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Cine

La Casa Del Miedo

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El cine se debe a su formato. Como medio expresivo y vehículo de transporte de ideas y sensaciones, la máquina de hacer (y exhibir) películas apuesta por integrar de forma simbiótica, la narración y la expresión artística. En este sentido, los grandes monumentos del séptimo arte entregan un texto que, en su complejidad, no pueden existir fuera del cinematógrafo. En la medianía, la mayoría de los creadores se abocan a explorar una u otra faceta, ya sea resaltando el poder de una buena narración o la calidad del formato que se explote. Junto con el montaje, quizás la técnica que mejor representa la singularidad del cine es la total ausencia del mismo: el plano secuencia. Desde los albores de esta arte, cuando simplemente se fijaba la cámara para un “teatro filmado”, a las posibilidades impensadas de planos eternos y movedizos en cámaras digitales, esta técnica ha sido el fetiche de los cineastas, y cuenta entre sus puntos altos a “La Soga” (1948) del maestro Hitchcock y la más actual “El Arca Rusa” (2002). Pero, como todo artificio, requiere de pericia en su ejecución o termina por convertirse en una trampa de arena de la cual es imposible salir. Algo que le sucede a “La Casa Del Miedo”, remake de la cinta uruguaya “La Casa Muda” (2010).

En general, la historia es la misma respecto a su símil uruguayo, salvo pequeños detalles. Sarah (Elizabeth Olsen) acompaña a John (Adam Trese), su padre, a reparar una casa de campo abandonada, propiedad de Peter (Eric Sheffer Stevens), su tío, quien la pondrá en venta. La idea es pasar la noche en ella para comenzar las labores temprano en la mañana. Pero al entrar a la vivienda, Sarah comienza a escuchar extraños ruidos en el segundo piso, y al quedarse encerrada, estos se materializan en presencias que la perseguirán y atacarán sin razón aparente.

Sustentada en el plano secuencia, al igual que la original uruguaya, esta película se centra en el punto de vista de la protagonista, y es a través de ella que presenciamos los giros que dará la trama, hasta revelar el “ni tan” secreto final (si ya se vio la anterior). La sorpresa, y el juego, está en descubrir los elementos nuevos que se integran al relato, y que cambian en parte el enfoque del conflicto. Pero ninguno de estos detalles llega a cambiar el panorama principal, siendo más anécdotas o justificaciones para el nuevo proyecto, como si al cambiar un par de palabras por sinónimos se fuera a modificar el sentido del texto.

Es más fácil enumerar las pocas diferencias que las similitudes que tiene “La Casa Del Miedo” con “La Casa Muda”, porque aquí lo que se presenta es una fotocopia de la original: el mismo guión, la misma puesta en escena, los mismos efectos para provocar miedo, los mismos clichés. Ni siquiera existe una intención de ocultar la imitación del plano secuencia, artificio que ni siquiera es real en el sentido estricto, ya que ante ojos más versados se revelan los cortes necesarios, ya sea por restricción de la cinta filmada o por simple comodidad en el montaje. Pero el punto no es ese. Esta técnica basa su éxito expresivo, más que en el centro de la imagen, en sus alrededores. Lo interesante es mirar de reojo, y ver cómo la profundidad de campo o los elementos del encuadre van complementando un punto central. Acá la cámara está tan concentrada en la protagonista, que termina por aburrir, lo que hace apartar la vista de la pantalla y perder el efecto.

“The Silent House” (su título en inglés), termina por convertirse en un déjà-vu, en la repetición inútil de un experimento que ya fue, y que tampoco entregó resultados tan satisfactorios en su momento. Porque, tal como es un error creer que el formato no influye en el resultado final de una película, también lo es creer que al cerrarse a una técnica y llevar la forma al límite, se logrará crear un producto final digno de ser visto.

Por Juan Pablo Bravo

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El Hoyo

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El Hoyo

Tras un inexplicable recorrido en festivales, llega a Netflix la película española “El Hoyo”, un high-concept de ciencia ficción que busca hacer reflexionar con la metáfora que envuelve su premisa filosófica, y asquear con un estilo gore provocativo. Una mezcla que puede parecer mal planeada, pero que al parecer fue lo suficientemente chocante o interesante como para convertir a la producción en uno de los títulos más populares de la plataforma de streaming.

