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La La Land: Ciudad de Sueños

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Tras el éxito de la memorable “Whiplash” (2014), muchos fuimos los que nos preguntamos –con alto grado de ilusión y expectativa– cómo se desarrollaría la carrera de esta emergente figura del panorama mundial del séptimo arte llamada Damien Chazelle. Básicamente, el cuestionamiento apuntaba a si todo lo bueno de su anterior cinta había sido sólo producto de un momento de iluminación fugaz o realmente estábamos frente a un fuego que desarrollaba sus primeros momentos de combustión. Y lo cierto es que, con “La La Land: Ciudad de Sueños”, todo pareciese indicar que estamos frente a la segunda hipótesis.

Mia (Emma Stone) es una actriz que trabaja sirviendo café, y Sebastian (Ryan Goling) es un músico de jazz que vive de tocar canciones de otros en bares de mala muerte. Ninguno ha podido desarrollar sus pasiones de la manera en la que quisiesen, y esto los ha llevado a encontrarse y soñar juntos en una historia de amor que se verá enfrentada a la realidad.

La coreografía visual, la rítmica del montaje, la muy cuidada ambientación y la importancia de la música de manera transversal como recurso narrativo, son algunos elementos ya observados en su anterior producción, y que en esta nueva cinta son llevados a una distinta –pero obvia– dimensión: la del musical. Y es que considerando lo anterior, la decisión de Chazelle de que su nueva cinta estuviese regida por este formato es percibido como algo natural más que una búsqueda forzosa y caprichosa de contar una historia, dando como resultado una obra realmente inspiradora y desarrollada de manera armónica en todas sus dimensiones.

En este sentido, temáticas tales como la frustración, la ambición, la decepción amorosa, la crítica hacia el sentido de nuestra vida cotidiana y la perdida de la magia en contextos en los que soñar es visto como una pérdida de tiempo, son algunos de los temas que subyacen en una historia que, a simple vista, no tiene nada nuevo en el contexto de un musical. Y es precisamente en lo anterior donde encontramos la propuesta de Chazelle: hacer converger la nostalgia del homenaje con la frescura del presente y de sus tópicos de interés –mucho más amargos de lo que aparentan–, lo que en conjunto dotan a la cinta de una belleza profunda que se va develando con el desarrollo de la trama. Así, el buen gusto y la fineza para lograr lo anterior es lo que nos permite como espectador ir fluyendo con la narración, y a la vez evitar el hostigamiento y lo artificial que nos podría parecer de buenas a primeras.

Por su parte, las actuaciones de la pareja protagonista sin ser grandilocuentes logran transmitir de manera correcta lo que sus personajes encarnan, sintiéndose explícitos en sus valores encarnados, pero naturales al momento de ser digeridos, esto último gracias a una construcción del guion que nos permite empatizar con ellos e ir observando sus cambios sin ser demasiado obvios. Punto aparte son aquellas secuencias en donde Gosling y Stone echan a andar la química y el magnetismo entre sus personajes, fundiéndose maravillosamente en el marco de coreografías y puestas en escena que terminan por armar cuadros audiovisuales realmente bellos.

Por último, la música compuesta por Justin Hurwitz logra captar la sensibilidad con la cual se presenta la cinta, sintiéndose justa y necesaria en todos los momentos en los que está presente, inclusive en aquellas instancias donde el musical coreografiado da un paso al costado permitiéndole a las composiciones y sus interpretaciones narrar la historia de una manera sensorial y simbólica, todo apoyado en una visualidad cargada y coherente con la música.

Con “La La Land: Ciudad de Sueños” estamos frente a una gran cinta, que nos permite seguir disfrutando de una estética cinematográfica marcada por aquellos elementos que de a poco van posicionándose como un sello identificable en la filmografía de Chazelle. Ante esto, es posible nada más que seguir aumentando la expectativa, pero ya teniendo una respuesta al cuestionamiento inicial: sin duda alguna estamos frente a un fuego que se vale de temáticas y recursos cinematográficos combustibles para hacer perdurar una llama que es de esperar próximamente siga iluminando el panorama general del cine, como lo ha hecho hasta ahora.

Por Matías Ponce

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Coco

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Coco

Pixar ha demostrado con cada uno de sus estrenos la capacidad que existe para mezclar universos narrativos complejos, que logran conectar profundamente con el espectador, y una construcción visual que sirve como escenario perfecto para desarrollar estas historias. “The Good Dinosaur” (2015) fue la última cinta con una historia original antes de dar paso a “Finding Dory” (2016) y “Cars 3” (2017), instaladas en universos ya conocidos por el público. Por lo tanto, la llegada de una nueva historia con personajes desconocidos crea la expectación necesaria para el estreno de “Coco”, cinta basada en la festividad mexicana de Día de Muertos y que pretende ser un fiel reflejo de la cultura de aquel país.

