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Hotel Transylvania 2

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Un grupo de seres que en otros tiempos sólo eran corazón y alma del terror y sus diversas variantes, tuvo en 2012 una temporada de particular triunfo, en la que hicieron reír y emocionar a la familia, y conquistaron a los premios. “Frankenweenie”, “ParaNorman” y “Hotel Transylvania” capturaron con lo feo y lo horroroso –con los miedos y traumas- desde la animación, transitando por tonalidades que van desde la búsqueda de la emoción al sentido de la autoparodia, y encontrando su canal más light en la última de las tres: una historia que, exponiendo amables versiones de Drácula, Frankenstein, hombres lobos y otros, montó una aventura familiar de buen disfrute, pero de fácil olvido, lo que se vio compensado en que sólo fue tomada en cuenta en los Globos de Oro, mientras que la cinta de Tim Burton y el largo de Laika fueron incluidos en los Oscar. Evidente es que para el estudio nada de ese tipo cobra demasiada relevancia cuando el triunfo en boleterías es incontestable, por lo que, tres años después, la menos consistente de ese grupo tiene en salas una segunda parte.

HOTEL TRANSYLVANIA 2 01Aunque existen varios años entre la historia de una y otra, la premisa de este segundo episodio se ciñe al camino más convencional y esperable que podría escoger una secuela de una cinta de por sí con escaso manejo de riesgo. Si antes el conde Drácula tenía aprensiones con que su hija Mavis conociera el mundo más allá de las paredes de su castillo, ahora el giro no es otro que él como un abuelo jugado en creer que su nieto es también un vampiro. Estos son días en que el hotel recibe con completa normalidad a humanos, y Mavis y Johnny ya se han convertido en padres de un niño, Dennis. Fiel a su torpeza, Drácula someterá al pequeño a una “Monstruo-formación”, tras quedar a su cuidado durante unos días, tarea en que le ayudará su pandilla, integrada por Frankenstein, el hombre lobo Wayne, Griffin, el hombre invisible, y la momia Murray.

Podrá parecer broma, pero no lo es: probablemente, el cambio más radical en el tránsito de una película a la otra radique en que la voz original de la obesa momia ya no la pone CeeLo Green, sino que Keegan-Michael Key. Tamaña discreción proviene del rudimentario hecho de que su segundo capítulo proporciona con la misma energía la misma dosis de la primera, que aliaba en dimensiones básicas pero efectivas humor físico, el aprovechamiento de la torpeza y la vuelta de tuerca de sus personajes, y temas como lo que implica ser diferente y practicar la tolerancia.

HOTEL TRANSYLVANIA 2 02Pero en la cinta de 2012, en su ligereza y cinismo de tomar a icónicas figuras para armar una aventura en la que prime el vértigo, no había desenfado ni menos irreverencia. Y, mirando la vereda de enfrente, en sus momentos de drama tampoco tocaba las teclas con el tino y la honestidad suficientes, huyendo de esta forma del balance que exigen las buenas cintas del género. Uno y otro desencuentro la alejaban, la limitaban y la convertían sólo en un divertimento pasajero, fácilmente eludible en el panorama actual. Tampoco algo desdeñable, sobre todo viendo su procedencia –el debut en la dirección de Genndy Tartakovsky (“El Laboratorio de Dexter” y “Samurai Jack”) y uno de los primeros intentos de Sony por hacer animación-, pero de todas formas un producto discreto de entretenimiento, que necesitaba un importante trabajo de ingeniería en caso de una continuación. Esa exigencia “Hotel Transylvania 2” no la presenta ni de cerca, conteniendo –como no pasaba en la original- pasajes que flirtean con el tedio, como la subtrama de Mavis y Johnny en la ciudad conociendo a los padres de él, y luego dudando sobre dónde debe crecer Dennis. Cualquier esfuerzo por entregarle consistencia es estéril, quedando todo el interés de la cinta en la aventura que emprende Drácula con su nieto y su pandilla. Ahí la ejecución del humor más torpe y básico se despliega cada cierto rato, y no deja indiferente, empujando hacia lo excesivamente evidente que detrás están Adam Sandler y parte del grupete de amigos que suelen acompañarlo en su constante desgracia (Kevin James, David Spade y Andy Samberg), con el aporte de sus voces, y en el caso de Sandler además contribuyendo como guionista, en una labor que comparte con Robert Smigel –uno de los escritores de la original- y que revive la colaboración de “You Don’t Mess With The Zohan” (2008), en la que ambos firmaron el guión junto con Judd Apatow.

HOTEL TRANSYLVANIA 2 03Aunque hay mucho del sello Sandler en esta secuela, y es lo más discreto del asunto, lo que guía la historia sigue siendo una conjunción muy simple de aventurilla familiar con comedia lejanamente corrosiva, donde hay espacio para la ineptitud de Drácula y el desarrollo de manual de sus amigos. Más provecho se le podría haber sacado a la idea de un grupo de monstruos al cuidado de un niño, pero el cariz conservador de la cinta echa por la borda una posibilidad de esa clase. Sus personajes no adquieren nuevo espesor y el mayor tesoro de la trama aparece muy entrado el desarrollo de la cinta y no tiene el empuje necesario, hechos que dicen bastante de la estrechez de ambición de la película. En síntesis, si en “Pixels” la huella de Sandler estaba por sobre Chris Columbus, en esta apuesta de comedia su impronta se reduce a ser uno de los responsables de un texto de brutal simplicidad, que ayuda a constituir una cinta que no es mucho más que un esfuerzo facilista por ocupar las mismas cartas de la primera.

Aun así, el discreto trabajo de maquillaje de la misma fórmula antes empleada permite que el filme avance sin latear. Con todo su halo de continuación temerosa y apegada a hacer caja rápido y sin esfuerzo, la cinta no deja de ser amena y de buen disfrute para el clan completo, además de un estreno a recibir con mucho más gusto que productos muy menores como “Maya The Bee Movie” y “Guardianes de Oz”. Nada quita, de todas formas, que pensar en una futura nueva entrega parezca un panorama bastante desechable.

Por Gonzalo Valdivia

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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