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Emoji: La Película

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De kaomojis, a Unicode, a emojis –pasando por una serie de otras expresiones en lenguaje de código–, la transición y expansión de los emoticonos ha estado siempre a la par con la evolución de los computadores, celulares y, hoy, los smartphones. Este ya normalizado fenómeno es también una herramienta global del lenguaje, que traspasa barreras idiomáticas y permite que la instantaneidad sea mayor y las interpretaciones algo más exactas. Porque escribir seguido de un emoticón predispone automáticamente a un sentimiento del emisor, que el receptor puede comprender fácilmente.

Una sensación contraria a lo anterior es lo que logra “Emoji: La Película”, la apuesta de Sony Animation Studios por otorgarle “vida” a los otrora inanimados iconos amarillos. Tras colores brillantes, una animación cumplidora y ritmos pop se esconde una desabrida historia que, lejos de generar una real identificación o incluso servir como una compuesta sátira, en ningún momento da el paso más allá de la zona de confort de las animaciones; ese espacio que ya hace años otros estudios se atrevieron a dejar atrás.

Dentro de la interfaz del smartphone del joven Alex se encuentra la ciudad de Textópolis, cuna de la civilización de los emojis. Estos seres deben expresar una sola emoción para que, cuando estén listos, puedan ser enviados como mensajes de texto. Pero Gene tiene problemas con mantener la emoción que le tocó, “meh”, así que al fallar va junto a su nuevo amigo Hi-5 en busca de Jailbreak, para hackear el sistema y encajar en lo preestablecido.

Es importante tener en cuenta que, pese a lo tergiversado de la información, “Emoji: La Película” no es “la peor cinta animada del último tiempo”, sino que sería más justo indicar que su pobre nivel la llevan a ser otro filme más en el cajón de las olvidables cintas digitales. Y es que la escasa inteligencia de guion, desarrollo de personajes, desenlace e, irónicamente, falta de emoción frente a un barullo de sin sentidos y bromas sin gracia, producen un efecto claramente negativo y sumamente aburrido que permea a cada segundo.

Si bien está exclusiva y evidentemente enfocada en la Generación Z tardía, tiene varios elementos identificables para el espectador común, los que fácilmente podrían haberse convertido en herramientas de genialidad dramática, por ejemplo, como sátira a la adicción a las pantallas portátiles y a lo alocado de la vida común. No obstante, estos términos son relevados para dar paso al camino fácil y poco astuto de la cultura pop ya saturada y abusada a más no poder.

“Emoji: La Película” es una interpretación promedio y poco imaginativa sobre un aparato en el que confiamos nuestra vida. Si es permitido comparar, sería un intento de homologar “Inside Out” (2015) –nuestras emociones personificadas y con sentimientos individuales–, pero en vez de eso, es el capricho de hacer algo “cool” que mantenga durante hora y media la poca atención de los preadolescentes que crecieron al mismo tiempo que los celulares se volvieron touch.

A raíz de esto, es clara la relación entre el objetivo de esta producción y su nivel, pues lleva tras sí una macabra finalidad: ser una mera publicidad de aplicaciones y otros utensilios digitales, de los que ya las mentes jóvenes están ultra saturadas. Por lo anterior, se debe ser tajantes al indicar que no estamos frente a una película para niños pequeños, como se quiere vender, y evidentemente tampoco logra ser una obra de ficción destacable para adultos jóvenes, pues sus repetitivos y sobre exagerados diálogos y acciones no justifican para nada el rato frente a la pantalla. Aunque en este apartado se puede sacar a colación el caso de “The Lego Movie” (2014), basada en las populares piezas de plástico, la ejecución de sus fundamentos tiene giros entretenidos y conllevan mensajes que traspasan lo comercial, promoviendo elementos positivos más allá de las ventas.

Cuando pensamos en Sony Pictures Animation hay pocos títulos que acompañan a la casa de animación. “Cloudy With A Chance Of Meatballs” (2009), “The Smurfs” (2011) y “Hotel Transylvania” (2012) son las únicas producciones medianamente exitosas y que, en desmedro, han sido explotadas con segundas o terceras partes en camino. La exageración de expresiones, movimientos y la tonalidad algo “plástica” son realmente las únicas características que diferencian estas cintas, que si bien atraen al público pequeño con una animación llamativa, no han logrado desarrollar temáticas imperecederas –algo trágico, considerando la competencia, pero que parece no importarles–.

Aparte del perdonazo que debemos hacerle a Sir Patrick Stewart por prestar su voz para un “desperdicio” parlante, “Emoji: La Película” no es un largometraje memorable, satisfactorio ni entretenido, sino un simple capricho en pos de las regalías, sirviendo como subterfugio fácil a una apuesta más riesgosa o con mensajes de mayor peso. Aunque es una cinta mala promedio, más en la línea de “Despicable Me 3” (2016) que “Foodfight!” (2012), la carencia de corazón y esencia en su realización, además de una terrible mezcla de sonido y la forzosa construcción de los personajes, la hacen muy poco tolerable por donde se le mire.

Por Daniela Pérez

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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