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Hasta El Último Hombre

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Por definición, la objeción de conciencia es un derecho que permite negarse a realizar actos que atenten contra la religión o ética personal, permitiendo dar un paso al costado cuando los intereses impuestos por superiores –en ámbitos como la medicina o lo militar– se comprometen con las creencias. Lo que para algunos puede sonar como cobardía frente a una orden o una salida fácil para una decisión difícil, puede ser ámbito de estudio y admiración cuando la convicción y los valores de una persona son más fuertes que la lógica de las circunstancias.

Así lo sugiere la historia verídica de Desmond Doss, soldado estadounidense que en plena II Guerra Mundial fue el primer objetor condecorado por su valentía, sobreviviendo a un hecho pese a que jamás portó arma alguna en el campo de batalla. A casi 10 años de “Apocalypto” y a 13 del estreno de “The Passion Of The Christ“, Mel Gibson vuelve en gloria a la pantalla grande en la dirección de esta historia basada en un hecho tan extraordinario como interesante, por supuesto contada a través de su crudo y visceral lente.

En la Batalla de Okinawa, uno de los combates más sangrientos de la guerra, el soldado Desmond Doss (Andrew Garfield) ingresa voluntariamente al ejército para formar parte del destacamento médico, pero negándose a siquiera poner las manos sobre un arma y mucho menos preparándose para quitarle la vida a otro ser. Pese a las advertencias de su familia y el acoso de sus superiores y compañeros, Doss está convencido de servir a su país sin ser parte de la violencia.

Si hay un adjetivo que puede describir el cine de Gibson, ese es “brutal”, en su sentido más práctico y material. Sin escrúpulos calculados sobre qué mostrar y por cuánto tiempo, el director sabe cómo producir aversión adictiva a través de herramientas pretenciosas –pero eficaces– para cuestionar hasta los sentimientos más básicos de nuestra naturaleza humana. A través de imágenes impetuosas y violentas que destacan lo efímero de la vida (o que tal vez se burlan de la falsa complejidad de la vida decodificando el fin último de los conflictos entre naciones), se logran secuencias realmente asombrosas que, aunque estén llenas de efectismos, no son vacías, sino que permiten entregar valores adyacentes que van más allá de la importancia del protagonista como ícono de valores patrios o religiosos: antes que todo, fue un hombre en cuyo contexto de vida encontró un camino y un motor para enfrentar el resto de su existencia.

Un excelente Andrew Garfield personifica al héroe de esta cinta, en el que es uno de sus mejores papeles hasta el momento. Mediante sus ojos sentimos su miedo, pero también comprendemos su razonamiento y aprendemos de él, de sus circunstancias de vida y de su seguridad, pese a que como cualquier humano es dubitativo. Garfield trabaja con dedicación la riqueza del guion, acompañado de un excelente reparto que funciona de maravilla.

A pesar de sus extenuantes escenas bélicas, que agotan emocionalmente y objetan la capacidad de asombro o aguante, en ningún momento se siente dilatada sin razón, pues su travesía de dolor se balancea astutamente con los toques familiares y sentimentales de la historia del soldado. De esta manera, el horroroso espectáculo de la guerra en las trincheras –franco, áspero y desolador– es una experiencia que sumerge de lleno al espectador, debido a que sus escenas bélicas son sin lugar a dudas las mejores logradas de esta producción. En este aspecto, entran en juego la cinematografía, sucia pero cálida a la vez, además del gran trabajo entre mezcla y edición de sonido, donde la respiración del protagonista y el hábil uso de los silencios conceden un contexto sombrío y humano que traspasa la fisonomía violenta de la guerra como tal.

Hay quienes acusan a Gibson de sensacionalista, y sí que lo es, pero bajo su presuntuosa manera de dirigir y mostrar las historias encuentra una forma de inyectar motivos y significados precisos. En “Hasta El Último Hombre” hay toda una dinámica detrás del vacío solitario y efectista de las imágenes más sangrientas que producen repulsión –perfeccionadas por el trabajo de arte y efectos especiales–, en cuya evaluación más profunda se encuentran representaciones simbólicas que relacionan lo corpóreo y horroroso de los enfrentamientos con su propio existencialismo.

Siempre con espacios para desarrollar temas espirituales, pero con los toques de realismo cercanos a “Saving Private Ryan” (1998), la historia de Doss se cuenta como una sobre admirable convicción dispuesta a través de un certero film acerca de los principios que nos mueven como humanos. Un relato intenso y dramático, a veces redundante, pero con álgidos momentos de suspenso, crudeza visual y emocional, y sobre todo de valor humano trascendente.

Por Daniela Pérez

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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