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Jesús

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La industria cinematográfica chilena, a claras luces, se encuentra en un momento único de apogeo y experimentación. Atrás quedaron las producciones nefastas de Sebastián Badilla como gran representante nacional con películas fáciles de vender, pero carentes de contenido y de propuesta artística propia. Nos encontramos, entonces, con una nueva ola de producciones que buscan su espacio en la cartelera y en la memoria del espectador desde nuevos lugares, nuevas historias y nuevos planteamientos de cómo hacer cine. “Jesús” viene a ser uno de estos nuevos experimentos cinematográficos en búsqueda de una estética propia por parte de Fernando Guzzoni, propuesta que logra encontrarse a momentos, pero que –como todo experimento– muchas veces cae en una mirada demasiado ingenua y cargada de estereotipos que echan a perder lo que era una buena premisa.

La historia de “Jesús” es una ficción histórica en torno al renombrado Caso Zamudio, contada desde el punto de vista de uno de los agresores del joven. Sin madre, con un padre ausente y consumido por las drogas y el sexo casual, Jesús (Nicolás Durán) se ve envuelto en una serie de malas decisiones que lo llevarán a reencontrarse con su padre, a medida que la historia comienza a condenarle y la justicia intenta cernirse sobre él.

Al tratarse de una ficción histórica, el guion es parcialmente conocido por cualquiera que recuerde el caso Zamudio. Sin embargo, lo que impresiona de la película no es el haber abierto la historia desde una perspectiva nueva que le entregue profundidad a los personajes desde la ficción, ni que muestre un trozo de la vida del agresor que pueda ser considerado interesante, sino su estética y su planteamiento visual que, de manera muy sólida, se plantea como uno de los pocos puntos rescatables de la película.

El largometraje, planteado como un relato de la marginalidad santiaguina, no escatima en gastos a la hora de plasmar en escena la crudeza de la vida en la que se insertan sus personajes. Los colores, las texturas, e incluso los ritmos visuales llenan este mundo de “los apartados” con lugares que hacen eco al tiempo de las tribus urbanas santiaguinas; un retrato de aquellos laberintos juveniles repletos de luces brillantes y parques desolados donde todo puede pasar. Dicho retrato nos lleva necesariamente a mencionar el retrato estético de la marginalidad de esta película como una heredera de lo que “Trainspotting” (1996) hizo en su momento con los jóvenes de Edimburgo. Sin embargo, a diferencia de su contraparte británica, “Jesús” no logra ser interesante y mucho menos plantear un viaje digno de ver cuanto a su argumento.

Más allá de lo predecible que puede ser contar una historia cuyos puntos clave ya son conocidos de antemano, el filme es incapaz de dejar de lado ciertos estereotipos respecto a la juventud, asfixiando su propuesta. La visión del director respecto a la marginalidad se vuelve prontamente en un discurso ingenuo, clasista y poco sólido, cayendo en los mismos lugares comunes de cualquier noticiario. La exacerbación de la precariedad y las escenas de sexo o violencia parecen haber sido puestas para evitar que el espectador abandone la película más que como parte integral o necesaria de la historia; es decir, el filme juega a mostrar contenido “adulto” de la nada, en un afán de ser novedoso y trasgresor, cuando en realidad no logra más que ser una pobre excusa para poner cuerpos desnudos y golpizas en pantalla.

De igual manera, la forma que tiene de desarrollarse, mediante escenas aisladas que se suceden una tras otra como forma de traducir el paso del tiempo en la vida del personaje principal, es inteligente pero pobremente desarrollada. Los giros dramáticos y las decisiones de su guion prontamente parecen un capricho, y con ello todo el desarrollo de la historia parece sobrepuesto y poco trabajado. De esto se desprende una serie de decisiones técnicas que no alcanzan a dar razón de su existencia: la forma en que los personajes aparecen durante más de la mitad de la película sin tener ninguna relevancia para la historia, la manera en que todo parece inconcluso por casualidad sin hacerse cargo de provocar algo al espectador, más allá del aburrimiento y el tedio de ver cómo se suceden las escenas hacia un final conocido de antemano. Así, transforma lo que pudo haber sido un viaje interesante a través de la vida del agresor en una colección de estereotipos y miradas clasistas, dignas de alguien que sólo ha vivido esa realidad como parte de los reportajes de televisión, sin reflexión, sin argumento y –lo más grave de todo– sin una mirada crítica o propositiva, repitiendo los mismos argumentos de siempre en contra de las realidades marginalizadas como malignas y semilleros de delincuentes.

Es, entonces, cierto que el cine nacional se encuentra en un momento que encierra un nuevo potencial como industria; una oportunidad de hacer cosas nuevas y experimentar con nuevos lenguajes para contar historias y vivencias de una manera más nuestra. Y es en ese período donde “Jesús” aparece como un guiño al cine arte y a la ficción histórica con un caso que sigue levantando opiniones desde distintos sectores; guiño que no logra convencer, mal ejecutado y que pareciese no tener nada que decir, salvo utilizar material polémico para levantar a los espectadores desde sus casas al cine utilizando el revuelo de Zamudio y la promesa de escenas “para adultos”, en vez de utilizar una propuesta innovadora que valga la pena ver.


