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Frantz

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La catástrofe que fue la Primera Guerra Mundial, donde millones de personas inocentes perderían la vida, entregó un nuevo panorama en el statu quo de los posteriores años 20, pues se abrió un paréntesis en la normal evolución cultural de las naciones que fueron las principales beligerantes. Todo, a pesar del pesimismo que se vivía a diario, nos convidaba a creer que el cine era una alternativa de entendimiento entre pueblos hermanos. Lo que se basa en “Broken Lullaby” (1932) de Ernst Lubitsch dio como resultado “Frantz” (2016) de François Ozon, un drama clásico que nos propone inferir lo que puede ser el perdón y las mentiras en pro de crear un mejor porvenir.

El largometraje de Ozon se centra en la llegada de un joven misterioso (Pierre Niney) que deja flores en la tumba del prometido de Anna (Paula Beer), quien cayó en combate luchando por Alemania en la Primera Guerra Mundial. La joven ostenta una triste vida por no poder superar la muerte de Frantz, pero el desconocido será el aliciente para despertar en ella la curiosidad y recuerdos de su novio, y con ello una representación impregnada de misterio y liberaciones de culpas que encenderá los sentimientos de sus protagonistas.

La dinámica y la facilidad para generar distintos temas sin perder credibilidad han sido el sello del director François Ozon, con largometrajes como “8 Femmes” (2002) o la más reciente “Dans La Maison” (2012). Ha sido llamado el ‘Almodóvar francés’ por desarrollar la condición humana con tópicos irónicos, sin embargo, con “Frantz”, quizás su obra más pretenciosa y lograda hasta el momento, cuenta con una narración emotiva y determinada, donde logra construir un melodrama que se mueve desde Alemania hacia Francia, ayudado de la delicadeza interpretativa de la actriz Paula Beer, quien mediante su presencia tiene como gran logro poner de manifiesto la introspección de una mujer sumida en el dolor.

La elegancia del film se cierne en un elocuente y emotivo discurso de los remordimientos y traumas que causa la guerra en una Alemania que no deja de llorar a sus muertos por culpa del ejército francés. Los colores utilizados en “Frantz” juegan un papel preponderante, pues los momentos de tristeza son remarcados con los grises más duros, para luego desaparecer por unos segundos por colores cálidos que descubren una esperanza. Con esto en cuenta, el guion registra sustancia y no raya en un melodrama de sentimentalismo innecesario, pues el contexto histórico en el que se plantea la trama va dejando mensajes políticos y pacifistas que subyacen en los diálogos e interpretaciones de su reparto.

Ozon hace que su adaptación de Lubitsch sea una película psicológica, donde se entrelazan las exploraciones de la compasión y el perdón. No obstante, la soledad es uno de los ápices para construir las consecuencias más directas de una guerra pasada. Y es aquí donde el director hace una fuerte diferenciación con el film de 1932, demostrando con sobriedad el enfrentamiento entre sus protagonistas para lograr, a través de un fallecido, la conmutación de las culpas. Y para el corolario de la trama la fotografía es primordial, con una alternancia entre colores y grises, que es la atribución lógica para lograr encuadres fascinantes en la representación de lo que unos imaginan y otros vivieron.

Un trabajo arduo y excitante; una historia depurada por François Ozon, que, a través de una estética cuidadosamente bien lograda, nos restaura una época que no pierde intensidad ni mucho menos belleza a la hora de conducir un marco narrativo lleno de falsedades que se van multiplicando a lo largo de sus 113 minutos. Una obra clásica y elegante, que traspasa emociones con su dirección y que nos deslumbra con sus deseos optimistas.

Por Bastián Cifuentes

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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