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El Secreto de Albert Nobbs

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Las obras de arte son momentos de perfección que escapan del control del autor y toman vida más allá de cualquier preparación, consideración o planificación. A pesar que son un mito generalizado los “golpes de suerte”, sin la necesaria pericia, experiencia y, por sobre todo, preparación, es imposible dar con un buen producto final. Por otro lado, buena parte del valor del arte está en aquello que se escapa, que no se planificó, que desbordó la creatividad del artista y simplemente surge frente a los ojos del espectador. Sólo los grandes han logrado un equilibrio entre el control absoluto de toda la elaboración de una película y la necesaria improvisación, ese rayo de luz que dota de vida al arte. “El Secreto de Albert Nobbs” exagera en la perfección, sobre todo en la interpretación, y con eso se vuelve una película sin alma, donde la cuidada y precisa factura, atenta contra la empatía e identificación necesaria con el espectador.

Albert Nobbs (Glenn Close) es un reservado mayordomo en el hotel Morrison de Dublín; atento, eficiente y que cumple su trabajo sin quejarse. Con el dinero de las propinas pretende, algún día, comprar una tienda e independizarse, y quizás por fin lograr ser quién realmente es. Porque el señor Nobbs guarda un secreto: desde su adolescencia que se disfraza de hombre para así trabajar y sortear los maltratos y humillaciones que sufren las mujeres en la Irlanda del siglo XIX. Pero esta mascarada entra en crisis cuando la dueña del hotel (Pauline Collins) obliga a Nobbs a compartir cuarto con el pintor de brocha gorda Herber Page (Janet McTeer), quien descubre su verdadera condición. Por otro lado, Nobbs intentará convencer a Helen (Mia Wasikowska), joven camarera del recinto donde trabaja, de contraer matrimonio, pero ella se niega por mantener un romance con Joe (Aaron Johnson), el chico de los mandados.

Estamos ante una película de factura impecable, con actuaciones notables, que valieron dos nominaciones al Oscar 2012, a la protagonista Glenn Close y a Janet McTeer como actriz de reparto, respectivamente. El guión, basado en una obra del autor irlandés George Miller, fue adaptado por la misma Close, quien también participó en la producción. No hay objeciones que agregar en ningún sentido. La historia es novedosa, pese a que la premisa se dispare en los pies al revelarse demasiado temprano. Pero no es ahí donde está puesto el acento ni el conflicto. Lo importante no está en el engaño levantado por Nobbs para proteger su verdadera condición, sino en la imposibilidad de encajar en una sociedad que al parecer valora la mentira y la careta, y que las valida con injusticias de las que nadie puede escapar. Por eso que este mayordomo jamás logra concretar su liberación, está demasiado apresado en el engaño, tal como todos los demás personajes.

Albert Nobbs no encaja en este mundo. Más que un travestido, el personaje es completamente asexuado, en parte por años de represión, para así dotar de consistencia la treta que le permite vivir como hombre. He ahí su mayor conflicto, y también lo que impide que el público pueda conectar con él y su derrotero. La interpretación de Glenn Close es tan perfecta que se vuelve impenetrable. Nobbs no puede entender cómo otra mujer, que finge ser hombre igual que él, esté casada. Tampoco puede comprender como Helen prefiere la incertidumbre económica y emocional que le entrega Joe, en comparación con la oferta de matrimonio y una tienda que varias veces le propone. Si para Albert es imposible empatizar con las emociones y las pulsiones sexuales de ellos, tampoco nosotros podemos compartir sus dramas.

“El Secreto de Albert Nobbs” se perfila, de esta forma, como una película impecable, sin errores de forma, con una escenografía cuidada y precisa, unas actuaciones secundarias solventes y una intérprete protagónica rozando la perfección. Lo lamentable es precisamente eso: que al querer ser tan perfecta termine siendo una propuesta sin alma, demasiado pretenciosa, de esas cintas que sólo buscan el reconocimiento de los festivales y estatuillas varias. Por eso, el único instante donde el rostro entumecido de Nobbs se quiebra y llora, es el más valioso del metraje, es ahí donde ella se da cuenta de su maldición, y el espectador puede presenciar que, más que lograr la perfección, es el accidente de la emoción la que aporta vida a la obra.

Por Juan Pablo Bravo

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Avengers: Infinity War

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Avengers: Infinity War

Un total de 2.299 minutos –más de 38 horas– repartidas a lo largo de 10 años conforman uno de los experimentos cinematográficos masivos más grandes y ambiciosos que se hayan completado, a menos en parte en nuestro tiempo. Con el establecimiento del Universo Cinematográfico de Marvel (MCU), que comenzó oficialmente en 2008 con “Iron Man“, se cumple una década en que, a través de 18 películas de diferentes realizadores –la mayoría con la casa Disney por detrás–, han retratado en pantalla grande parte del vasto cosmos y otorgado de particulares estilos a los personajes creados por Stan Lee, Jack Kirby, Steve Ditko y otros genios de la tinta y el papel de historietas.

Con una fiel camada de fans alrededor del globo y un primer acercamiento en “Captain America: Civil War” (2016) a lo que sería tener tanto personaje en pantalla, la expectación creada ante un clímax apoteósico que auguraba la línea cronológica de los cómics (es necesario recordar que el MCU se desligo hace bastante de ese canon), la película más larga hasta la fecha nos entrega un goce visual para quienes siguen las historias de superhéroes hace años; un retorno quimérico en que cada escena post-crédito cobra sentido, y una experiencia insaciable de un viaje que es en realidad sólo la primera parte de algo mucho, mucho más grande.

