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Everest

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El hombre y sus deseos de conquistar a la naturaleza como un tema siempre sugestivo para transformar en película; más todavía, considerando el amplio espectro de lecturas que se pueden hacer en torno a aquella problemática. Si eso se amplifica sobre el indeleble “basado en hechos reales”, lo más probable es que el producto resultante tenga grandes posibilidades de captar la atención del mayor porcentaje del público. Bajo esta definición, es lógico que un largometraje como “Everest” tenga la capacidad cierta de concentrar las mejores expectativas, entendiendo que la cinta no sólo se debe quedar en la ilusión de una epopeya motivacional que ubica al hombre desafiante con su entorno, sino también se obliga a disponer una historia que ratifica en la experiencia verdadera la plena potestad que tiene la naturaleza sobre el anterior.

EVEREST 01Llegar a la cima del mundo es llegar al tope del monte Everest, cumbre que se empina por los 8.848 metros de altitud. Simbolizado como uno de los puntos terrestres más inaccesibles para el ser humano, la película dirigida por Baltasar Kormákur trata sobre un grupo de alpinistas que se aventura en la búsqueda de la hazaña, cada uno de ellos teniendo distintas motivaciones para hacerlo. Separados en diferentes expediciones, la figura de Rob Hall (Jason Clark) surge como la de un líder transversal, contrastando con la de algunos de sus compañeros, como Scott Fischer (Jake Gyllenhaal) o Beck Weathers (Josh Brolin), que son mucho menos metódicos que él. En el ascenso de todas las escuadras, se irán presentando una serie de inconvenientes que harán replantear el riesgo en algunos. Sin embargo, el mayor problema de todos se producirá en el descenso, cuando una tormenta, que no estaba en los planes de nadie, aparece implacable para poner en serio peligro la vida de los montañistas.

“Everest” introduce en su relato la tragedia sucedida en 1996, cuando 15 personas murieron en una escalada hacia la cima del risco. Así, la cinta dispone sus argumentos en la completa base de los hechos, que hablan de la masificación de la actividad en el monte como la principal responsable de este accidente. Poniendo las múltiples situaciones del contexto en un prólogo que es mucho más largo de lo necesario, el largometraje se asume como uno donde la acción no es lo preponderante; aquí, la proximidad en el fondo de los diálogos y la relación entre los personajes, se van mostrando como las mejores instancias para reflexionar sobre el porqué de cada alpinista: desde el profesor de EVEREST 02una pequeña escuela que toma parte en la aventura simplemente porque puede hacerlo y quiere demostrárselo a sus alumnos, hasta una mujer que ve la culminación de su carrera como excursionista precisamente en la cúspide de esta montaña. Nivelando todos esos arcos dramáticos, que son bastantes por la cantidad de roles que existen, la película se arroja a la tarea de responder a esas interrogantes a través de los sucesos ocurridos en el caso real.

Es el drama por sobre las escenas de mayor vuelo el que posiblemente no sea entendido por el espectador, pues, a pesar de que el título no adhiera a la fórmula tras la que se intenta la espectacularidad a como dé lugar –tan común en las producciones de este tipo-, tampoco es solvente en el equilibrio de los dos géneros. Durante el transcurso del metraje sobrevienen logradas secuencias en las que se maneja muy bien la tensión, pero para poder llegar a ellas hay que pasar por un barro argumental que se encuentra demás, y a veces queda incluso fuera de lugar. Ahora, considerando lo anterior, también se logra transmitir de buena manera cómo es la vida en la montaña, donde todas las dificultades meteorológicas y la propia convivencia de las personas, se van acumulando como problemas exponenciales dado el escenario.

En el otro extremo, la fotografía de “Everest” va construyendo un espectáculo visual que es enorme por varios pasajes. No obstante, el oscilante oscurecido intencional de la imagen va mermando la EVEREST 03prolongación de un lienzo que es mayormente claro, por lo tanto el objetivo del contraste no funciona bien. Por otra parte, el 3D no se alcanza a justificar por la consecuencia de lo último, y porque la acción queda relegada en su gran porción. El muy buen sonido que tiene la cinta no logra redimir los errores en este ítem, del que se esperaría un cien por ciento –pensando en la clase de película que es- y no un ochenta como finalmente es.

