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El Reino Secreto

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Es difícil negar que vivimos en una buena época en lo que a películas animadas se refiere. Los avances tecnológicos en esta área, así como la calidad de los productos que han salido recientemente, han dejado la vara muy alta en cuanto a las expectativas que la audiencia pueda tener respecto a las ofertas de este formato. “El Reino Secreto” llega en medio de estas expectativas, siendo uno de los estrenos más publicitados y anticipados del verano norteamericano.

Se trata de la historia de MK, una joven que, tras la muerte de su madre, se va a vivir a la casa de su distanciado padre, un científico obsesionado con develar la dudosa existencia de microscópicos seres que habitan el bosque en el que se encuentra su hogar. Resulta que dichos seres no sólo existen, sino que rápidamente MK se ve involucrada con ellos y reducida en tamaño para ayudarlos a proteger un capullo que representa la única oportunidad de las criaturas de salvar al bosque de un grupo de seres que quiere destruirlo.

Del estudio que trajo “La Era de Hielo” es fácil esperar una fórmula que sepa complacer a las masas, y eso se encuentra en “El Reino Secreto”, especialmente en lo relativo a lo visual. El mundo creado en la película es deslumbrante y está construido para impresionar; un bosque visto desde adentro y desde abajo, con miles de detalles específicos de un reino que se ha construido con recursos naturales, con aspectos como el agua y los rayos del sol enfatizados, los cielos como trabajadas y coloridas pinturas y árboles hiperrealistas brillando al fondo de cada cuadro. Los realizadores han admitido querer crear un gran mundo original, comparable al Pandora que vimos hace unos años en “Avatar”, y gracias al minucioso diseño de producción, quizás hayan creado el universo más inmersivo desde la cinta de Cameron.

EPIC 02A lo largo del filme, los pequeños seres se involucran en una serie de batallas para defender su reino, las que son explotadas de la forma más atractiva posible mediante ángulos y seguimientos de personajes que, a la vez que detallan dichas escenas de acción, exploran el mundo en las que estas se desarrollan. La creatividad de los realizadores para saber mostrar de mejor manera este espacio, junto a la edificante banda sonora de Danny Elfman, ayudan a que la película se luzca y cree un verdadero espectáculo. Donde la cinta decepciona, es en el aspecto narrativo. Los logros visuales no significan que la historia en sí deba sacrificarse, pero es lo que termina sucediendo con “El Reino Secreto”. El humor sencillo y la simplificación de los conflictos, provocan que se pueda reducir la trama fácilmente a “Bien vs. Mal” sin mayor explicación, incluso enfatizando estos aspectos con algunos tan obvios como los colores que rodean a los personajes (brillantes y saturados en el caso del primero, y grises y oscuros para los antagonistas), que también resultan unidimensionales, pudiéndose prever fácilmente el rol que cumplirá cada uno.

Otro aspecto a destacar es la inclusión de una protagonista femenina al centro de la historia, una tendencia bienvenida y cada vez más común en las películas animadas (visto recientemente en “BraveEPICo “Tangled”) y una buena maniobra de parte de los estudios que, aunque aún no se atreven a titular una cinta según el nombre de su heroína, las presenta prominentemente y sin necesidad de darles roles masculinos para llenar. Ese es el caso de MK, que asume con rapidez y valentía el papel que debe cumplir, y cuya trama romántica está relegada a un aspecto secundario.

“El Reino Secreto” logra hacerle honor a su título en cuanto a sus aspectos visuales y el mundo que crea, a pesar de que la historia central parezca existir simplemente con el fin de mostrarlo y hacer alarde de él. Sin embargo, es una cinta entretenida y a veces emotiva, y el espectáculo visual es tal, que es suficiente para hacer de esta una película recomendada.

Por Ignacio Goldaracena

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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