Título Original: Jesús

Director: Fernando Guzzoni

Duración: 90 minutos

Año: 2016

Reparto: Nicolás Durán, Alejandro Goic, Sebastián Ayala, Esteban González, Gastón Salgado, Constanza Moreno

 


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Top Gun: Maverick

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Top Gun: Maverick

La última de una larga seguidilla de reboots, secuelas y remakes de películas clásicas de la década del 80, “Top Gun: Maverick” de primeras cumple con su cometido. Es una perfecta secuela de “Top Gun” (1986), que, si bien cae en muchos de los mismos vicios, también la actualiza para las nuevas audiencias sin perder el núcleo que hace recordar a la original.

La historia empieza cuando Maverick (Tom Cruise) es enviado, a petición del almirante Iceman (Val Kilmer), su antiguo compañero, a volver a la academia Top Gun a entrenar a un equipo de egresados para una peligrosa misión. Sin embargo, en el grupo de pilotos se encuentra Rooster (Miles Teller), hijo de Goose, viejo amigo de Maverick que falleció mientras ambos estudiaban en la misma academia. Maverick tendrá entonces que enfrentarse a su pasado para poder entrenar al hijo de su amigo y poder cumplir la peligrosa misión que les ha sido encomendada.

Desde el primer momento “Top Gun: Maverick” deja sumamente claro que, más que contar una historia terriblemente original, lo que busca es de alguna forma transportar al espectador al mundo de la primera película. Esto la lleva a caer en varios de los mismos vicios. De hecho, casi se siente como si fuera la misma película, pero todo un poco más exagerado. Los personajes son inverosímiles, la forma de Maverick de relacionarse con el mundo se siente superficial y maqueteada, todo está diseñado para que cada momento nos recuerde lo talentoso e intrépido que es el personaje. Incluso los momentos más interesantes desde un punto de vista narrativo y que son el núcleo emocional de la película, es decir, la relación entre Maverick y Rooster, se ven sofocados en un mar de nimiedades estilísticas.

La peor de estas nimiedades es la trama romántica entre Maverick y Penny (Jennifer Connelly), con un romance bastante parecido al de la primera cinta, e igual de innecesario, ya que Penny lamentablemente no tiene una personalidad ni un objetivo, más allá de ser el interés romántico del protagonista. Lo anterior se siente casi como si hubieran metido al personaje sólo para mantener la misma estructura que la primera película, y porque Penny es una referencia a una línea de la misma.

Sin embargo, y a pesar de todos sus problemas narrativos, los momentos en que la “Top Gun: Maverick” brilla, realmente lo consigue. Las secuencias de vuelo, al igual que la de 1986, son dinámicas, entretenidas y tensas, pese a la falta de peso emocional que puedan tener, ya que durante las escenas de entrenamiento no se siente que los personajes tengan realmente mucho que perder. Son espectáculo puro y, al poner la cámara al interior de las cabinas de los F-18 que pilotean los personajes, se genera una experiencia sumamente inmersiva, emocionante y frenética. Esto se da particularmente en el último tercio, cuando a todo esto se suma el peso del combate real, generando una tensión que mantiene al borde del asiento a punta de velocidad y vértigo, a pesar de que los personajes no sean particularmente queribles.

Visualmente la película se cae un poco. Sufre del look genérico que tantas cintas de acción actuales tienen, donde no hay una dirección y estilo reconocible, fuera de que todo sea fácil de leer visualmente para que la acción en pantalla se entienda. Hay muchos guiños visuales a la primera película, pero esto sólo genera que, en el contraste con su antecesora, “Top Gun: Maverick” se sienta mucho más plana y genérica. Y aquello tiene sentido, puesto que esta no es una película de visión autoral, sino que un producto de nostalgia.

Y a eso se reduce de alguna forma “Top Gun: Maverick”, demostrando que es posible tomar una película muy propia de su época para actualizarla de forma exitosa. Sin embargo, no se siente como una sucia estrategia de marketing para ganar dinero, sino que como algo originado de un verdadero cariño y una real pasión por el cine de acción, por el estilo de películas que se hacía en esa época y que ha ido desapareciendo con el tiempo. Si bien no es una gran película, “Top Gun: Maverick” cumple con creces su objetivo de mantener vivo el espíritu de esa era, para bien o para mal.


Título Original: Top Gun: Maverick

Director: Joseph Kosinski

Duración: 131 minutos

Año: 2022

Reparto: Tom Cruise, Miles Teller, Jennifer Connelly, Jon Hamm, Glen Powell, Ed Harris, Val Kilmer, Lewis Pullman, Charles Parnell, Bashir Salahuddin, Monica Barbaro, Jay Ellis, Danny Ramirez


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