típica y sobre vista escapatoria del psicópata con machete, y dándole un vuelco sobrenatural que, a pesar de las grandes posibilidades creativas y soluciones técnicas que pudo haber utilizado, no termina de cuajar, quedando en la arquetípica solución que no convence a ningún espectador.

En conclusión, “La Morgue” es realmente dos películas que completan un nuevo intento de acercamiento al fenómeno complejo del terror. Por un lado, los primeros 30 minutos brillantes, llenos de promesas y atmósferas envolventes que dan muestra de un director y equipo fílmico arriesgado, con una visión particular del miedo que encanta e hipnotiza al espectador en espera de ver un desenlace que jamás llega a concretarse apropiadamente. Por otro lado, la película se repliega sobre sí misma y se hace más canónica y tradicional respecto al cine de terror de antaño, volviéndose pesada y predecible, ofreciendo una buena experiencia momentánea, pero que no busca trascender o proponer nada nuevo a sus espectadores, más allá de los sustos que podrían encontrarse en cualquier otra propuesta genérica y un final que desencanta desde todos los ángulos posibles.

Por Ricardo Tapia

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Chester

    11-May-2017 en 12:06 pm

    Puta la hueá, ya me había entusiasmado xd

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Artículos Cine

Star Wars y el auge de los efectos visuales

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Star Wars

Desde prácticamente siempre, ha existido un odio irracional hacia las precuelas de Star Wars, aquella trilogía de películas que estrenada entre 1999 y 2005 que prometía conectar todos los hilos en torno a la historia que George Lucas iniciara en 1977. Amparado bajo una segunda explosión de popularidad de la saga, el director comenzó a principios de la década del 90 lo que sería la concepción de una idea que ya tenía cuando trabajaba “El Imperio Contraataca”, y que, según sus propias declaraciones en múltiples ocasiones, no le era posible filmar debido a las limitancias tecnológicas propias de la época. Así, el desarrollo del CGI hizo que Lucas pudiera adentrarse en la realización de una nueva trilogía, donde, más allá de su cuestionado argumento e innecesaria creación de fallas argumentales para la saga original, terminó por transformarse en una revolución gracias al elemento que fue más destacado por la crítica: los efectos especiales.

Fue en 1997 cuando comenzó el rodaje de “La Amenaza Fantasma” (1999) y, aunque se mantuvieron algunos elementos como la marioneta de Yoda y una utilización de escenarios reales con un cuidado diseño de producción, la transición se fue desarrollando de manera natural a lo que terminaría siendo “El Ataque de los Clones” (2002) y “La Venganza de los Sith” (2005), donde el uso de fondo verde fue más prominente que en ocasiones anteriores. Como dato curioso, y para reforzar la idea de que la animación digital fue el elemento principal de estas cintas, es sabido que no se construyó ni una sola armadura de trooper durante las tres películas, con dichos modelos siendo todos creados por computadora. A pesar de que el uso de CGI ya se había presenciado en otras películas previas –probablemente “Jurassic Park” (1993) siendo el caso más reconocido–, su utilización dentro de la producción de Star Wars significó todo un precedente, gracias a un innovador software donde se crearían los efectos visuales, al punto de que en la primera cinta existe una sola secuencia que no contiene efectos digitales.

A veinte años de su estreno, los efectos visuales en el cine son cosa de cada día, con prácticamente la totalidad de las cintas más taquilleras utilizándolo en su mayoría, lo que en un espectro más crítico ha terminado por omitir en el espectador el deseo de intentar diferenciar qué es real y qué no al momento de mirar una película. Asimismo, los directores actualmente pueden gozar de la misma libertad que Lucas describió a la hora de realizar las precuelas, pudiendo crear un guion a su antojo sin preocuparse de restricciones en torno a la producción, el desarrollo de personajes y, sobre todo, la creación de mundos y criaturas tan fantásticas como se ha caracterizado la saga desde sus orígenes. Todo lo anterior permitió también una reducción en los tiempos de rodaje, comenzándose a producir blockbusters en masa gracias a la implementación de la fotografía digital, y el uso de cámaras digitales que permiten grabar sin la necesidad de revelar el celuloide, pudiendo así montar y modificar escenas de una manera mucho más rápida.

Ya con la trilogía original Lucas había innovado en una serie de técnicas cinematográficas que eran prácticamente desconocidas para la época, pero todo ese trabajo fue opacado en cierta forma gracias al abrumador éxito que la saga tuvo más allá de la pantalla, transformándose en un icono de la cultura pop gracias a la explosiva venta de juguetes y una creciente popularidad que nunca decayó en el período de 1977 a 1983. Y es así como las tecnologías fueron evolucionando en pos de una saga que desde sus orígenes buscó una forma de deslumbrar y crear experiencias nunca vistas, algo que sin duda se logró con todos los contratiempos que pueda significar. Pasar de un aproximado de 365 tomas con efectos visuales en la primera cinta de 1977 a las más de 2200 que tiene la última de la era Lucas en 2005, habla de una necesidad de incorporar la tecnología con el fin de contar historias, derribando límites y permitiendo que la creatividad e imaginación de los realizadores pueda verse reflejada en la gran pantalla.

Hoy en día, con una nueva trilogía que llegará a su fin este 19 de diciembre, se puede ver como las técnicas de las otras seis entregas se van complementando para darle un romanticismo a la producción, omitiendo de plano un uso totalmente digital para seguir incluyendo animatronics, marionetas, maquillaje y otras técnicas de producción. Sin embargo, es imposible no reconocer el trabajo e influencia de George Lucas en el desarrollo del cine de fantasía como lo conocemos hoy en día y, más allá de cualquier falencia narrativa que haya cometido en sus cuestionadas precuelas, el cine y la tecnología comenzaron una relación que ha beneficiado tanto lucrativa como creativamente a la industria.

  • Star Wars: El Ascenso de Skywalker” se estrena el próximo 19 de diciembre. Preventa AQUÍ.

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