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Cine

En Trance

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El espectáculo cinematográfico es siempre comparado al ejercicio inconsciente de soñar. Se dice que en la sala oscura compartimos los sueños, y quizás en ese fenómeno está el poder de las imágenes en movimiento: porque podemos emular una experiencia onírica sin sufrir los peligros de lo impredecible, como sucede en los sueños regulares. Sin embargo, a veces en la estructura misma de la narración cinematográfica, o en su construcción expresiva, o en la maestría del director, se puede subvertir esta regla implícita, dando a cada fotograma la posibilidad de hacernos olvidar que estamos despiertos, para sumergirnos en nuestros sueños, anhelos y también pesadillas.

El surrealismo cinematográfico ha explorado estas premisas, siendo Buñuel su carta más reconocible. Con una mezcla de narrativa onírica y expresionismo visual, supo cargar sus montajes de una perturbadora sensación entre la vigilia y el sueño, sin jamás explicitar en el texto cuándo la narración correspondía a lo puramente onírico o a la “realidad”, lo que configuraba una experiencia aún más perturbadora y difícil de abarcar de manera racional.

Danny Boyle, reconocido por sus cintas cargadas al efectismo visual, a veces muy bien justificado, otras veces exagerado, se la juega por borrar cualquier atisbo de certeza en la película “En Trance”. Sólo en el comienzo sabemos, a ciencia cierta, en el lugar donde estamos parados. Simon (James McAvoy) es el encargado de seguridad en una casa de subastas en Londres, acostumbrado a lidiar con sofisticados ladrones interesados en obras de arte que cuestan millones, como con “Las Brujas en el Aire”, obra de Goya que es robada durante uno de los remates. Pero la pandilla liderada por Franck (Vincent Cassell) falla en el botín, acosando por esto a Simon, quien sabe la ubicación de la pintura. Como él no recuerda nada tras el robo, es necesario contratar a Elizabeth (Rosario Dawson), una experta en hipnosis, que irá descubriendo los secretos que esconde la mente de Simon en cada viaje onírico que realicen para dilucidar el paradero de la tela.

El director británico siempre promete expresionismo visual, uso de recursos rebuscados, y un manejo del montaje casi neurótico. Lo complicado para cualquier tipo de propuesta audiovisual es justificar toda esta pirotecnia, entrando en sinergia con un guión que la sustente, como se vio en “127 Hours”. Acá encausa el relato con una voz en off, como preámbulo de lo que vendrá: una trama que sucederá la mayor parte del tiempo dentro de la cabeza de Simon, quien con la ayuda de Elizabeth, buscará la pista que le permita recuperar la valiosa pintura, descubriendo de paso todos los giros ocultos en los recuerdos del personaje.

Evitando explicaciones simples u obvias, “En Trance” se estructura sobre arenas movedizas desde el comienzo al final, en elementos propios del guión y en el uso de recursos estéticos propios del manejo de cámara, iluminación, fotografía o montaje. La puesta en escena está pensada para acentuar, a cada instante, la sensación de que nada es seguro, ningún personaje es lo que parece, y no se debe confiar en ningún momento sobre el carácter del relato. Porque “En Trance” es un viaje de superposiciones narrativas, de niveles y complejidades imposibles de ordenar y mensurar en un sólo visionado.

La magia del cine está en hacernos olvidar la realidad, ese aburrido estado de consciencia que percibimos mientras tenemos los ojos abiertos. Al entrar a una sala oscura, invitamos a los personajes a poblar nuestros sueños, moldearlos y compartirlos, entregando parte de nuestra propia experiencia para construir a voluntad un relato. Las películas a veces no vienen previamente montadas, somos nosotros quienes las cortamos, pegamos y otorgamos sentido, aunque en ocasiones esa construcción sea demasiado absurda; o demasiado racional; o demasiado aterradora. “En Trance” (para no olvidar la película que nos convoca) juega con el texto que la sustenta, disfrazándolo, perdiéndolo y rearmándolo sobre la marcha, cada vez que se despierta de la sesión de hipnosis, que muchas veces ni siquiera posee una señal clara. Es esta su mayor riqueza, la de otorgarnos la posibilidad de rehacerla a cada instante que la volvamos a revisitar.

