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La Habitación

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De vez en cuando aparece de la nada una película que logra generar un impacto al conectar con la gente y expandirse mucho más de lo esperado. Sí, existían fans de la novela “Room” de Emma Donoghue que anticipaban el estreno de “La Habitación”, película basada en ésta, pero para la mayoría de los espectadores la cinta ha sido una sorpresa. Y el secreto de su éxito es tan sencillo que parece ridículo constatarlo: empatía. El crear personajes interesantes que uno entiende y quiere seguir en su viaje, sintiendo con ellos lo que les ocurre. Es el truco más viejo y el eterno objetivo en la meca del cine, pero la historia ha demostrado que lograr aquel vínculo que mueva a la audiencia no es tarea fácil.

ROOM 01En “La Habitación”, Jack (Jacob Tremblay) es un niño de cinco años que vive con su madre a quien llama Ma (Brie Larson) en el único espacio que conoce: un pequeño cobertizo dotado con lo justo para sobrevivir. Nació ahí y ahí ha crecido, y Ma se ha asegurado de darle estabilidad y sentido a la idea de mundo que tiene su hijo. Lo que se devela es que la razón por la que madre e hijo se encuentran allí es que, cuando ella era una adolescente, fue secuestrada por un extraño que la ha mantenido retenida ahí por años, abusando de ella, y que producto de una de esas violaciones nació Jack.

Dejar ver más puntos de la trama puede ser perjudicial para experimentar una película que gana mucho a partir de la tensión que genera el encontrarse en ese espacio con los personajes. Es terreno delicado el que aborda la película, pero cualquier innecesaria caída en la sordidez se evita en la sobriedad de la realización, además de las decisiones de esconder al enemigo (el responsable del encierro es una presencia continua pero no siempre concreta, lo que también lo hace más atemorizante) y de abordar todo el relato estrictamente desde el punto de vista de Jack.

ROOM 02Desde la cercanía de la cámara que lo encuadra, pasando por escenas que solo presenciamos desde su perspectiva, hasta una ocasional voz en off, “La Habitación” es la historia de Jack y su limitada comprensión del mundo, y el optar por este camino hace de la cinta una mucho más devastadora, al incluir la permanente ironía dramática de que el niño no entiende a cabalidad la gravedad de la situación en que se encuentra. En ese sentido se logra hacer el vínculo emocional con Ma, y captar los pequeños guiños que Larson entrega sobre la repugnancia que yace debajo de la normalidad que ha logrado crear en su vida en aquel lugar.

El acotado marco temporal y físico en que se sitúa la historia lleva al espectador a especular constantemente, atento a la doble significancia de las acciones e interacciones que se despliegan (gracias a un guion que pocas veces peca de revelar demasiado), recogiendo pistas que ayudan a completar el pasado de estos personajes y conjeturar un futuro al que tendrán que enfrentarse. Y llegando a este punto no queda nada más que exaltar las interpretaciones de Larson y Tremblay, el aspecto más destacable de una película que sobresale en muchos otros apartados.

ROOM 03Larson contiene en sus expresiones todo el historial de su personaje, estratégicamente escogiendo cuándo mostrar rabia, seguridad, valentía o resignación, y Tremblay la acompaña con una naturalidad que hace imposible no seguirlo en su viaje. Es, indudablemente, una de las mejores actuaciones por un niño en el último tiempo y esto es un logro también de dirección, montaje y el trabajo previo de los actores para lograr esta dinámica.

“La Habitación” gana infinitamente con la química entre ambos intérpretes, fundamental para el éxito del acabado de la película. Son personajes que se sienten reales, que nos importan y es por eso que conectamos con ellos y con su historia. “La Habitación” es una película modesta, pero son ejemplos como este los que hacen que uno vuelva a confiar en la capacidad del medio para conmover, valiéndose solo de dos actores, una habitación y el pacto que hace una audiencia dispuesta a acompañar en el viaje que emprenderán los personajes.

Por Ignacio Goldaracena

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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