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La Cenicienta

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Recrear cuentos de hadas en carne y hueso es un nicho que cada vez ha inflado más sus tropas. “Snow White & The Hunstman” (2012), “Maleficent” (2014) y, ahora último, “La Cenicienta” de Kennet Branagh, dan cuenta de un nuevo amanecer en los viejos clásicos, esta vez con rostros reales. Sin embargo, ¿qué tiene para ofrecer una película como “La Cenicienta”, cuya historia puede ser recitada por cualquiera que esté más o menos familiarizado con cuentos infantiles? No muchas sorpresas, sin embargo, esta no es una respuesta mordaz. La apuesta de “La Cenicienta” es una suerte de restauración de la versión de 1950 que, en conjunto a una delicada puesta en escena y un elenco hábilmente escogido, puede reencantar a quienes ya han disfrutado con la versión animada.

CINDERELLA 01Ella (Lily James) es una bella y bondadosa  joven,  que luego de la muerte de su padre, queda a merced y disposición de su cruel madrastra, Lady Tremaine (Cate Blanchett) y sus odiosas hijas, Anastasia y Drisella. Ellas, a fin de ahorrarse trabajo y unos pesos, relegarán a la joven Ella (a quien luego llamarán Cenicienta) a trabajos domésticos y malos tratos, que terminarán por impulsarla a huir, aunque sea momentáneamente de su hogar. Es en ese escape que Cenicienta conocerá  a un apuesto joven llamado Kit (Richard Madden),  quien quedará prendado a ella e intentará utilizar su poder como príncipe para poder encontrarla.

Especialmente fiel al estilo y diseño de la película de 1950, “La Cenicienta” es la muestra que una recreación no implica necesariamente resignificación. A diferencia de otros directores, Kennet Branagh apuesta por la lealtad a la versión de Disney, y si se añaden personajes o momentos que no aparecen en la original, es para llenar vacíos y hacerla creíble, dentro de las proporciones, claro, pues la magia sigue presente en esta versión. Si algún niño o niña se preguntó antes por qué no contrataron más gente para las tareas domésticas o por qué “La Cenicienta” soportó tanto mal trato, puede que ahora encuentre su respuesta.

CINDERELLA 02No obstante, pese a que la fidelidad de la historia es uno de los caballitos de batallas de  Branagh, su amparo también está en los relieves. Si en 1950, Cenicienta manaba buenos sentimientos, en la actual esto se exalta aún más. Lo mismo sucede con su valentía, pues no cualquiera puede enfrentar las vicisitudes de la comunión conyugal entre príncipes y plebeyas, o al menos así lo quiere plantear esta cinta. Tanto la bondad como el arrojo de Cenicienta, hacen empatizar más con ella y no verla sólo como una mujer sumisa salvada por la magia, sino con cualidades propias, aunque dentro del paradigma de princesa Disney. Vale decir que, en esta versión que llega a los cines, antes de partir la película hay un corto del cumpleaños del personaje Elsa de “Frozen: Una Aventura Congelada” (2013), llamado “Frozen Fever”, lo que contribuye a resaltar más este tipo de figura y a la atmósfera de magia.

La frescura de esta versión viene también de la mano de la cuidadosa elección de colores, formas y espacios en el diseño de ambientes y vestuario. Por un lado, en la ambientación se mezcla lo bucólico de la vida de los plebeyos con el lujo de los castillos y fiestas de los reyes. Mientras que por otro, el vestuario ha sido pensado para destacar los atributos de cada personaje: en Cenicienta se mantiene el abultado vestido azul, que aporta ingenuidad y femineidad a la protagonista, y en el caso de la CINDERELLA 03madrastra y las hijas priman los colores estridentes y las formas voluminosas, que permiten resaltar  el rechazo que producen las Tremaine. En cuanto a las actuaciones, el elenco, en general, logra dar con  la idiosincrasia de cada uno de sus personajes. La madrastra y sus hijas son tan desagradables como se les recuerda del cuento, especialmente el personaje de  Blanchett, quien impregna todo su garbo y malicia como villana, y la pareja principal tiene suficiente química como para justificar una búsqueda tan incisiva.

Con cambios esencialmente cosméticos, “La Cenicienta” no es una película que asombre por su historia, pero  tampoco quiere hacerlo. Sus intenciones no van por innovar el cine infantil, sino de nutrir el cuento de hadas que ya conocemos, tanto en el relato como en su diseño y aparataje estético, propósito que efectivamente conquista. Quienes esperen que la narración rompa con el paradigma de Disney no encontrarán satisfacción, sin embargo, puede ser una historia encantadora –pese a portar un mensaje tan conocido- a quienes se encuentran con esta historia por primera vez, o quienes ya habían disfrutado con la primera versión de Disney.

