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La Bella y La Bestia

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Como la máquina de estrujar fórmulas que conocemos es el conjunto de grandes estudios estadounidenses, no asombra que Disney, uno de los mayores colosos de la industria, trate a sus clásicos como bolsas biodegradables. La regla de las tres erres es lo que parece aplicar en su esencia como empresa, de modo que la conclusión que los guía es categórica: ¿para qué darle desarrollo a ideas inventivas, cuando se puede ahorrar material de ese mundo finito llamado creatividad? Dentro de su lote de producción más familiar y todo espectador, la última novedad que tiene para presentar es “La Bella y La Bestia”, probablemente la más esperada adaptación en acción real de sus clásicos animados y el título que, fruto de su impacto, protagonice una de las mayores cimas financieras de la compañía en el último tiempo.

Manteniéndose fiel a la cinta original de 1991, la película de Bill Condon cuenta la historia de una joven (Emma Watson) de un pueblo francés que vive con su padre (Kevin Kline) y siente que no encaja con los otros habitantes, partiendo por Gastón (Luke Evans), un insistente pretendiente que cuenta con la venia de la comunidad. De modo imprevisto, los deseos por emanciparse y salir de Bella terminan encontrando respuesta cuando, en busca de su padre, queda encerrada en un castillo mágico, donde los objetos parecen tener vida propia y una Bestia (Dan Stevens) es el arisco dueño de casa.

Los embrujos, la magia, el amor y las moralejas son las piezas sobre las que se mueven los clásicos de Disney, y también sobre tales baldosas giran las respectivas actualizaciones con actores de carne y hueso, negadas en jugarse por ofrecer en abundancia nuevas miradas. No existe decidida intención de hacer algo distinto, y salvo especies de spin-off/secuelas como “Maleficent” (2014) –abordada desde un ángulo diferente, pero una pálida cinta–, las cartas ya están echadas. Eso, evidentemente, conlleva alto riesgo porque no certifica alcanzar las mismas raciones de encanto y chispa de la primera vez, pues en muchas ocasiones la única mejora que puede garantizar una nueva versión en acción real es su mayor solidez visual, fruto de contar con millones para destinar a ese apartado y algunos de los mejores técnicos de la industria.

Cargada de mucho canto y baile, e impulsada con personajes bajo motivaciones demarcadas fugazmente, esta segunda “La Bella y La Bestia” se afirma y hace lo suyo con soltura, dándole quizá como mayor variación una dosis de autoconsciencia y humor a una historia definida sobre ejes más trágicos de los aparentes. Por ahí el asunto tiende a funcionar; pierde fuerza eventualmente en las idas y vueltas del castillo al pueblo y en los continuos cambios de parecer de sus personajes, situaciones generadas sobre todo en el primer tercio. En tanto, con saldo victorioso pasa el grupo de actores que prestan sus voces (desde Ian McKellen a Emma Thompson) y, en general, las secuencias musicales, que lucen menos como paradas obligadas y más como adiciones amenas y significativas. El mayor fulgor lo caza la canción “Be Our Guest”, que lidera Lumière (Ewan McGregor) con ímpetu y acompañado de una inspiración visual que la película ojalá tuviera en más episodios del relato, más bien conducido con freno de mano. Esto, fruto de una moral Disney manejada con regular empuje: se gana el precio de la entrada de entretención de matiné, pero sin sobrarle nada.

En este viaje alguna sorpresa puede brotar, aunque claramente aquello no está en la relación de Bella con la Bestia, ni tampoco en alguna escena de énfasis dramático o emotivo. Entran a desarmar algo el molde Gastón, bajo una interpretación de gran humor por parte de Luke Evans, y su admirador y compañero LeFou, el primer personaje gay de Disney, encarnado con convicción y gracia por Josh Gad. Además de ser una introducción histórica, la narración adquiere interés por la dinámica que se construye entre ambos, donde uno es explosivo y el otro se preocupa de contenerlo y adularlo, dando como resultado una tensión que le otorga un color distinto a la primera parte y luego, en un espacio harto más reducido, zarandea un poco el relato de cierta comodidad propia del tránsito de enemistad a enamoramiento de los protagonistas.

Lo anterior es parte de lo más divertido de una cinta donde todo está en su lugar y no manifiesta grandes fallas, pero difícilmente exalte ánimos, menos si se tiene fresca la original, todo un clásico que no hay que olvidar que fue la primera apuesta animada en ser candidata a Mejor Película en los Oscar. Un logro al que el filme de Bill Condon (hoy capacitado sólo para hacer producciones dignas) no asomará ni la nariz. En él, Emma Watson –que habría sido clave en que el personaje adoptara una actitud más propia de estos tiempos, con intereses reales y sin la obligación de utilizar corsé– hace un trabajo correcto, mas no resplandece. No tiene grandes líneas y su personaje vive una evolución un tanto brusca, mientras que su inquietud inicial se condensa en apenas un par de minutos. Un trazo grueso al que queda sometida y le cuesta torcerle la mano.