Dos años después de los eventos de “Captain America: Civil War”, Thanos (Josh Brolin) emprende la búsqueda de las seis Gemas del Infinito: Poder, Realidad, Espacio, Tiempo, Alma y Mente, las que si son juntadas le otorgan al poseedor poder omnipotente. Esta empresa lo llevará a diferentes planetas, incluida la Tierra, lugar donde Los Vengadores y otros superhéroes deberán unir fuerzas para combatir al villano y salvar no sólo a la humanidad, sino que a todo el universo.

Tras una larga espera tan satisfactoria como completar un rompecabezas, pero a la vez tan desesperante como no encontrar las últimas piezas que faltan para armar la imagen completa, “Avengers: Infinity War” es una máquina de emociones alimentada por cada una de las cintas predecesoras en la cronología, que avanzan a través de cuatro y cinco historias simultáneas en las cuales los personajes que ya conocemos se van encontrando y en diferentes situaciones.

Esto le permite trabajar segura, con un balance ideal entre acción, drama y comedia, característica que no todas las cintas de este estilo han podido cultivar, pero que en esta penúltima entrega de la llamada Fase 3 del MCU se logra perfectamente. Los hermanos Russo, ya con bagaje en este mundo, la hacen funcionar orgánicamente y, pese a los temores de un aparente desorden, la veintena de personajes principales y secundarios célebres se rinden ante un protagonista inesperado, firme y completamente fascinante.

El suspenso que se crea desde la primera escena, cargada de un oscuro, sombrío y a ratos lúgubre tinte, señala que la madurez de los temas fundamentales desarrollados son consecuencia de todas las pequeñas acciones que ocurrieron previamente. Cada una de ellas tienen grandes derivaciones en la historia y, a pesar de que otras parecieron importantes en su momento y que acá pierden su peso, esta ficción es clara muestra de una obra construida con esmero, pensando en su pasado y, por supuesto, en su futuro.

Un gozo ‘ñoño’ especialmente exquisito para los fanáticos del MCU, que prácticamente han crecido junto a Marvel Studios y que ven cómo sus personajes favoritos ya están asentados, más maduros, pero no con menos energía. Y si hay una palabra que describe –al menos en parte– esta entrega, es: enérgica. De inicio a fin, incluso en las escenas más lentas y profundas, está la esencia indiscutible que hizo de las películas de superhéroes Marvel lo que son hoy. Dejando de lado las leves fallas y los lugares comunes de storytelling en los que siempre recaen, es la naturaleza de una épica inigualable la construcción de una fiereza que nos hace parte como espectadores, la que mantiene viva la llama en cada una de las historias y las que finalmente producen un frustrante y esperanzador deleite de principio a fin.

Hay escenas que recuerdan a las más legendarias batallas de la trilogía fantástica de Peter Jackson, y que llenan de un orgullo y un poder ajeno capaz de producir escalofríos o poner la piel de gallina. Y es esto precisamente el gran triunfo de esta cinta, que es capaz de crear expectación y construir un suspenso y una acción inigualables, a la vez que trabaja profundamente y desde diferentes prismas temáticas sobre el amor y la pérdida, todo en un mix balanceado con momentos hilarantes, junto a acción palomitera de la buena.

“Avengers: Infinity War” no escatima en utilizar los recursos visuales para completar una experiencia increíble; un caos ordenado de tomas delicadas y batallas con efectos del mayor nivel. Thanos, que gracias a Brolin y a la construcción física de su personaje infunde misterio y temor, va más allá de satisfacer las expectativas del villano, otorgándole además una tridimensionalidad imprevista, lo que es un gran acierto para el desarrollo del relato.

Para quienes no han seguido la línea de las cintas anteriores va a costar agarrar el tono de esta ficción, pues hay elementos esenciales que ya han aparecido, que explican la realización de las diferentes líneas argumentales, e incluso personajes veteranos que regresan del olvido. Porque, pese a la duración de su ejecución, no hay mucho tiempo para explicar lo que ya ha sido construido con antelación.

Puede sonar cursi y pretencioso, pero la magia que el MCU ha edificado a punta de ensayo, error y –digámoslo– repetición de lo que funciona, ha sido capaz de crear una épica fantástica de acción innegablemente trascendente. Es cierto que su objetivo macro es más taquilla que una reflexión posterior, pero la intensidad de su incuestionable legado le ha permitido llegar al punto donde está hoy en la cultura pop. Es así como una amalgama de emociones contradictorias y frenéticas se producen durante las 2 horas y 40 minutos en que todo se comienza a juntar, en la que los imprevistos son parte del juego y que, poco a poco, nos llevan a un clímax insospechado y conmovedor con todas sus letras. Poca ciencia detrás de un armado estándar, pero sí con reveses extraordinarios que no temen adentrarse a un lado oscuro y en algunos momentos desalentador.

Una prueba a la paciencia del fan, esta sinfonía épica de drama y acción –un gusto concedido, disfrute hermoso y terrible a la vez– no es el fin de una era como ilusamente creemos: es sólo el intermedio de un viaje que todavía no está hilado completamente. La única escena al final de todos los créditos no otorga explicaciones, sino que abre el portal hacia las dos últimas cintas que culminarán esta parte de la crónica fantástica para dar paso, de una vez por todas, al esperado final en la cuarta película de Los Vengadores prevista para 2019.


Título Original: Avengers: Infinity War

Director: Anthony Russo y Joe Russo

Duración: 149 minutos

Año: 2018

Reparto: Robert Downey Jr., Chris Evans, Scarlett Johansson, Chris Hemsworth, Chris Pratt, Samuel L. Jackson, Josh Brolin, Elizabeth Olsen, Jeremy Renner, Tom Holland, Benedict Cumberbatch, Tom Hiddleston


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