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La Memoria del Agua

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Cuando la vida nos da la espalda, nada parece tener sentido lógico. Y cuando perdemos a un ser amado, es muy fácil refugiarse en los recuerdos mientras olvidamos nuestro presente, e incluso no recordamos quiénes somos o qué hacíamos en el mundo hasta antes de la pérdida. Para alguien que lo ha vivido, no le es difícil empatizar con lo arduo de sobrellevar el sufrimiento o conmoverse cuando una historia intenta exponer desde la intimidad, y con sus propios métodos, el laborioso intento de la vuelta a la normalidad. Esta delicada fragmentación de la existencia, que desde su aspecto amoroso ha sido un tema recurrente en las obras de Matías Bize, ahora se torna más trascendente y reflexiva al tocar el tema de la muerte y cómo es capaz de afectar profundamente a aquellos que nos quedamos en este lado.

LA MEMORIA DEL AGUA 01La incipiente vida familiar de Amanda (Elena Anaya) y Javier (Benjamín Vicuña) se desmorona repentinamente tras la trágica muerte de su pequeño hijo. Para evitar que el dolor siga apoderándose de su existencia, ambos emprenden una búsqueda desesperada por la paz mientras rearman sus vidas lejos el uno del otro. Sin embargo, conocerán que el camino que quieren iniciar es mucho más duro de lo que esperaban, aunque la posibilidad de reencontrarse no es algo totalmente inalcanzable.

La intimidad de la atmósfera que se forma con “La Memoria del Agua”, genera un sentimiento cercano y devastador que no puede obviarse, ya que en un primer nivel conecta no sólo con los que han vivido una experiencia similar en alguna de sus formas, sino que con cualquiera que no haya perdido el sentimiento de la compasión. La búsqueda de reconciliación con la muerte se toma desde uno de sus puntos más delicados a través de una familia primeriza, sin embargo, lo que realmente atañe es la sensatez con que el ser humano, en su adultez y con todas las complicaciones sentimentales, laborales y sociales que incluye, es capaz de sobrellevar el tremendo cambio del vacío. Hasta ahí todo bien. Mas esta historia, con tintes románticos y contada a través de las acciones de los padres, comienza por cambiar su hilo y sumirse ante un guión demasiado digerido, usando un arsenal de frases pre-construidas que, más que demostrar sentimientos realistas, terminan por sonar algo presuntuosas –aspecto difícil de aceptar en este caso- junto a una aparente sobreactuación de las enunciaciones.

LA MEMORIA DEL AGUA 02Este, el principal inconveniente de la cinta, desequilibra más de lo necesario y provoca la pérdida de la atención en lo que realmente importa. Además, hay otro componente que no se puede desatender por el ruido que causa, aunque no sea algo que esté presente exclusivamente en esta producción, sino que se repite en varias otras obras nacionales. Guste, moleste o sea indiferente, no se puede dejar de reconocer que realmente hablamos mal, y cuando alguien lo hace correctamente en una cinta, choca y, en suma, distrae. Aunque, claro, no es algo que se pueda cambiar y es más una advertencia para el espectador no acostumbrado, que una queja libre.

El personaje de Javier, interpretado por Benjamín Vicuña, pese a que sigue una dirección clara en la cual se nota un trabajo sólido del actor, pierde a ratos el atractivo fundamental desarrollado en cuanto se cruzan diálogos irregulares y repetitivos. A nivel de guión, los dos personajes principales se desequilibran en su progreso personal y en el foco que se pretende otorgar a los actos dramáticos, especialmente en el tratamiento del personaje de Amanda, la que es llevada a momentos radicales en su concepción y contradictorios en su acción. Por fortuna –aunque con algunos traspiés-, Elena Anaya sabe cómo llevar adecuadamente un papel complejo a lo largo de una película.

LA MEMORIA DEL AGUA 03Ahora bien, los elementos que despuntan y subrayan la aclamación internacional de esta cinta, radican no sólo en una historia –discutiblemente- completa, sino que por la excelente banda sonora a la cabeza de Diego Fontecilla que acompaña las tomas, y también la bella fotografía, que armoniza paisajes nacionales escogidos con pinzas para retratar ciertas emociones casi indescriptibles. Sin opacar completamente el triunfo en estos aspectos, esta armonía lograda se desprende momentáneamente de su dirección por los cambios radicales que sufre el entrecortado montaje en ciertos instantes. Es posible que haya sido un recurso intencional que contribuyera al desenvolvimiento de un relato imprevisible en su totalidad, pero este supuesto se puede descartar por los no pocos saltos en el guión y en el reflejo que genera la construcción de los personajes, algo disparejos en su entorno y que ensalzan exageradamente su título.

El carrusel de emociones: soledad, angustia, rabia, decepción, incertidumbre, esperanza, alegría, amor y desamor que se funden en esta producción impredecible y visualmente noble, invitan atractivamente a presenciar una historia humana, con toques de realismo mágico inclusive, en la que se pone en la disyuntiva si realmente es conveniente borrar el pasado y seguir con la vida, o ampararse por siempre en un dolor que no sanará. No hay puntos medios; es cómo nos imponemos, individual y en conjunto, frente al tormento y el pesar repentino. Esto es lo que “La Memoria del Agua” logra engendrar honorablemente, aunque haya momentos en que se incline a patinar en aspiraciones fuera de su alcance, pero no imposibles de dominar.

Por Daniela Pérez

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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