Toda la película ocurre en “el hoyo”, una prisión con cientos de niveles de pocos metros cuadrados cada uno. En cada piso, dos personas elegidas al azar deben compartir espacio por un mes, después del cual son repartidos aleatoriamente a cualquier otro piso. El giro es que cada nivel tiene en el centro un agujero por el que cada día desciende desde el piso más alto un banquete para alimentar a los presos. La comida es abundante y podría dar abasto para alimentar a todos los integrantes del hoyo, pero, por supuesto, los de arriba no se demoran en terminársela, forzando a los de abajo a luchar por restos, desnutrirse, comerse entre ellos, volverse locos o suicidarse.

Esto lo vemos desde la perspectiva de Goreng (Iván Massagué), un nuevo recluso/potencial mesías que lógicamente cuestiona este sistema. Por suerte, una serie de personajes no se molestan en explicarle todo el funcionamiento. “El Hoyo” tiene muchas reglas y, a pesar de ser molesta y constante, la sobreexposición está generalmente justificada por los requisitos de la película de construir la metáfora. “Los de arriba son los de arriba y los de abajo son los de abajo”, es la sabiduría que le transmite al protagonista Trimagasi (Zorion Eguileor), su primer compañero y desde entonces la no tan sutil comparación con el mundo exterior que la cinta está haciendo se vuelva evidente.

Si bien, el comunismo y la equitativa repartición de los recursos es lo que debería salvar el sistema, las cosas no funcionan así, y la exploración de la película de por qué esto no sucede es lo que hace avanzar la trama a medida que Goreng pasa por diferentes pisos y entendemos al revés y al derecho el funcionamiento del calabozo.

La película tiene ideas sobre lo difícil que es convencer a los privilegiados de que piensen en el resto, de cómo los desfavorecidos terminan obligados a pelear entre ellos y sobre que, finalmente, cada uno vela por sí mismo. Toda postura está representada: desde aquellos personajes que buscan el diálogo, otros que entienden que las cosas se hacen por la fuerza, los que quieren solucionar el problema para todos, aquellos que buscan sobrevivir y los que simplemente se rinden, cuyos cuerpos pisos y pisos de reclusos ven caer hasta llegar al fondo.

Esto es lo más interesante de la película, pero no viene sin reparos. “El Hoyo” ve las cosas demasiado en blanco o negro, forzando a personajes a actuar de maneras exageradas o irreales y a eventos demasiado convenientes a ocurrir para marcar el evidente punto que está probando. Es un experimento social interesante, pero nunca es sutil (al contrario), y la metáfora que tanto se esfuerza en construir no es tan inteligente o novedosa. Es una constatación de lo que muchos sabemos y sentimos, y que otras películas como “Snowpiercer” (2013) o “Parasite” (2019) ya dejaron claro antes y con mayor maestría.

Lo que sí tiene esta película son unas inagotables e inofensivas ganas de entretener, y cuando uno deja de molestarse por los argumentos filosóficos que insiste en presentar como si fueran grandes descubrimientos, puede impactarse con la cantidad de sangre que se sacan sus personajes, ya sea por defensa propia o canibalismo, sorprenderse con las peripecias de un guion hiperkinético que le saca todo el jugo a una locación limitada y regocijarse en la exageración total que supone la mera existencia de una obra como esta. “El Hoyo” no nos dice nada nuevo, y es más entretenimiento que filosofía, pero es inexplicablemente efectiva y fácil de ver, y de paso nos repite un par de cosas que están mal con el sistema que nunca está de más recordarnos.


Título Original: El Hoyo

Director: Galder Gaztelu-Urrutia

Duración: 94 minutos

Año: 2019

Reparto: Ivan Massagué, Zorion Egileor, Antonia San Juan, Emilio Buale, Alexandra Masangkay, Eric Goode, Algis Arlauskas, Miriam Martín, Óscar Oliver


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