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Kingsman: El Círculo Dorado

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Cuando “Kingsman: The Secret Service” fue estrenada en 2014, logró acaparar la atención tanto de la audiencia como de la crítica debido a su fresco acercamiento al cine de espionaje, exacerbando sus principales características, pero de cierta forma renovando el género. La sorpresa que esta adaptación del comic del mismo nombre levantó, ha generado que su segunda parte llegué con altas expectativas para comprobar si es capaz de expandir su universo narrativo y repetir la fórmula sin agotarse.

Después que las oficinas centrales de la agencia de inteligencia Kingsman han sido destruidas, Eggsy (Taron Egerton) deberá partir a Estados Unidos para contactar a los agentes de la Statesman, el símil de su agencia secreta. Junto a ellos, deberá luchar para salvar al mundo de las manos de una poderosa mujer de negocios (Julianne Moore) que amenaza acabar con la población mundial si no consigue sus objetivos.

Luego del éxito alcanzado con la primera entrega de Kingsman, las expectativas puestas en esta secuela son bastante altas, cuando ya se ha establecido un mundo narrativo sorprendente y lo suficientemente sólido como para desprenderse del material original y expandir su universo. En ese sentido, una de las formas para lograr este objetivo es profundizar en su protagonista, quien resulta ser uno de los elementos más fuertes de la cinta y quien logra sostener gran parte de la misma.

Si bien, las secuelas buscan refrescar y sumar ingredientes que ayuden a extender un mundo narrativo, también existe la necesidad de transitar un lugar que parezca familiar. En base a aquello, en esta segunda parte se establece un tono que permite reconocer los aspectos positivos de su antecesora, destacando el uso y espacio que se le da a la comedia. De esta forma, la cinta adquiere un ritmo mucho más liviano, que avanza con mayor agilidad cuando su argumento pierde el rumbo y se intenta encauzar a la fuerza. Por otro lado, la dinámica entre el protagonista y el resto de los personajes secundarios expone el crecimiento que estos han tenido y cómo ellos ayudan a generar una atmósfera de fraternidad, posicionándose como uno de los motores del relato.

En “Kingsman: El Círculo Dorado” existe una evidente autoconsciencia de ser concebida como una segunda parte y, aunque a ratos descansa en ello porque ya no es necesario introducir a su protagonista y sus motivaciones, intenta desesperadamente alejarse de su antecesora hasta agotar todos los recursos posibles en este proceso. Por una parte, el cambio de escenario desde Londres a Kentucky no es casualidad, aprovechando esta oportunidad para presentar a la contraparte estadounidense de la agencia secreta británica, a través de un cambio geográfico donde se introducen personajes que logran tener intervenciones que funcionan adecuadamente en la trama, pero que no son aprovechados como tal, perdiendo la oportunidad de explorar en sus motivaciones.

Ahora, sabiendo que la ya franquicia Kingsman está inserta en el género de espías, se espera que las misiones, rescates y peleas abunden en la pantalla, creando así los momentos más interesantes de todo el metraje. Los problemas empiezan a aparecer cuando la ostentosidad visual ahoga cualquier intento por establecer hilos narrativos que sigan cierta lógica, esto debido a la decisión de incluir la mayor cantidad de subtramas posibles, las que carecen de sentido al no conseguir que ninguna cierre bien, tratando de abarcar mucho más de lo que puede y rellenando con secuencias innecesarias, resultando en una extensión innecesaria en la duración total del metraje, extendiendo hasta agotar sus posibilidades narrativas.

Las secuencias de acción son el motor principal de una película que sabe bien el género que trabaja y el medio que tiene para desarrollarlo, por lo tanto, están llenas de un hipnotismo que mantiene la tensión y el deleite visual del espectador en un alto nivel. Sin embargo, el trabajo realizado con el CGI provoca una desconexión inmediata en las escenas donde el peligro deja de ser real y los personajes se ven insertos en un escenario poco creíble, y que claramente no se adhiere con el resto de la construcción fotográfica de la película.