Miguel es un niño de doce años que sueña con convertirse en un gran músico, pero los conflictos del pasado han hecho que la música sea prohibida en su familia, cuya tradición es la zapatería. Justo en la noche de Día de Muertos, Miguel viaja mágicamente a la Tierra de los Muertos, donde descubrirá historias de su pasado familiar que lo acercarán a su sueño.

Retratar una cultura ajena aparenta ser un gran desafío al transitar entre el homenaje y los estereotipos. Afortunadamente, esta cinta logra retratar las tradiciones de la cultura mexicana, teniendo un particular cuidado con los detalles que componen el pueblo ficticio de Santa Cecilia, donde todo parece real y puesto de tal manera, que sirva como fiel reflejo de lugares en el que abundan tradiciones. Por lo tanto, la celebración de Día de Muertos sirve como pretexto perfecto para simbolizar visualmente estas ideas, a ratos recordando a “The Book Of Life” (2014) –cinta basada en la misma festividad–, pero profundizando mucho más en las razones de ella, donde las flores conocidas como cempasúchitl, el papel picado y las ofrendas adornan también la pantalla.

La historia gira en torno a Miguel y su sueño de ser músico, quién en un pequeño y escondido cuarto en el entretecho de su casa da rienda suelta a su pasión, mientras practica guitarra sin que nadie pueda oírlo. Y a pesar de su estrecha relación familiar, la oposición de estos hará que él forme un carácter obstinado y perseverante. Así, su pasión por la música será lo único que pueda ayudarlo cuando quiera encender una llama inerte en su familia, una que tiene que ver con el perdón y el olvido. Miguel emprenderá el viaje del héroe para poder alcanzar sus sueños, pero aprendiendo más de lo que esperaba.

El primer acto de este relato está centrado en explicar el contexto familiar del protagonista, pero una vez que llega el día de la festividad y sorpresivamente Miguel logra cruzar a la Tierra de Los Muertos, la cinta arranca rápidamente en un viaje lleno de atractivos visuales, con un trabajo de animación que caracteriza al estudio y que se manifiesta al crear un original y colorido mundo, el que se asemeja a una ciudad, pero exacerbando sus atributos y fantaseando con la idea de la vida después de la muerte. Este lugar poblado de magia, donde se pasean los esqueletos de difuntos y alebrijes que cobran vida, es el escenario para que Miguel se encuentre con antiguos miembros de su familia, quienes intentarán llevarlo al mundo de los vivos, pero las condiciones de este hecho podrían acabar con su sueño para siempre, por lo que emprende una cruzada para volver, a su manera y arriesgando el apoyo de su familia.

En un principio su propuesta narrativa podría parecer simple, pues la dicotomía entre el sueño del protagonista y su deber familiar o social es una temática que ya ha sido trabajada en cintas animadas, sin embargo, una de las características de Pixar es sorprender con la sólida construcción de una historia que logre emocionar a partir de un entramado narrativo que va encajando piezas hábilmente. Y aunque a veces se toman decisiones que podrían ser predecibles y el desarrollo de su antagonista quede un tanto débil, la sorpresa y las situaciones conmovedoras están garantizadas y bien trabajadas para no parecer superficiales.

Basada en aquella festividad mexicana, es inevitable que la muerte esté presente como temática, pero no lo hace desde un punto de vista lúgubre y distante, más bien se concentra en los recuerdos y cómo estos conforman los lazos humanos y, sobre todo, familiares. Tal como en “Kubo And The Two Strings” (2016) acá se trabajan con delicadeza estas temáticas: la familia también está puesta al centro, pero alrededor ronda el perdón, el olvido y cómo ciertos sacrificios son realizados con el propósito de fortalecer aquellos lazos cuando se busca el bienestar desinteresado del otro.

“Coco” destaca principalmente por su detallada construcción narrativa, la que entrega como resultado una historia emotiva, centrada en la familia, con personajes carismáticos que otorgan momentos de diversión, insertos en un mundo que mezcla la realidad y la fantasía. Y, al mismo tiempo, capturando gracias a su un encanto visual un claro homenaje a México y sus tradiciones.


Título Original: Coco

Director: Lee Unkrich y Adrian Molina

Duración: 109 minutos

Año: 2017

Reparto: Animación

 


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