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Following

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El primer trabajo de un autor es siempre difícil. Como punto de partida de una carrera, exige respetar el espíritu de creación, y sortear paso a paso problemas de diversa índole, relacionados con la inexperiencia, la falta de recursos y el exceso de expectativas. Eso es lo que sucede con “Following”, ópera prima de Christopher Nolan, rodado con la ridícula suma de 6 mil dólares, durante los fines de semana con amigos y actores aficionados.

Antes de Twitter, el concepto de “seguir gente” era mal visto, un síntoma de desequilibrio mental. Es lo que hace El Joven (Jeremy Theobald), quien se obsesiona con la idea de seguir los pasos de transeúntes en Londres, llegando a construir un sistema de reglas para pasar desapercibido. Al romper su regla más importante –no repetir al sujeto-, termina involucrado con Cobb (Alex Haw), y la Rubia (Lucy Russell), personajes que configuran una historia noir clásica de mentiras, engaños y crímenes. Tal como sucede en las historias de este género, nadie es lo que aparenta. El joven personaje asume esa desconfianza, pero, tal como un ratón acercándose a la trampa, llegará un momento en que estará demasiado involucrado para escapar. El protagonista quiere ser escritor, pero aún no lo es. Por esto busca a los demás, los observa y sigue, intentando de una u otra forma vivir aquella existencia ajena. Es el juego del voyerista que lo atrae el peligro y el tabú. Aquí aparece Cobb, uno de los seguidos que comienza a repetir. Este personaje, ladrón de poca monta, deambula como fantasma de casa en casa, revolviendo objetos ajenos. Él lo invita a acompañarlo, a acercarse más y más a aquellos que sigue.

La intención de Cobb es revelar a los moradores –y a nosotros los espectadores- aquello que perdemos frente a los ojos en el tedio de la vida diaria. Cobb busca objetos sin importancia y los lee, robando el recuerdo que reside en ellos. Además, los oculta, cambia de posición o roba, para que esa idea que aloja en ellos se resignifique, tomando un matiz sublime de pérdida y reencuentro. En ese sentido, más que vivir la vida de otros, busca en esos seres pasivos por la vida diaria un asombro, un gesto que los deslumbre.

Uno de los elementos más patentes que cruzan la obra de Nolan es la narración no lineal. Aquí presenciamos una historia donde los efectos anteceden a las causas, donde la acción es anterior a la intención. Por este motivo, ningún personaje tiene escapatoria, ya han cometido el error antes que incluso el espectador intentara advertirlo. En su siguiente filme, “Memento” (2000), Nolan afina esta técnica a niveles magistrales, al configurar un relato que por un lado camina hacia atrás, por otro camina hacia adelante y que termina al medio de la narración cronológica. Quizás su trabajo más tradicional, en ese sentido, son las dos entregas de Batman, aunque él mismo ha confesado que tenía planeada la última escena de la trilogía antes de siquiera comenzar a escribir los guiones de “Batman Begins” (2005) y “The Dark Knight” (2008).

Nolan es uno de los pocos cineastas experimentales que van quedando en el circuito de Hollywood. Más allá de la propuesta 3D o de los efectos digitales –de los cuales siempre ha escapado y renegado-, el director construye filmes donde la técnica cinematográfica está unida a la narración, y hacen imposible pensar que la película “podría ser de otra forma”. En Following lo vemos experimentando, condicionando el trabajo detrás de cámara y el montaje a la narración, y la misma a los vaivenes de un rodaje determinado por actores amateur, locaciones a las cuales se podía acceder de día, y trabajo durante los fines de semana.

Otra idea fuerza que se repite en todo su trabajo es la intención de jugar con la mente del público. Si bien en  “Inception” (2010) esto raya en el paroxismo, en su primera entrega lo vemos anunciar esa premisa: implantar ideas en la cabeza de otros, para confundir y difuminar la delgada línea entre realidad y ficción. Así lo confiesa Cobb (apellido que comparten los personajes en los dos filmes) la primera vez que lo vemos entrar a un departamento. Además, este personaje es, en ese sentido, un prestidigitador que busca con sus pequeños robos sentimentales ocultar a la gente algo que apreciaban, para luego revelarlo con otro espíritu y sentido. Este es el mismo gesto que realizan los magos en “The Prestige” (2006) con los famosos tres pasos de un truco de ilusionismo.

No se puede negar, frente a todo, que esta es la primera película de un director joven, un estudiante de literatura inexperto, que hasta ese momento sólo había rodado cortos con amigos en su tiempo libre. Este aspecto se revela en la mínima duración del metraje y el forzoso desenlace, que impide apreciar un desarrollo más acabado de los personajes en el giro final de la historia. Pese a todo, “Following” cumple con lo que propone y configura un relato asombroso para ser una ópera prima, que deja gusto a poco, múltiples preguntas abiertas, y que experimenta en el formato cinematográfico más que muchos directores anquilosados en su fama y prestigio.