Indistintamente de lo que se deba mostrar como la verdad inobjetable tras los hechos reales, “Everest” acusa un golpe muy fuerte al resolver uno de sus conflictos más interesantes de la forma más imprudente posible, restando absoluta credibilidad a la historia del escalador Beck Weathers que, a todas luces, es increíble. A lo anterior, también se suma negativamente la poca implicancia de la figura femenina en el relato, más todavía porque reconocidas actrices, como Keira Knightley o Robin Wright, no son aprovechadas en sus potenciales, haciendo de sus papeles unas piezas totalmente insustanciales para la trama. Todo aquello confirma el vaivén permanente de un film que gusta o aburre sin grises de por medio.

Por Pablo Moya

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Maléfica: Dueña del Mal

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Maléfica

El estreno de producciones animadas Disney en versiones live action ha traído discusiones frente a la real relevancia que dichas cintas tienen en el panorama actual. Y lo cierto es que la curiosidad de la audiencia asegura el éxito comercial. Sin embargo, el duplicado de estas producciones, dejando a un lado la originalidad de sus primeras versiones, obliga a recurrir a una expansión un poco más libre sobre la interpretación de los cuentos clásicos que inspiraron las obras del estudio. En este caso, el estreno de “Maleficent” en 2014 insinuó ciertos elementos que pretendían otorgar frescura a la reinvención de la malvada antagonista de “Sleeping Beauty” (1959).

Luego de varios años de los hechos ocurridos en la primera cinta, “Maléfica: Dueña del Mal” se centra en la relación que la oscura hada (Angelina Jolie) tiene con Aurora (Elle Fanning), luego de que esta anunciara su matrimonio con el príncipe Phillip (Harris Dickinson). La unión entre el reino y el páramo traerá rencillas entre humanos y hadas, poniendo a Maléfica y Aurora en lados opuestos para, a la vez, enfrentarse a un enemigo en común.

La primera cinta, con énfasis en la oscura hada, centraba su atención en cómo la traición forjaba las motivaciones de Maléfica, llevándola a actuar en venganza, siendo este su principal motor. La villana, que aparecía en la cinta original de 1959, se despojaba de un velo superficial, permitiendo escarbar entre sus profundas heridas y dejando entrever las razones para seguir con un plan trazado desde el momento en que se vio decepcionada con la raza humana.

Esta segunda parte deja a un lado la exploración de Maléfica hacia su pasado, concentrándose principalmente en su relación con Aurora y cómo juntas han mantenido la paz entre las criaturas del páramo y el reino de los humanos. Entre ellas se ha forjado un lazo cercano al de madre e hija, y los momentos retratados a solas dan cuenta de cómo su relación ha evolucionado y, al mismo tiempo, sitúa la urgencia cuando la paz que han construido se ve amenazada por el miedo y el poder de una fuerza externa que aparece temprano en el desarrollo del relato.

Una vez separadas, la cinta se toma el tiempo para explorar un lado más vulnerable de Maléfica, el que tiene relación con el origen de su raza y la forma en que la nueva conexión con los de su especie servirá como llama para encender una lucha interna que se veía apagada. Sin embargo, la exploración de aquel lado es trabajado de tal manera, que sólo la superficie es visible, pero no deja espacio para profundizar en cómo este descubrimiento realmente afecta a la protagonista, otorgando a la audiencia llenar ciertos espacios sólo gracias a las reacciones que el personaje tiene frente a ciertos estímulos.

La construcción visual del mundo ficticio donde habitan los personajes está basada principalmente en CGI, recurso que apoya la exploración de un mundo que sobreexplota colores y el diseño de algunas de las criaturas que habitan el lugar. El uso de imágenes creadas digitalmente está justificado frente al mundo de fantasía que se está presentando, pero, al mismo tiempo, su uso afecta visualmente la interacción entre humanos y criaturas, por lo tanto, es necesario entrar en este universo con ojos crédulos frente a lo que ocurre en pantalla.

Dirigida claramente para un público infantil, “Maléfica: Dueña del Mal” no reúne el mínimo compendio de características para sostenerse como una secuela necesaria, olvidando los elementos que le otorgaron frescura a su antecesora y fallando principalmente en la exploración de su protagonista, quien con sus apariciones no justifica la existencia de esta producción.


Título Original: Maleficent: Mistress of Evil

Director: Joachim Rønning

Duración: 118 minutos

Año: 2019

Reparto: Angelina Jolie, Michelle Pfeiffer, Elle Fanning, Ed Skrein, Chiwetel Ejiofor, Juno Temple, Sam Riley, David Gyasi, Lesley Manville, Imelda Staunton, Harris Dickinson, Jenn Murray


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