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Cine

La Chica del Tren

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Plasmar estados psicóticos y la progresiva entrada a la locura en la pantalla grande, sostiene retos. Estos son, sin duda, en ningún caso menores. Si se observa los grandes hitos que han explorado esos bordes y no se baja la exigencia al nivel de películas prescindibles, probablemente todo debiera empezar por una narración limpia, o al menos eximida de trampas que hagan plausible la intriga; y vinculado a eso, a una construcción de personajes sutil y articulada que trascienda la falsedad. A fin de cuentas, que la historia sea todo lo enrevesada y oscura que desee, pero que esté llevada con aplomo y convicción, atributos que en la cinta basada en la novela homónima de Paula Hawkins no proliferan.

the-girl-on-the-train-01Aún perturbada por su reciente divorcio y conviviendo con su adicción a la bebida, Rachel (Emily Blunt) sagradamente cada mañana y tarde pasa en tren por lo que era su antiguo barrio, ese en que se ubica la casa que habitó por años con Tom (Justin Theroux), quien ahora tiene una hija pequeña con Anna (Rebecca Ferguson). Con vista a las vías también está el hogar en que residen Megan (Haley Bennett) y Scott Hipwell (Luke Evans), un matrimonio que observa con la misma atención. A través de ese invariable día a día condicionado por la distancia entre su trabajo y actual casa, Rachel se involucrará más allá de lo correspondido.

Un novato en el género está a cargo de la dirección y eso se percibe en exceso; Tate Taylor, con pasos por el drama de época en “The Help” (2011) y el biopic musical en “Get On Up” (2014), no hace más que llenar de tics visuales la pantalla e imponer que sus actores se pongan en modo afligido, para llevar a cabo un guion fracturado en distintas miradas y temporalidades que, además de incluir más de algún engaño, no cuaja por completo.

the-girl-on-the-train-02La cinta arranca en una tecla –con un montaje y una banda sonora bien evidentes–, pero ese énfasis o tono se extiende a lo largo de las casi dos horas de filme. No hay variaciones y eso, en vez de posibilitar el enganche, hace que la película fatigue y no sea más que un trasnochado thriller que sólo sea posible ver a pedazos en el cable. En cierta forma, esa fórmula de visionado está abierta y no es una exageración plantearla: cada vez que se propone un flashback o hay un cambio de perspectiva y se ubica en posición de una mujer distinta, la historia pareciese estar comenzando de nuevo, aunque siempre en la misma cargante clave, con los mismos juegos visuales y la misma utilización de música, haciéndose muy agobiante la tarea de llegar al final sin mirar la hora.

Lo miserable de la existencia de Rachel queda de sobra expuesto con su progresivo deterioro y andar desgraciado que la hacen un ser indeseable. La cinta, sin embargo, no se pone a la altura y le otorga un tratamiento muy trivial, que daña fuertemente los propósitos que se pone el relato y deja las cosas más cerca de la caricatura que del humano con el que se puede empatizar. Si bien, la puesta en escena puede tener algún acierto en ese retrato, Taylor carece de la destreza y clase que una representación de ese tipo demanda. Desde luego, Emily Blunt se entrega por completo y parece un the-girl-on-the-train-03buen casting; el problema viene porque quienes llevan las manijas del relato impiden sentir algo más que lástima por ella, de hecho, su búsqueda o fin luce muy ajeno. Si en ese caso la película no es justa, con el resto es aún menos sensata y, de algún modo, ofrece únicamente el esbozo de figuras que podrían haber aspirado a ser personajes. Lo que queda son piezas usada para distraer, confundir y armar un puzle insulso y artificial que destroza toda expectativa de encontrar, por lo bajo, algo de decente evasión.

En ese análisis se despierta probablemente lo más llamativo de la película: justamente los personajes masculinos son los que, aparte de generar más hastío, están construidos con menos empeño (lo de Edgar Ramirez es irrisorio, por ejemplo). Eso puede ser coherente dado el espíritu de la cinta, es una posibilidad, pero más que eso, es señal de todos los desajustes que contiene, que exagera la tecla y provoca más rechazo que simpatía, que parece tener claro hacia dónde avanzar, pero en cada decisión parece contener algo sobregirado. Sin ser una calamidad, “La Chica del Tren” ofrece poco para disfrutar y sus dos horas se hacen más interminables que la última trilogía de Peter Jackson, lo que ya es decir demasiado.

Por Gonzalo Valdivia

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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