Irreprochablemente, a Disney le ha salido bien apegarse a un molde al momento de llevar de nuevo a la pantalla sus animaciones –algo más de gracia tuvo tal vez “The Jungle Book” (2016) de Jon Favreau– y no va a cambiar su dirección a menos que se produzca algún batacazo extrafílmico. Eso no va a ocurrir, así que mejor hacerse la idea de que afloren un par de novedades por cinta y el resto sea una revisión ligeramente más fatigada de lo mismo. No es decepcionante, pero difícilmente dé pie para que se acerquen a deslumbrar como lo hacían con las grandes películas de antaño.

Por Gonzalo Valdivia

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Milagro en la Celda 7

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Milagro en la Celda 7

Los lazos familiares y los obstáculos que estos deben sortear para mantenerse firmes, es un tema recurrente en producciones que tienen como principal objetivo conectar emocionalmente con la audiencia, generando un vínculo que apele a las sensibilidades del espectador. Sin embargo, aquel objetivo no es fácil de alcanzar si no se cuenta con personajes que logren representar con honestidad las complejidades de las relaciones familiares.

“Milagro en la Celda 7” es el remake turco de “7-Beon-Bang-Ui Seon-Mul”, una cinta surcoreana estrenada con gran éxito en el año 2013. La historia se centra en la vida de Memo (Aras Bulut Iynemli), un hombre con discapacidad intelectual, y su hija Ova (Nisa Sofiya Aksongur), quienes ven cómo su apacible vida cambia cuando él es acusado de asesinar a una niña y, teniendo todo en contra, deberá demostrar su inocencia.

La primera y principal característica que resalta en “Milagro en la Celda 7” es la entrañable relación entre padre e hija, siendo cada una de sus interacciones el corazón de una historia que no pretende ser más de lo que está relatando en pantalla. En ambos se puede ver el compromiso que existe hacia el bienestar del otro y lo que están dispuestos a sacrificar (dentro de sus posibilidades) para poder estar juntos. El fuerte vínculo que los une es el motor que los mantiene firmes una vez que deben estar separados, y es así cómo el relato hace lo posible para poder resaltar aquellos momentos.

Para alcanzar tal objetivo y que resulte con naturalidad, la actuación de ambos actores interpretando a sus protagonistas logra la complicidad necesaria para hacer de su relación un vinculo creíble y capaz de enternecer la mirada de la audiencia. La dinámica de ambos juega a favor cuando quieren mostrar con total espontaneidad la relación que se ha construido, pero, además, en el momento en el que se ven distanciados, cada uno logra destacar en el entorno en el que se ven expuestos. De esta forma, logran crear personajes verosímiles y capaces de trascender a la historia en la que se ven insertos.

Por otra parte, la cinta es lo suficientemente honesta consigo misma al momento de plantear sus objetivos y lo que quiere generar en el espectador. Por lo tanto, utilizará todos los recursos necesarios para encausar y mantener el relato en el drama y, aunque a veces existen momentos de respiro para sus protagonistas, estos vuelven rápidamente a sumergirse en obstáculos que pretenden impedir esos momentos de calma. En ese sentido, su construcción narrativa está apuntando constantemente en enfatizar las dificultades que les ha tocado atravesar, donde la compasión y la empatía se vuelven esenciales para acompañarlos.

Utilizando recursos que a ratos podrían parecer insistentes, su relato se arma con el propósito de conmover a quien está viendo una cinta que no niega de su melodrama. Y aunque las técnicas utilizadas empujan con fuerza hacia las lágrimas, la sinceridad con la que se sostiene pide que esos elementos sean aceptados como las piezas que le dan el corazón a su narración.

Considerando que dicho melodrama permea cada rincón de la película, esta característica se acentúa no tan sólo con su guion, sino que también a través del montaje y la música, características que podrían poner en riesgo la complicidad con la que se ha trabajado la relación entre el relato y el espectador. Sin embargo, dichos elementos están incluidos para empujar la aflicción y lograr su principal finalidad: conmover a su público.

Con todo a su favor para lograr su propósito, “Milagro en la Celda 7” no es más que lo que promete ser: un drama familiar con los elementos necesarios para encontrar conflicto en cada paso que dan sus protagonistas. De esta forma, logra transformarse en una cinta honesta y directa cuando empieza a encausar su estructura y, a pesar de casi transitar en la desdicha, es capaz de entregar momentos de calidez apoyándose en la sencillez e ingenuidad de sus protagonistas.


Título Original: Yedinci Kogustaki Mucize

Director: Mehmet Ada Öztekin

Duración: 132 minutos

Año: 2019

Reparto: Aras Bulut Iynemli, Nisa Sofiya Aksongur, Deniz Baysal, Celile Toyon Uysal, Ilker Aksum, Mesut Akusta, Yurdaer Okur, Sarp Akkaya, Yildiray Sahinler, Deniz Celiloglu


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