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El Secreto de Adaline

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Es posible que, en el orden de las actividades dentro de una película, la figura del actor tenga menor relevancia cuando sabemos que es en el director y el o los guionistas sobre quienes recaen las tareas que determinan el resultado del filme en cuestión. Sin embargo, cuando el producto es mostrado al público, los papeles se tienden a invertir, y es en el actor –quien en el proceso de creación fílmica sólo fuera un elemento para la forma- en quien muchas veces se depositan los juicios respecto de la calidad que tenga el título. El anterior es un punto de consideración y muy interesante en el análisis, para saber cuál es la responsabilidad final del actor en la instancia que la historia flaquee y todo el peso de la misma se sostenga en el trabajo de él.

THE AGE OF ADALINE 01Adaline Bowman (Blake Lively) es una joven de 29 años que vive su vida de forma completamente normal en las primeras décadas del siglo XX, hasta que, tras sufrir un accidente, su vida dará un giro tan mágico como radical: Adaline dejará de envejecer. De esta manera, su increíble relato comienza a formarse a partir de un viaje que la llevará a ser testigo de muchos hitos en el tiempo, teniendo como único y gran problema la obligación de huir cuando ha pasado por largos períodos en un solo lugar. Sólo su hija, Flemming (Ellen Burstyn), conoce su secreto, sin embargo, esto podría cambiar cuando Adaline conoce a Ellis (Michiel Huisman), en quien es posible que ella vea una oportunidad para poder dejar de escapar y ser feliz al lado de alguien.

Una historia con tintes fantásticos que se deviene en una ilustración sencilla, muy por el contrario de los mejores dramas que nos ha entregado el cine, los que toman aquello cotidiano para convertirlo en algo extraordinario. Sin embargo, en “El Secreto de Adaline”, una película que claramente cursa por un sendero romántico, el drama se hace aparte para que la fantasía se adueñe de la raíz argumental, y determine que todo lo que pasa por el relato, por más simple y cercano que parezca, se encuentra siempre determinado por una estela mágica.

THE AGE OF ADALINE 02Son muchas las personas que quisieran vivir eternamente, deteniéndose el paso del tiempo cuando aún se es joven, pensando en que todo girará en torno a uno, y no al revés, como suele pasar cuando la vejez es una realidad. Pues bien, en este largometraje las cosas se entienden por medio de dos lecturas: en efecto, todo puede ser miel sobre hojuelas cuando sabes que eres técnicamente inmortal, pero después ¿qué? El aburrimiento, la vida en pareja descartada, y el miedo como consecuencia de saberte el único que puede optar a una vida que no se va apagando. Sin tanta exageración, este es un ítem que la cinta va abordando muy bien al exponer constantemente un cara y sello en su desarrollo.

Con “El Secreto de Adaline” es inevitable traer al recuerdo a aquella maravillosa película de ciencia ficción sin efectos especiales que es “The Man From Earth (2007), en la medida que el argumento de las dos es muy similar, no obstante, apuntando cada una hacia distintas direcciones. Al contrario del título dirigido por Richard Schenkman hace ocho años, el que contaba con un guión tremendamente sólido, el filme que aquí comentamos tiene falencias garrafales a este respecto, encontrándose en el camino de diálogos prefabricados y lienzos poéticos del tipo: “Años, amantes, y copas de vinos, son cosas que nunca se deberían contar”, que acaban sintiéndose fuera de lugar. También, la utilización de eufemismos para mostrar situaciones que no requieren tanto trato porque en su exhibición son claras, restan gratuitamente.

THE AGE OF ADALINE 03Por otra parte, cuando la cinta quiere dar con respuestas para poner en contexto a la historia, cae en confusas explicaciones de corte casi metafísico que son absolutamente innecesarios, perjudicando, a su vez, a ciertos giros y conclusiones que hacen del relato algo muy predecible. Es aquí cuando se produce la inflexión respecto a la forma y fondo, cuando la figura de la actriz que da vida a Adaline, Blake Lively, llena con un encanto natural a la pantalla –como las otrora divas de Hollywood hicieran en los años dorados de aquel- aplacando así gran parte de los errores que se encuentran presentes.

El aporte imperecedero de una figura como la de Bob Dylan más la participación de Lana del Rey con su deslumbrante voz en el soundtrack del largometraje, ayudan a llevar por momentos muy íntimos ciertos pasajes del mismo, sosteniendo aún más la intención de mostrarse cercano al espectador. Si se añade la muy bonita fotografía, “La Vida de Adaline” termina siendo una película que se deja ver. En definitiva, una película querible.

Por Pablo Moya

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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