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El Sueño de Walt

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Siempre resulta atrayente para quienes nos gusta el cine saber un poco más acerca del proceso creativo detrás de las obras, en especial de algunas que hayan alcanzado el estatus de icónicas y aún más aquellas en cuyo proceso se hayan dejado entrever diferencias irreconciliables o conflictos que pusieron en peligro el proceso de producción. “El Sueño de Walt” llega con la promesa de eso y mucho más, contando la historia detrás de la adaptación de Mary Poppins y la serie de dificultades que SAVING MR BANKS 01vivieron el propio Walt Disney (Tom Hanks), el guionista y los responsables de la música durante las dos semanas en que la propia autora de los libros, Pamela L. Travers (Emma Thompson), se unió a ellos para supervisar el trabajo, imponer sus condiciones y oponerse a la mayoría de las ideas que propusieran.

Cabe hacer la advertencia al espectador de que no se dejé engañar por el título que se le dio por estas latitudes a la película. Aún cuando es la excusa para contar la historia, la cinta no es acerca de los esfuerzos de Walt Disney por llevar a la pantalla grande la historia de Mary Poppins y así cumplir con la promesa hecha a sus hijas 20 años atrás. La película se centra en la figura de Pamela Lyndon Travers, de cómo una pequeña niña australiana de nombre Helen Lyndon Goff se convierte en la connotada autora de los libros sobre la nana mágica, y de la indeleble marca que dejó en su vida la figura de su padre, interpretado de manera solvente por Colin Farrell, en un papel que pareciera hecho a su medida (de ascendencia irlandesa, alcohólico e irresponsable, pero de buen corazón).

En este sentido, el enfoque de la cinta busca mostrar cómo cada una de las experiencias de vida de Travers influyeron en su obra e inspiraron los personajes que la habitan, además de explicar el por qué de su férrea oposición a que fuera Disney el responsable de adaptar su obra al cine, por temor a que está fuera erróneamente interpretada al suavizar su contenido y trivializarlo con canciones, bailes y dibujos animados, llegando al punto de que la propia autora entorpece constantemente las sesiones de preproducción para sabotear de alguna forma la película, todo con tal de defender su obra.

Al igual que en la anterior película de su director John Lee Hancock, “The Blind Side” (2009), el guión se toma bastantes licencias a la hora de contar una historia basada en hechos reales, omitiendo detalles relevantes o suavizando otros que pudieran llevar el relato por otros derroteros. Estas licencias son las que permiten que un historia de conflicto y poder se transforme en una más clásica del Hollywood de redención y triunfo, de cómo se ablanda hasta el corazón más duro, con ese tono de “feel good movie” al que el director nos viene acostumbrando, para que dejemos la sala con un buen sabor en el paladar y salgamos a disfrutar del bello día que hay afuera.

Estas licencias también influyen para que, a pesar de que vemos a un Walt Disney con un perfil más cercano a un empresario que a un artista, levemente arrogante y con unos cuantos vicios, y a una Pamela Travers excesivamente flemática, hosca y terca, estos aparentemente insoportables personajes se conviertan en otros absolutamente queribles. Ello no podría ser posible sin el innegable talento de Tom Hanks y Emma Thompson, quienes destacan por su trabajo. Así también lo hace el resto del reparto, en especial Paul Giamatti y Jason Schwartzman, convirtiendo a las interpretaciones de esta cinta en su punto más fuerte, tanto en las partes dramáticas como en las leves intervenciones cómicas que matizan el relato.

Con una perspectiva algo más desafiante hacia la figura y legado de Disney o un tono más realista, habría resultado ser material perfecto para premiaciones, en especial por sus loables interpretaciones. Aún con su excesivo sentimentalismo, sus omisiones, las distorsiones en cuanto a la verdadera relación existente entre Disney y Travers, y sin resultar en absoluto imprescindible en nuestra cartelera, la película es agradable y bastante entretenida, por lo que se puede disfrutar sin problemas.

Por Rodrigo Garcés

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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