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Guardianes De La Bahía

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Baywatch” (1989) fue una serie dramática de aventuras que se hizo internacionalmente conocida por idealizar el trabajo de salvavidas en las playas de Los Angeles, California. Esculturales hombres y mujeres en clásicos trajes de baño y flotadores rojos, corriendo a cámara lenta mientras suena la canción “I’m Always Here” de Jimi Jamison pronto se convirtió en la imagen representativa, con David Hasselhoff y Pamela Anderson a la cabeza.

En nuestro país, durante gran parte de los noventa e inicios del nuevo milenio, la serie fue transmitida por televisión abierta, transformándose en un programa mayoritariamente familiar, o por lo menos así se le recuerda. La nostalgia mueve millones y Hollywood lo sabe hace décadas, no obstante, a la hora de filtrar los remakes extrañamente demuestra pericia. Así, a la vasta lista de re-versiones olvidables, hoy se suma “Guardianes De La Bahía”, una comedia completamente desatinada que transiciona hacia una metaparodia conveniente, pero que se termina ahogando porque quiere.

Para buscar nuevos reclutas, Mitch Buchannon (Dwayne Johnson) y su equipo de salvavidas organiza cada año una competencia abierta. A esta llega Matt Brody (Zac Efron), un ex nadador olímpico con un pasado que desea olvidar. Entre el tira y afloja de ambos hombres de agua, el equipo se verá envuelto en un intrincado complot criminal que pondrá el peligro a su preciada bahía.

Es cierto que la serie “Baywatch” jamás tuvo una gran calidad en cuanto a historia o personajes, sino que se fundamentaba en su inapropiada explotación corporal y en la facilidad con que desenvolvía sus capítulos autoconclusivos, como un híbrido entre teleserie y una producción con mayor presupuesto. Con ojos actuales, es una serie cursi pero bastante inofensiva. Por ello, cuando se anunció una versión actualizada con nombres populares, el recauchado prometía una comedia adulta que trabajaría tanto como parodia y homenaje para la serie. Y es cierto, lo cumple, pero desde un extremo completamente opuesto: una deplorable sucesión de incidentes anecdóticos es acoplado con el menor interés para formar una cinta que, en sus casi dos horas de duración, entrega nada más que cinco minutos de risas y 110 de desinterés obligado.

Obsesivamente cargada de beats de hip hop electrónico y una primera parte con más música que contenido, esta deplorable cinta -que intenta mofarse de sí misma y del abuso de cámara lenta- es una triste rendición a lo más bajo de su género, incluso en un nivel inferior a las parodias que sí se casan con lo absurdo de su especie. “Guardianes De La Bahía” pretende colindar entre la acción épica y la comedia cruda, pero falla en ambos lados de una manera realmente deshonrosa.

Seth Gordon, el director que nos trajo la sólida comedia “Horrible Bosses” (2011), hace un trabajo fatal al intentar validar esta metaparodia (una parodia que se burla de sí misma, de su género y de su material original), que en perspectiva pareciera ser desarrollada con hastío y armada a último minuto por un equipo de edición que odia su trabajo. Las incontables faltas en continuidad, tanto de la historia como de la edición, se suman a efectos nada especiales, fracasando en mantener cierto nivel, y entregándonos como resultado un producto fraccionado hacia su más bajo potencial.

Sumado a lo anterior, el casting en su conjunto no funciona aunque así lo quisiera. Si por un lado, Johnson y Efron cumplen en sus papeles cómicos como una dupla dinamita que logra los únicos momentos entretenidos de la cinta -donde prima el humor negro y adulto, facultando el progreso de sus personajes-, en contraparte, tanto el desarrollo de los personajes encarnados por Alexandra Daddario como Kelly Rohrbach se diluye ominosamente porque jamás llegan a un punto de quiebre consistente, pese a que cuentan con más tiempo del suficiente para alcanzar un grado esperado de presencia. Y el personaje de Ronnie, que cumple el espantoso estereotipo del “chistosito nerd”, es un lamentable dispositivo de gags que no profesan ni jolgorio ni diversión real. A la seguidilla de secundarios de apoyo que se va olvidando mientras pasan los segundos se suma una trama irracional, donde la antagonista es íntegramente fútil, y que, si bien se lleva algunas frases para el oro, el argumento al que hace alusión es indiferentemente pobre y desesperantemente aburrido.

