El Seductor

jueves, 7 de septiembre de 2017 | 12:11 am | No hay comentarios

Título original:

The Beguiled

Dirigida por:

Sofia Coppola

Duración:

93 minutos

Año:

2017

Protagonizada por:

Colin Farrell, Nicole Kidman, Kirsten Dunst, Elle Fanning, Oona Laurence, Angourie Rice, Addison Riecke, Wayne Pére, Emma Howard, Matt Story, Rod J. Pierce

La producción más reciente de la multifacética directora Sofia Coppola se plantea como una reversión del trabajo de Don Siegel en 1971, que lleva el mismo nombre, por lo que ganarse un lugar para sí misma desmarcándose de aquella producción protagonizada por Clint Eastwood es uno de los principales desafíos que el filme logra sortear desde sus primeros minutos.

Basada en la novela original de Thomas P. Cullinan y adaptada por Sofia Coppola, la historia nos presenta a un grupo de señoritas lideradas por la institutriz Miss Martha (Nicole Kidman) que albergan a un malogrado soldado yanqui (Colin Farrell) durante la Guerra Civil estadounidense en una trama llena de reveses, amores, seducción y desventuras.

Desde los primeros minutos, la historia busca instaurar un lenguaje estético y artístico en la forma en que avanza y presenta los hechos. Los detalles están sumamente cuidados y da la impresión de un trabajo profundamente consciente de lo que busca proponer en términos artísticos. En este sentido, uno de los grandes pilares de la película viene dado por el juego de cámara prolijo que presenta; una mezcla de ángulos y colores que no sólo hablan en favor de la historia, sino que hacen constante hincapié en las texturas y formas enrevesadas que se van sucediendo a medida que el soldado McBurney (Farrell) interactúa con las damas que le dan asilo.

Sin embargo, a pesar del trabajo impresionante de los ángulos y secuencias de cámara de esta primera mitad del filme, una de las decisiones más arriesgadas que toma la película es contarse a sí misma como una historia antigua, revistiéndose de una paleta de colores, un tipo de fuente tipográfica y una forma de actuación que apuntan en esa dirección. No estamos en presencia de una reactualización, sino de una revisita íntegra a la historia ya contada por Siegel en el ’71, que toma en préstamo la estética desgastada del pasado para poner sobre la mesa temáticas contemporáneas como la aceptación, el deseo y los celos. Una apuesta arriesgada, considerando la línea estética que las películas de época han seguido en el último tiempo –de corte más moderno, apuntando a los colores vívidos, el resaltar a sus grandes figuras actorales y en un uso desmedido de efectos–, pero que logra envolver al espectador en su atmósfera particular.

Ahora bien, dentro de este mundo altamente detallista que juega con los elementos apenas perceptibles a través de los cuales sus personajes interactúan y construyen su mundo, cada aspecto menos cuidado del filme resalta de manera brutal al desentonar del resto de la propuesta. Es por esto que, al intentar agregar el trabajo musical al ominoso silencio inicial, la cinta comienza a desarmarse sobre sí misma: arreglos que entran o salen mal sincronizados, avisando de manera anticipada los puntos de tensión de la historia, van transformando lentamente la estética de los primeros minutos en un lenguaje nuevo que no logra funcionar en su segunda mitad. El clímax, situado como punto de quiebre entre ambas mitades, no sólo se vuelve predecible por esto, sino que se torna en exceso dramático como para generar cualquier tipo de empatía en el espectador.

Esta segunda parte, marcada en la narración por la aparición real de conflicto en forma de celos entre los personajes, está cargada de clichés y lugares comunes de teleseries que quiebran el ambiente y el ritmo que venía teniendo la propuesta de Coppola. Gritos exagerados y tensión que no logra instalarse, y que parece impulsada por la necesidad del guion –y no por un trabajo orgánico de la historia–, conjuntamente a un desenlace que peca de inocente debido a la falta de profundidad de su propuesta, parecen ser la tónica de esta segunda mitad. Si bien, el afirmar lo anterior no es postular que la película carezca de valor –puesto que lo tiene y su propuesta artística sigue siendo notable–, peca de inocente al caer recurrentemente en clichés que llevan a un clímax que sólo funciona por la benevolencia del espectador, debido a su falta de lógica para justificarse a sí mismo.

Es en esta confianza en que los gritos, golpes y reacciones exageradas son siempre la nota más alta del drama, donde la película se vuelve demasiado inocente y se transforma en un festival necesitado de la buena voluntad de quien la ve, siendo incapaz de plantarse como una propuesta sólida y completa; por el contrario, parecen dos películas totalmente distintas pegadas una frente a la otra y sostenidas únicamente por la buena voluntad del público. A fin de cuentas, “El Seductor” es una película que no logra presentarse orgánicamente y envolver al espectador en un viaje o en una atmósfera particular, sino que pide constantemente ayuda para plantear sus temáticas a medida que su final se acerca, perdiendo todo sentido del tacto a la hora de presentarlas.

Por Ricardo Tapia

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