“Kingsman: El Círculo Dorado” cumple con los objetivos necesarios para extender el universo narrativo de su franquicia, destacando su ritmo ligero y un tono de comedia suficiente para convencer a un público expectante. Sin embargo, es su ambición desmedida al querer contar una historia mucho más grande de lo que puede desarrollar, lo que le juega en contra cuando ya no es posible encausar una narración que tenga un sentido lo suficientemente claro como para salir sin rasguños y que visiblemente sale dañada en este proceso.

Por Ángelo Illanes

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Shiva Baby

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Shiva Baby

Esta es una situación demasiado habitual: tener que asistir a un evento al que no se quiere ir, soportar a parientes y amistades de la familia que se toman las atribuciones para comentar sobre nuestra vida y apariencia, e intentar mantener la calma cuando se escuchan los comentarios que enmascaran la desaprobación de aquella gente opinante. Querer presentarse de una manera apropiada para enorgullecer a tus padres frente a los asistentes, mientras que el aire es robado por cada interacción. “Shiva Baby”, el debut en largos de Emma Seligman, toma lugar en este asfixiante escenario.

Basada en un corto de 2018 de la misma directora, la película se centra en la historia de Danielle (Rachel Sennott), una joven bisexual a punto de graduarse de la universidad sin un plan en mente, quien se dedica a tener sexo con hombres mayores a cambio de dinero. Junto a sus padres, ella debe asistir a un shiva, un velatorio judío que se realiza posterior al funeral de una persona. Dentro de los asistentes se encuentran sus entrometidas tías, su exitosa ex novia Maya, y Max, su sugar daddy.

En “Shiva Baby” Danielle funciona como la catalizadora del caos que sucede en la jornada y Rachel Sennott es totalmente destructiva en su rol protagónico. Su rostro insidioso se enciende mientras procesa su enojo y envidia, que la llevan a tomar pésimas decisiones. Ella mira calculadoramente mientras piensa cómo puede ejercer dominación en estas dinámicas de poder y, de igual forma, su mirada revela cuando nerviosamente se retira ante su derrota. La actuación de Sennott es comparable a presenciar un auto que acelera a toda velocidad mientras se dirige a un muro; es completamente avasalladora, pero imposible de ignorar.

El resto del elenco funciona como una perfecta contraparte en esta desenfrenada jornada que escala a cada minuto, destacando especialmente sus padres. Debbie (Polly Draper) conoce perfectamente los impulsos de su hija, la apoya y reprende en la misma medida, dando como resultado una divertida y refrescante dinámica entre las dos. Por otro lado, Joel (Fred Melamed) juega un poco con el estereotipo de padre despistado e incompetente, pero su presencia tiene un aire inocente y reconfortante, dando paso a cómicas situaciones.

El evento que los reúne es filmado maravillosamente por la directora Emma Seligman, quien crea una atosigante atmósfera, logrando transmitir la abrumante mirada crítica de los asistentes y la ansiedad que provocan en la protagonista. La película crea una enfermiza tensión con claustrofóbicos planos, una musicalización cercana al género de terror y un montaje preciso. Seligman saca el máximo provecho de una sola locación, en esta aplastante casa atestada de personas que cada vez se siente más abultada.

A medida que “Shiva Baby” avanza y las situaciones se tornan más absurdas, la calidad de la comedia sube con escenas perfectamente orquestadas para desembocar en una estresante resolución. El guión, con un perturbador sentido del humor, construye magistralmente estos pilares que se caen uno tras otro. Todo esto se desenvuelve bajo el lente de una interesante propuesta sobre cómo una joven se relaciona con su propia sexualidad y cómo encaja dentro de las expectativas que no logra cumplir, mientras se relaciona con las mujeres que aparentemente sí lo hacen.

Este largometraje es un angustioso espectáculo, que llega a ser muy difícil de mirar, pero no falla en entretener. Instala poderosamente a dos nuevos talentos con la llegada de una chispeante actriz principal y una inteligente directora con un negro sentido del humor. “Shiva Baby” es un electrizante viaje que, en unos compactos 77 minutos, logra construir un rico y asfixiante mundo, dejando al espectador con ganas de más.


Título Original: Shiva Baby

Director: Emma Seligman

Duración: 77 minutos

Año: 2020

Reparto: Rachel Sennott, Danny Deferrari, Fred Melamed, Polly Draper, Molly Gordon, Glynis Bell

 


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