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Inside Llewyn Davis: Balada de un Hombre Común

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Desde esos frescos inicios con “Blood Simple” (1984), atravesando ese clásico imperecedero que es “Fargo” (1996) y la cinta que les daría la estatuilla dorada a Mejor Película, “No Country For Old Men” (2007), hasta llegar a su primer western, “True Grit” (2010), Ethan y Joel Coen se han hecho un nombre con un cine de insondable personalidad e impacto. De que han evolucionado, eso es irrefutable, pero lo fundamental es que, además de no estar amarrados a ningún estudio y darse el lujo de hacer lo que sus inquietudes dictan, se han resistido en no claudicar sus convicciones. Lo que se suele decir de cineastas con mundo; no artesanos, sino que autores íntegros. Directores grabados con letras de oro en la historia del cine.

INSIDE LLEWYN DAVIS 01Los personajes que transitan por sus obras son seres limitados, perturbados, hilarantes, que casi siempre calzan perfecto con la etiqueta de “perdedores”, pero no siempre son queribles ni se puede conectar con ellos desde la vereda de la emoción. Sus películas pueden contar hechos de distintos escalones dramáticos, pero no es usual que den con un tono melancólico o sentido, siendo “Miller’s Crossing” (1990) y “The Man Who Wasn’t There” (2001) sus cintas que han estado más próximas a esa tecla. Su última joya, “Inside Lewyn Davis: Balada de un Hombre Común”, conjuga ambos singulares rasgos para desfilar directamente a lo más distinguido que ha salido de la cinematografía estadounidense reciente.

La época son los albores de la década del ‘60. El lugar, el Greenwich Village. El protagonista, Llewyn Davis (Oscar Isaac), un músico folk que ha tenido la suerte de grabar discos, pero cuyas ventas no le han permitido labrar una carrera de éxito. A causa de ello, se debe conformar con tocar en grises bares a cambio de unos pocos pesos y tener que dormir en sofás de cercanos. Por si fuera poco, ha muerto quien fuera su mejor amigo y compañero artístico, y ha dejado embarazada a la novia (Carey Mulligan) de un músico amigo (Justin Timberlake).

INSIDE LLEWYN DAVIS 02La película, como queda despejado desde un comienzo, es un retrato de una vida colmada en desgracias. El protagonista es un hombre magullado y de trayecto indefinido, pero, por sobre todo, un tipo al que las circunstancias le han impedido tener resuelto cualquier aspecto de su vida, por muy básico que sea. No tiene nada de casualidad que el mayor lazo que sostiene a lo largo del relato sea con un animal. Si bien el personaje tiene de por sí una construcción contundente, el guatemalteco Oscar Isaac contribuye con bastante, concediendo una actuación que bordea la excelencia. La suma de ambas partes da como resultado que sea imposible no empatizar con esa mirada perdida, con esa presencia espectral, con ese talento frustrado. A este Llewyn Davis se le quiere como quizá a ningún otro personaje del universo coeniano, lo que posee directo vínculo con la naturaleza del filme.

Los Coen ponen todos sus recursos conocidos a disposición de una historia que exuda aflicción y sensibilidad, de la mano de una encomiable sencillez. El recorrido es acompañado, por supuesto, por ese humor tan negro que han patentado desde sus comienzos, el que esta vez aparece dosificado y tiene su principal domicilio en el personaje de John Goodman. Los secundarios con inclinación a la peculiaridad pululan en la trama, pero como ninguno sobresale tanto más que el resto y no alcanzan el INSIDE LLEWYN DAVIS 03nivel de delirio de los más desternillantes de estos hermanos cineastas, la inflexión de la cinta no se ve amenazada, sino que matizada y engrandecida.

El tono con el que da la película, y también su tamaño, bebe esencialmente de los pasajes en que son interpretadas canciones folk por los mismos actores. Tanto la producción musical de T Bone Burnett como la dirección provocan que estos momentos sean de una gran riqueza cinematográfica y queden grabados en la retina. A la postre, son estos instantes los que dotan de más dignidad y hasta afecto el retrato de este músico. Pues aunque su vida no abunde en luces, aunque cada día sea una batalla, sobre el escenario es él a plenitud, y nadie lo puede despojar de tal placer.

Días atrás la cinta ocupó una plaza menor en los Premios de la Academia, pero lo cierto es que lo que Ethan y Joel Coen han hecho en esta ocasión, amerita toda la atención del mundo. Luego de treinta años desde su debut y 15 largometrajes como directores, dan vida a una obra tan única como conectada con su filmografía. Lo más admirable es que aquí han desplegado una faceta casi inexplorada por ellos: ponerse a la altura de sus personajes para abordar el relato y así dotarlo de emoción. Aunque el envoltorio parezca simple, sumarse al viaje por la vida de este músico es una experiencia tan impredecible como cálida y confortable. Realmente una gran película.