El humor R-rated (a saber, crudo, vulgar y explícito) no es algo que cause molestia considerando el público al cual se dirige. Es más: incluso en ciertos momentos levanta lo alicaído del relato. Pero debió seguir el ejemplo de películas como “21 Jump Street” (2012) que, pese a las bajas expectativas siendo también un remake y atreviéndose a romper algunos cánones de su género, cumplió con entregar una historia entretenida y con un mensaje más allá de su forma. Aunque “Guardianes De La Bahía” se diferencia en tantas aptitudes al material en el cual se basa -algo que pudo ser positivo- carece de uno de los pocos atributos que no debieran faltar en ningún tipo de producción: auténtico encanto.

Por Daniela Pérez

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Cine

David Lynch: The Art Life

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David Lynch: The Art Life

A través de su filmografía, y con el reciente regreso de “Twin Peaks”, David Lynch ha demostrado ser uno de los autores más prolíficos y complejos de las últimas décadas. Desde su primer largometraje, “Eraserhead” (1977), que su imaginario significa entrar a mundo de sensaciones donde representaciones visuales de la psiquis se vuelven tangibles. Debido a lo intrincado que podría ser su forma de narrar, experimentar su obra exige conectar con lo sensorial, pues su trabajo busca crear reacciones y evocar emociones. El director de “Blue Velvet” (1986) y “Mulholland Dr.” (2001) ha sido capaz de construir un estilo reconocible gracias las características que su obra comparte, en un estilo vago e incierto, pero envolvente, donde lo inexplicable convive con personajes que se ven atrapados en mundos complejos.

Dirigido en una colaboración entre Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm, el documental “David Lynch: The Art Life” se centra en el trabajo artístico pictórico del cineasta, mientras se va creando un relato autobiográfico de sus primeros años formativos y su acercamiento al arte, sirviendo como puente entre sus inicios en esta disciplina y sus primeras obras cinematográficas.

Las conversaciones de tres años entre los realizadores y el director estadounidense son condensadas en una hora y treinta minutos, en un relato íntimo en la voz del mismo Lynch. El hecho que sea construido como un monólogo produce una atmósfera más natural y cercana con el director, así también adjudicando un punto de vista donde el espectador sólo observa cómo se mezcla su creación artística y su biografía. La voz en off de Lynch se hace omnipresente en un montaje que mezcla al artista trabajando en sus obras plásticas, en su estudio en Los Angeles –a veces acompañado de su pequeña hija, Lula– intercalando material biográfico como fotografías, videos de archivo y sus pinturas.

La autobiografía que acompaña el viaje visual habla de sus inicios, vida familiar, la relación con sus padres y cómo su influencia inevitablemente ayudó a formar su primera relación con al arte, siendo capturado por esta disciplina cuando decide mudarse a Filadelfia, donde pudo estudiarlo de manera profesional. Y es a través de todas estas experiencias e historias acumuladas que se juntan para inspirar gran parte de su trabajo, y cómo en el proceso de absorber, internalizar y plasmar se ha moldeado un imaginario enigmático y surrealista.

Claramente el foco de este registro documental está puesto en sus creaciones plásticas, concebidas a partir de distintos materiales y mezclando técnicas pictóricas que le dan la libertad de crear pequeños universos, en cuadros que perfectamente podrían ser sacados de alguna de sus películas. Por otra parte, los realizadores utilizan estas obras en el montaje no tan sólo como un apoyo visual, sino también para poder crear pequeños episodios visuales que enfatizan los relatos en off, y utilizando los textos que el mismo Lynch incorpora en sus cuadros, se destaca el estado emocional del relato. Por último, el uso de stop motion le agrega un dinamismo a la narración, haciendo de estas obras pequeñas escenas de la vida del artista, donde algunas de ellas contienen personajes que parecen atrapados en distintas realidades.

Este documental termina siendo un estudio del autor en un estado mucho más primitivo, además de una exploración íntima, donde se logra ver el mundo a través de sus ojos y se puede conocer con frescura una etapa de descubrimiento y creación artística. No es un retrato biográfico de principio a fin, tampoco se centra en una obra en particular, sólo es un acercamiento a procesos creativos desde una mirada de total naturalidad y comodidad por parte del cineasta.

Para entender el universo interior de David Lynch, y posteriormente apreciar con mayor profundidad su trabajo, es importante considerar todos los aspectos y los procesos de creación que lo han llevado a posicionar su nombre y ser poseedor de un estilo particular y reconocible. Así, este documental logra dar a conocer ese otro aspecto del cineasta, un lado que tiene relación con su configuración estética. Se vuelve importante conocer y revisar su filmografía, no necesariamente para poder entender este relato –sólo se cita a sus primeros cortometrajes y las primeras etapas de producción de “Eraserhead”–, aunque sí puede servir como complemento para enriquecer este acercamiento diferente y privado.


Título Original: David Lynch: The Art Life

Director: Jon Nguyen

Duración: 88 minutos

Año: 2016

Reparto: David Lynch, Documental

 


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