Por Juan Pablo Bravo

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Maléfica: Dueña del Mal

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Maléfica

El estreno de producciones animadas Disney en versiones live action ha traído discusiones frente a la real relevancia que dichas cintas tienen en el panorama actual. Y lo cierto es que la curiosidad de la audiencia asegura el éxito comercial. Sin embargo, el duplicado de estas producciones, dejando a un lado la originalidad de sus primeras versiones, obliga a recurrir a una expansión un poco más libre sobre la interpretación de los cuentos clásicos que inspiraron las obras del estudio. En este caso, el estreno de “Maleficent” en 2014 insinuó ciertos elementos que pretendían otorgar frescura a la reinvención de la malvada antagonista de “Sleeping Beauty” (1959).

Luego de varios años de los hechos ocurridos en la primera cinta, “Maléfica: Dueña del Mal” se centra en la relación que la oscura hada (Angelina Jolie) tiene con Aurora (Elle Fanning), luego de que esta anunciara su matrimonio con el príncipe Phillip (Harris Dickinson). La unión entre el reino y el páramo traerá rencillas entre humanos y hadas, poniendo a Maléfica y Aurora en lados opuestos para, a la vez, enfrentarse a un enemigo en común.

La primera cinta, con énfasis en la oscura hada, centraba su atención en cómo la traición forjaba las motivaciones de Maléfica, llevándola a actuar en venganza, siendo este su principal motor. La villana, que aparecía en la cinta original de 1959, se despojaba de un velo superficial, permitiendo escarbar entre sus profundas heridas y dejando entrever las razones para seguir con un plan trazado desde el momento en que se vio decepcionada con la raza humana.

Esta segunda parte deja a un lado la exploración de Maléfica hacia su pasado, concentrándose principalmente en su relación con Aurora y cómo juntas han mantenido la paz entre las criaturas del páramo y el reino de los humanos. Entre ellas se ha forjado un lazo cercano al de madre e hija, y los momentos retratados a solas dan cuenta de cómo su relación ha evolucionado y, al mismo tiempo, sitúa la urgencia cuando la paz que han construido se ve amenazada por el miedo y el poder de una fuerza externa que aparece temprano en el desarrollo del relato.

Una vez separadas, la cinta se toma el tiempo para explorar un lado más vulnerable de Maléfica, el que tiene relación con el origen de su raza y la forma en que la nueva conexión con los de su especie servirá como llama para encender una lucha interna que se veía apagada. Sin embargo, la exploración de aquel lado es trabajado de tal manera, que sólo la superficie es visible, pero no deja espacio para profundizar en cómo este descubrimiento realmente afecta a la protagonista, otorgando a la audiencia llenar ciertos espacios sólo gracias a las reacciones que el personaje tiene frente a ciertos estímulos.

La construcción visual del mundo ficticio donde habitan los personajes está basada principalmente en CGI, recurso que apoya la exploración de un mundo que sobreexplota colores y el diseño de algunas de las criaturas que habitan el lugar. El uso de imágenes creadas digitalmente está justificado frente al mundo de fantasía que se está presentando, pero, al mismo tiempo, su uso afecta visualmente la interacción entre humanos y criaturas, por lo tanto, es necesario entrar en este universo con ojos crédulos frente a lo que ocurre en pantalla.

Dirigida claramente para un público infantil, “Maléfica: Dueña del Mal” no reúne el mínimo compendio de características para sostenerse como una secuela necesaria, olvidando los elementos que le otorgaron frescura a su antecesora y fallando principalmente en la exploración de su protagonista, quien con sus apariciones no justifica la existencia de esta producción.


Título Original: Maleficent: Mistress of Evil

Director: Joachim Rønning

Duración: 118 minutos

Año: 2019

Reparto: Angelina Jolie, Michelle Pfeiffer, Elle Fanning, Ed Skrein, Chiwetel Ejiofor, Juno Temple, Sam Riley, David Gyasi, Lesley Manville, Imelda Staunton, Harris Dickinson, Jenn Murray


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