Por Gonzalo Valdivia

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Artículos Cine

Star Wars y el auge de los efectos visuales

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Star Wars

Desde prácticamente siempre, ha existido un odio irracional hacia las precuelas de Star Wars, aquella trilogía de películas que estrenada entre 1999 y 2005 que prometía conectar todos los hilos en torno a la historia que George Lucas iniciara en 1977. Amparado bajo una segunda explosión de popularidad de la saga, el director comenzó a principios de la década del 90 lo que sería la concepción de una idea que ya tenía cuando trabajaba “El Imperio Contraataca”, y que, según sus propias declaraciones en múltiples ocasiones, no le era posible filmar debido a las limitancias tecnológicas propias de la época. Así, el desarrollo del CGI hizo que Lucas pudiera adentrarse en la realización de una nueva trilogía, donde, más allá de su cuestionado argumento e innecesaria creación de fallas argumentales para la saga original, terminó por transformarse en una revolución gracias al elemento que fue más destacado por la crítica: los efectos especiales.

Fue en 1997 cuando comenzó el rodaje de “La Amenaza Fantasma” (1999) y, aunque se mantuvieron algunos elementos como la marioneta de Yoda y una utilización de escenarios reales con un cuidado diseño de producción, la transición se fue desarrollando de manera natural a lo que terminaría siendo “El Ataque de los Clones” (2002) y “La Venganza de los Sith” (2005), donde el uso de fondo verde fue más prominente que en ocasiones anteriores. Como dato curioso, y para reforzar la idea de que la animación digital fue el elemento principal de estas cintas, es sabido que no se construyó ni una sola armadura de trooper durante las tres películas, con dichos modelos siendo todos creados por computadora. A pesar de que el uso de CGI ya se había presenciado en otras películas previas –probablemente “Jurassic Park” (1993) siendo el caso más reconocido–, su utilización dentro de la producción de Star Wars significó todo un precedente, gracias a un innovador software donde se crearían los efectos visuales, al punto de que en la primera cinta existe una sola secuencia que no contiene efectos digitales.

A veinte años de su estreno, los efectos visuales en el cine son cosa de cada día, con prácticamente la totalidad de las cintas más taquilleras utilizándolo en su mayoría, lo que en un espectro más crítico ha terminado por omitir en el espectador el deseo de intentar diferenciar qué es real y qué no al momento de mirar una película. Asimismo, los directores actualmente pueden gozar de la misma libertad que Lucas describió a la hora de realizar las precuelas, pudiendo crear un guion a su antojo sin preocuparse de restricciones en torno a la producción, el desarrollo de personajes y, sobre todo, la creación de mundos y criaturas tan fantásticas como se ha caracterizado la saga desde sus orígenes. Todo lo anterior permitió también una reducción en los tiempos de rodaje, comenzándose a producir blockbusters en masa gracias a la implementación de la fotografía digital, y el uso de cámaras digitales que permiten grabar sin la necesidad de revelar el celuloide, pudiendo así montar y modificar escenas de una manera mucho más rápida.

Ya con la trilogía original Lucas había innovado en una serie de técnicas cinematográficas que eran prácticamente desconocidas para la época, pero todo ese trabajo fue opacado en cierta forma gracias al abrumador éxito que la saga tuvo más allá de la pantalla, transformándose en un icono de la cultura pop gracias a la explosiva venta de juguetes y una creciente popularidad que nunca decayó en el período de 1977 a 1983. Y es así como las tecnologías fueron evolucionando en pos de una saga que desde sus orígenes buscó una forma de deslumbrar y crear experiencias nunca vistas, algo que sin duda se logró con todos los contratiempos que pueda significar. Pasar de un aproximado de 365 tomas con efectos visuales en la primera cinta de 1977 a las más de 2200 que tiene la última de la era Lucas en 2005, habla de una necesidad de incorporar la tecnología con el fin de contar historias, derribando límites y permitiendo que la creatividad e imaginación de los realizadores pueda verse reflejada en la gran pantalla.

Hoy en día, con una nueva trilogía que llegará a su fin este 19 de diciembre, se puede ver como las técnicas de las otras seis entregas se van complementando para darle un romanticismo a la producción, omitiendo de plano un uso totalmente digital para seguir incluyendo animatronics, marionetas, maquillaje y otras técnicas de producción. Sin embargo, es imposible no reconocer el trabajo e influencia de George Lucas en el desarrollo del cine de fantasía como lo conocemos hoy en día y, más allá de cualquier falencia narrativa que haya cometido en sus cuestionadas precuelas, el cine y la tecnología comenzaron una relación que ha beneficiado tanto lucrativa como creativamente a la industria.

  • Star Wars: El Ascenso de Skywalker” se estrena el próximo 19 de diciembre. Preventa AQUÍ.

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