Por Javiera Quiroga

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Cine

David Lynch: The Art Life

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David Lynch: The Art Life

A través de su filmografía, y con el reciente regreso de “Twin Peaks”, David Lynch ha demostrado ser uno de los autores más prolíficos y complejos de las últimas décadas. Desde su primer largometraje, “Eraserhead” (1977), que su imaginario significa entrar a mundo de sensaciones donde representaciones visuales de la psiquis se vuelven tangibles. Debido a lo intrincado que podría ser su forma de narrar, experimentar su obra exige conectar con lo sensorial, pues su trabajo busca crear reacciones y evocar emociones. El director de “Blue Velvet” (1986) y “Mulholland Dr.” (2001) ha sido capaz de construir un estilo reconocible gracias las características que su obra comparte, en un estilo vago e incierto, pero envolvente, donde lo inexplicable convive con personajes que se ven atrapados en mundos complejos.

Dirigido en una colaboración entre Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm, el documental “David Lynch: The Art Life” se centra en el trabajo artístico pictórico del cineasta, mientras se va creando un relato autobiográfico de sus primeros años formativos y su acercamiento al arte, sirviendo como puente entre sus inicios en esta disciplina y sus primeras obras cinematográficas.

Las conversaciones de tres años entre los realizadores y el director estadounidense son condensadas en una hora y treinta minutos, en un relato íntimo en la voz del mismo Lynch. El hecho que sea construido como un monólogo produce una atmósfera más natural y cercana con el director, así también adjudicando un punto de vista donde el espectador sólo observa cómo se mezcla su creación artística y su biografía. La voz en off de Lynch se hace omnipresente en un montaje que mezcla al artista trabajando en sus obras plásticas, en su estudio en Los Angeles –a veces acompañado de su pequeña hija, Lula– intercalando material biográfico como fotografías, videos de archivo y sus pinturas.

La autobiografía que acompaña el viaje visual habla de sus inicios, vida familiar, la relación con sus padres y cómo su influencia inevitablemente ayudó a formar su primera relación con al arte, siendo capturado por esta disciplina cuando decide mudarse a Filadelfia, donde pudo estudiarlo de manera profesional. Y es a través de todas estas experiencias e historias acumuladas que se juntan para inspirar gran parte de su trabajo, y cómo en el proceso de absorber, internalizar y plasmar se ha moldeado un imaginario enigmático y surrealista.

Claramente el foco de este registro documental está puesto en sus creaciones plásticas, concebidas a partir de distintos materiales y mezclando técnicas pictóricas que le dan la libertad de crear pequeños universos, en cuadros que perfectamente podrían ser sacados de alguna de sus películas. Por otra parte, los realizadores utilizan estas obras en el montaje no tan sólo como un apoyo visual, sino también para poder crear pequeños episodios visuales que enfatizan los relatos en off, y utilizando los textos que el mismo Lynch incorpora en sus cuadros, se destaca el estado emocional del relato. Por último, el uso de stop motion le agrega un dinamismo a la narración, haciendo de estas obras pequeñas escenas de la vida del artista, donde algunas de ellas contienen personajes que parecen atrapados en distintas realidades.

Este documental termina siendo un estudio del autor en un estado mucho más primitivo, además de una exploración íntima, donde se logra ver el mundo a través de sus ojos y se puede conocer con frescura una etapa de descubrimiento y creación artística. No es un retrato biográfico de principio a fin, tampoco se centra en una obra en particular, sólo es un acercamiento a procesos creativos desde una mirada de total naturalidad y comodidad por parte del cineasta.

Para entender el universo interior de David Lynch, y posteriormente apreciar con mayor profundidad su trabajo, es importante considerar todos los aspectos y los procesos de creación que lo han llevado a posicionar su nombre y ser poseedor de un estilo particular y reconocible. Así, este documental logra dar a conocer ese otro aspecto del cineasta, un lado que tiene relación con su configuración estética. Se vuelve importante conocer y revisar su filmografía, no necesariamente para poder entender este relato –sólo se cita a sus primeros cortometrajes y las primeras etapas de producción de “Eraserhead”–, aunque sí puede servir como complemento para enriquecer este acercamiento diferente y privado.


Título Original: David Lynch: The Art Life

Director: Jon Nguyen

Duración: 88 minutos

Año: 2016

Reparto: David Lynch, Documental

 


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