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Escalofríos

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Que una película de humor infantil le doble la mano a la amargura de la adultez y que el hiperquinético de Jack Black no flaquee en su usual sobresaturación, son logros de los que  cualquier producción debiera sentirse orgullosa. Como guinda, estamos hablando de una temporada que año tras año es prolífica en estrenos de impacto efímero. Corren aires de Halloween y tanto la cartelera televisiva como cinematográfica jamás se queda pobre en títulos sedientos de atención mediática y GOOSEBUMPS 01ejecución deficiente. De ahí que la poca fe no sea gratuita, y también la genuina alegría ante los milagros.

Puesto que su madre ha cambiado de trabajo, el joven Zach (Dylan Minnette) inicia una nueva vida en un pequeño pueblo estadounidense, forjando amistad con su vecina Hannah (Odeya Rush). Lo que no imagina, es que el padre de la chica es R.L. Stine (Jack Black), famoso autor de cuentos de terror que tiene el increíble don de traer sus personajes a la vida real.

Asombrosamente refrescante. Así se podría resumir la virtud de “Escalofríos”, que se vale de los reconocidos relatos tenebrosos de R.L. Stine para elaborar una obra más que rescatable en su escritura, actuación y extensión. Bastante alzada sobre el promedio, a ratos incluso entrañable, obtiene un sano matiz entre la entretención familiar y el miedo inofensivo que podría provocar la aparición de los monstruos entre los más pequeños, como los muertos vivientes y especialmente Slappy, el muñeco parlante. La cercanía con estos personajes, no obstante, si bien podría constituir un plus en el ejercicio de reconocerlos (más de alguien evocará la noventera serie homónima), no es GOOSEBUMPS 02requisito excluyente para seguir la trama, puesto que esta se desmarca lo suficiente para utilizar el recuerdo como un dispositivo nostálgico más que indispensable.

Una vez que el gran secreto del escritor es revelado, la acción se dispara, adoptando un montaje frenético que no conoce de respiros intermedios. Semejante progresión puede ser vista como un error, ya que incorporada con la música excesiva resulta en una sobrecarga de estímulos que peligra con desgastar. No se puede olvidar, eso sí, que los niños son el público objetivo, y ellos difícilmente se fastidiarán con una ola de persecuciones y efectos especiales que recién cesa cinco minutos antes del fin. Son sus encantos, por otro lado, los que añaden la contraparte positiva a la vertiginosa narración, consiguiendo que su ritmo no sea una molestia para el adulto.

Exceptuando a Amy Ryan, que entrega una demasiado vaga interpretación de la madre, el elenco está bien seleccionado y responde a la altura; otra cualidad en un historial de actuaciones plásticas GOOSEBUMPS 03atribuidas al género. Minnette está sólido y carismático; a Rush quizás le falta seguridad, pero su aura angelical lo compensa. Las intervenciones del amigo son derechamente graciosas y Black se luce en su justa medida, queriendo a su personaje, pero respetando los espacios del resto, entendiendo que su joven elenco merece una oportunidad para brillar. Hay cariño en esta cinta y se nota en su tratamiento. Hay pretensiones honestas de divertir al espectador sin subestimarlo.

Por desgracia, la antiquísima necesidad de forzar el romance –en lo que pudo haberse establecido como una bella amistad entre los protagonistas- no está ausente, mas la sutileza y dulzura con que es abordado lo torna soportable. Es lo que consigue una película como “Escalofríos”: que sus debilidades no alcancen a ser influyentes, porque lo bueno que tiene disuade de una mala opinión. Conquista como muy pocas de su categoría. Para disfrutar sin culpas.

Por María José Álvarez

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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