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Elysium

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Hace cuatro años, un joven cineasta de nombre Neill Blomkamp dejó boquiabierto al mundo con el debut de su opera prima, “District 9” (2009). Con recursos reducidos, erigió una cinta de ciencia ficción que, por donde se le mire, es una joya. Armado de un estilo narrativo fascinante, una rica doble lectura y una acción dinámica y bien suministrada, concibió un clásico instantáneo. Puede que en una época más brillante de Hollywood no hubiese asombrado tanto, pero su debut estuvo bañado de tanta contundencia, prolijidad y novedad, que no dejó indiferente a nadie. Ya con la industria en su bolsillo, ahora llega con su segundo largometraje, “Elysium”. El sudafricano nacionalizado canadiense se muestra bastante más extraviado con una historia de similar magnitud.

La cinta se ubica en 2154, año en que la Tierra se encuentra devastada y sumida en la pobreza y sobrepoblación. Pero no todos deben pasar las mismas pellejerías: una parte de los humanos ha construido su propia estación espacial, Elysium, donde viven cómodamente y poseen la tecnología para mantenerse siempre sanos. Max Da Costa (Matt Damon) es un ex convicto que trabaja en una empresa robótica, quien desde pequeño sueña con “ir arriba”, pero que luego de un accidente no le quedará más remedio que intentar llegar como sea a Elysium. La tarea parece imposible, dado que ningún habitante de la Tierra tiene derecho a visitar la morada de los ricos.

¿Suena parecido a algo todo esto? Pues claro: un poco de “Gattaca”, otro tanto de “District 9” y una pizca de “Robocop”. No deja de ser desalentador que una propuesta enmarcada en un género de posibilidades tan ricas como la ciencia ficción aparentemente luzca tan familiar, pero, a decir verdad, la mezcla de influencias resulta atractiva. No vamos a venir a rasgar vestiduras por si es más o menos novedosa porque, además, esa está lejos de ser la mayor debilidad en una cinta de irregular tranco. Su problema no es tanto que nazca de un argumento propio que bebe de muchas fuentes, como que sus decisiones a la hora de abordar una historia estén marcadas por el desbalance.

ELYSIUM 02La película encausa sus esfuerzos hacia la vía de la acción dura y el drama extremo: estamos contra el tiempo y el protagonista tiene todas las de perder. En beneficio de ese objetivo, el filme goza de una narración que avanza a una velocidad avasalladora, dotada de una acción exquisitamente filmada. Hay unas cuantas secuencias para el recuerdo, de hecho. El diseño de producción y los efectos especiales son extraordinarios y dan sostén a  este borde del filme, que vendría siendo el rasgo más impresionante. La historia se extiende por casi dos horas y prácticamente no da tregua al espectador, con pocos momentos de respiro.

Lamentablemente, las pausas, además de ser escasas, tienen poco de genuino y reflexivo, y vienen a ser caídas feas en un conjunto que constantemente propone un avance demoledor. Los momentos de freno resultan muy forzados, sobre todo porque el poder emotivo de la cinta es liviano y abocado al cliché. Para intentar otorgarle consistencia a este punto, emplea frecuentemente el recurso de la anacronía, pero la jugada está lejos de funcionar y tanto empleo del lugar común termina por provocar un efecto chocante.

A esto se adiciona al hecho de que el diseño de sus personajes es grueso. En vez de aplicar una definición cuidada, privilegia el brochazo, y sólo el protagonista tiene algo más de hondura. Tal como en la construcción de la historia, hay poca intención de otorgar matices: lo negro es negro y lo blanco es blanco. Para peor, son llevados a la acción en caricaturescas actuaciones, en especial por parte de los intérpretes latinoamericanos.

La película, a medida que avanza, va descartando las posibilidades de enfrascarse en una reflexión sobre la lucha de clases y termina limitando todo a un combate entre antagonistas. Hay poco espacio para todo aquello que tenga orientación al espesor y le segunda lectura, entregándose a la tónica que reina en la industria: poca cabida para la calma y más espacio a la espectacularidad. La puerta de la reflexión y el doblez queda abierta, sin jamás aprovecharla, contrario a lo que hiciera “District 9”, donde la metáfora del apartheid estaba servida y era aprovechada de maravillas.

Puede sonar extraño, pero a ratos pareciese que estamos sumergidos en la primera realización de Blomkamp. El tono trágico, la crudeza de su acción, la manera en que está filmada (nerviosa cámara en mano), la paleta de colores de sus imágenes, llevan a esta conclusión. De hecho, pareciese que ambas visiones de un futuro contienen apenas unas cuantas diferencias. Además, ambas tocan una galería de temas similares, partiendo por la disgregación social. Resulta no poco desconcertante que el director se haya embarcado en una historia que guarda tantas similitudes; parece ser que le dio pánico desmarcarse totalmente de su exitosa primera película. El problema es que esta vez  le falta todo el cuidado y coherencia que exhibió anteriormente.

Con un presupuesto incrementado, Blomkamp consigue demostrar una vez más una pericia visual asombrosa, pero es una pena que no vuelva a acertar en la elaboración de la trama. No suelta al espectador, pero la sensación final es más fatigante que satisfactoria. Si la cinta continúa siendo interesante hasta el final es porque cuenta con acción de primer nivel narrada a un ritmo intenso, y porque hay destellos de ideas interesantes. Esta acción tan contundente no está al servicio de una historia armónica, ya que la película descuida frentes de su argumento, en especial la confección de sus personajes y el apartado emotivo. Su propósito final es estimable, el problema es que este vez Neill Blomkamp no afinó piezas vitales que permiten al cine ubicarse en un nivel de excelencia, quedándose, en efecto, en el quiero y no puedo. No obstante, por las ideas que pone sobre la mesa, por su detallado virtuosismo visual, por su desparpajo a la hora de proponer acción, amerita que sea discutida, probablemente más que ningún otro blockbuster estrenado este año.

Por Gonzalo Valdivia

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