“Todo el mundo tiene una caja” afirma Cobb, un objeto escondido a la vista de todo el mundo, donde guardamos nuestro espíritu, nuestros recuerdos, nuestras ideas. “Following” es esa estructura, herméticamente cerrada, donde Christopher Nolan introdujo sus ideas y obsesiones, antes de embarcarse en el camino de la creación cinematográfica hollywoodense. Y hasta ahora, tanto él como nosotros podemos verificar que sigue firme con sus convicciones y principios artísticos, ante la vorágine de esta fábrica de hacer salchichas llamada industria cinematográfica.

Por Juan Pablo Bravo

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David Lynch: The Art Life

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David Lynch: The Art Life

A través de su filmografía, y con el reciente regreso de “Twin Peaks”, David Lynch ha demostrado ser uno de los autores más prolíficos y complejos de las últimas décadas. Desde su primer largometraje, “Eraserhead” (1977), que su imaginario significa entrar a mundo de sensaciones donde representaciones visuales de la psiquis se vuelven tangibles. Debido a lo intrincado que podría ser su forma de narrar, experimentar su obra exige conectar con lo sensorial, pues su trabajo busca crear reacciones y evocar emociones. El director de “Blue Velvet” (1986) y “Mulholland Dr.” (2001) ha sido capaz de construir un estilo reconocible gracias las características que su obra comparte, en un estilo vago e incierto, pero envolvente, donde lo inexplicable convive con personajes que se ven atrapados en mundos complejos.

Dirigido en una colaboración entre Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm, el documental “David Lynch: The Art Life” se centra en el trabajo artístico pictórico del cineasta, mientras se va creando un relato autobiográfico de sus primeros años formativos y su acercamiento al arte, sirviendo como puente entre sus inicios en esta disciplina y sus primeras obras cinematográficas.

Las conversaciones de tres años entre los realizadores y el director estadounidense son condensadas en una hora y treinta minutos, en un relato íntimo en la voz del mismo Lynch. El hecho que sea construido como un monólogo produce una atmósfera más natural y cercana con el director, así también adjudicando un punto de vista donde el espectador sólo observa cómo se mezcla su creación artística y su biografía. La voz en off de Lynch se hace omnipresente en un montaje que mezcla al artista trabajando en sus obras plásticas, en su estudio en Los Angeles –a veces acompañado de su pequeña hija, Lula– intercalando material biográfico como fotografías, videos de archivo y sus pinturas.

La autobiografía que acompaña el viaje visual habla de sus inicios, vida familiar, la relación con sus padres y cómo su influencia inevitablemente ayudó a formar su primera relación con al arte, siendo capturado por esta disciplina cuando decide mudarse a Filadelfia, donde pudo estudiarlo de manera profesional. Y es a través de todas estas experiencias e historias acumuladas que se juntan para inspirar gran parte de su trabajo, y cómo en el proceso de absorber, internalizar y plasmar se ha moldeado un imaginario enigmático y surrealista.

Claramente el foco de este registro documental está puesto en sus creaciones plásticas, concebidas a partir de distintos materiales y mezclando técnicas pictóricas que le dan la libertad de crear pequeños universos, en cuadros que perfectamente podrían ser sacados de alguna de sus películas. Por otra parte, los realizadores utilizan estas obras en el montaje no tan sólo como un apoyo visual, sino también para poder crear pequeños episodios visuales que enfatizan los relatos en off, y utilizando los textos que el mismo Lynch incorpora en sus cuadros, se destaca el estado emocional del relato. Por último, el uso de stop motion le agrega un dinamismo a la narración, haciendo de estas obras pequeñas escenas de la vida del artista, donde algunas de ellas contienen personajes que parecen atrapados en distintas realidades.

Este documental termina siendo un estudio del autor en un estado mucho más primitivo, además de una exploración íntima, donde se logra ver el mundo a través de sus ojos y se puede conocer con frescura una etapa de descubrimiento y creación artística. No es un retrato biográfico de principio a fin, tampoco se centra en una obra en particular, sólo es un acercamiento a procesos creativos desde una mirada de total naturalidad y comodidad por parte del cineasta.

Para entender el universo interior de David Lynch, y posteriormente apreciar con mayor profundidad su trabajo, es importante considerar todos los aspectos y los procesos de creación que lo han llevado a posicionar su nombre y ser poseedor de un estilo particular y reconocible. Así, este documental logra dar a conocer ese otro aspecto del cineasta, un lado que tiene relación con su configuración estética. Se vuelve importante conocer y revisar su filmografía, no necesariamente para poder entender este relato –sólo se cita a sus primeros cortometrajes y las primeras etapas de producción de “Eraserhead”–, aunque sí puede servir como complemento para enriquecer este acercamiento diferente y privado.


Título Original: David Lynch: The Art Life

Director: Jon Nguyen

Duración: 88 minutos

Año: 2016

Reparto: David Lynch, Documental

 


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