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Cine

El Pulso

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Al parecer, los niveles de absurdo varían dependiendo de quién es el responsable. Porque si ha sido el maestro del terror Stephen King, entonces una idea irrisoria es dotada de significancia a la fuerza. La riqueza yace en el subtexto, desde luego, por lo que atreverse a juzgar es básicamente delatar la falta de comprensión y es entonces culpa de uno. No es como que el uso del concepto del muerto viviente como metaforización de una sociedad dopada por el consumismo, individualismo y tecnología, sea CELL 01antiguo. Basta con que la idea la agarre un pez gordo y ya es rupturista.

El novelista gráfico Clayton Riddell (John Cusack) acaba de llegar a Boston para celebrar con su familia la venta de derechos de su último trabajo, cuando se desencadena un terrorífico fenómeno: frente a sus ojos, la gente se transforma en zombies. Causada por la señal de celular, la peste es bautizada como “el pulso” y amenazará con llevar al apocalipsis.

El guión es adaptado en parte por el mismo King, de su best-seller de 2006 “Cell”, escritor icónico del género que con justicia se ha ganado el trono, pero que sigue siendo un ser humano defectuoso. Especialmente ambicioso, prestando por milésima vez una obra suya para ser proyectada en pantalla grande a cambio de una cifra rica en ceros, lo que es comprensible. Lo que no lo es tanto es que una película tan malograda haya sido aprobada: se pensaría que, con semejante puñado de clásicos del cine inspirados en sus creaciones, el estadounidense contaría con una capacidad selectiva más afilada. En vez de ello, acá se entrega un error de hora y media, donde John Cusack y Samuel L. Jackson se repiten el plato tras CELL 021408” (2007) como dupla protagónica. Malas decisiones que arrancan desde ahí, dada una desabrida química entre los actores y equivalentes desempeños individuales. Un aire de conformismo los envuelve a ambos, una especie de auto-consciencia de sus estatus que los ilustra apenas decentes (al menos Jackson, pues hasta un amateur brinda una actuación más convincente que Cusack). La ley del mínimo esfuerzo para justificar el sueldazo impera.

Los créditos iniciales acaban de completarse, recién uno se acomoda en el asiento y el conflicto explota sin más. Improbable que el shock cale hondo si no se ha sido preparado para ello, a menos que la idea sea delegarle la responsabilidad al espectador, forzándolo a impactarse. Es cierto que la autosugestión es importante en la experiencia del terror, pero va de la mano de un tratamiento que estimule los sentidos. Al darse cuenta que todavía resta la mayoría del metraje, surge la interrogante: ¿qué pasa ahora, cuando el caos ya se ha desatado y el mínimo asomo de susto desapareció?

Desde ahí, una historia que se arrastra y que obliga a interesarse por cuenta propia, porque la misma no se molesta en ofrecer un material sólido. El director Tod Williams delata su falta de tacto, incapaz CELL 03de manejar el ritmo, fallando en inspirar a los actores, permitiendo que el relato se diluya y coquetee con cobrar fuerza hacia el clímax sólo para culminar en un final incomprensible. Incluso el departamento de maquillaje cumple a medias, dando vida a unos zombies fastidiosos, asunto que contrasta con el deficiente trabajo dramático de los extras que se ponen en sus zapatos: de caras hilarantes, Williams olvidó recordarles que se supone que dan miedo.

Se reitera majaderamente, a través de la imagen y el sonido, que es una metáfora del teléfono móvil como elemento dopante de la sociedad contemporánea, con la falta de sutileza principal dentro de un trabajo que en lo global no es sutil. Ya que el mensaje se capta enseguida, se extraña la búsqueda de una distracción que ofrezca una vuelta a la hipótesis. Por más que sea la esperada adaptación fílmica de un éxito literario, sigue siendo torpe en la superficie y en el concepto, transformándose en la prueba de que grandes nombres no siempre aseguran calidad.

Por María José Álvarez

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Cine

David Lynch: The Art Life

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David Lynch: The Art Life

A través de su filmografía, y con el reciente regreso de “Twin Peaks”, David Lynch ha demostrado ser uno de los autores más prolíficos y complejos de las últimas décadas. Desde su primer largometraje, “Eraserhead” (1977), que su imaginario significa entrar a mundo de sensaciones donde representaciones visuales de la psiquis se vuelven tangibles. Debido a lo intrincado que podría ser su forma de narrar, experimentar su obra exige conectar con lo sensorial, pues su trabajo busca crear reacciones y evocar emociones. El director de “Blue Velvet” (1986) y “Mulholland Dr.” (2001) ha sido capaz de construir un estilo reconocible gracias las características que su obra comparte, en un estilo vago e incierto, pero envolvente, donde lo inexplicable convive con personajes que se ven atrapados en mundos complejos.

Dirigido en una colaboración entre Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm, el documental “David Lynch: The Art Life” se centra en el trabajo artístico pictórico del cineasta, mientras se va creando un relato autobiográfico de sus primeros años formativos y su acercamiento al arte, sirviendo como puente entre sus inicios en esta disciplina y sus primeras obras cinematográficas.

Las conversaciones de tres años entre los realizadores y el director estadounidense son condensadas en una hora y treinta minutos, en un relato íntimo en la voz del mismo Lynch. El hecho que sea construido como un monólogo produce una atmósfera más natural y cercana con el director, así también adjudicando un punto de vista donde el espectador sólo observa cómo se mezcla su creación artística y su biografía. La voz en off de Lynch se hace omnipresente en un montaje que mezcla al artista trabajando en sus obras plásticas, en su estudio en Los Angeles –a veces acompañado de su pequeña hija, Lula– intercalando material biográfico como fotografías, videos de archivo y sus pinturas.

La autobiografía que acompaña el viaje visual habla de sus inicios, vida familiar, la relación con sus padres y cómo su influencia inevitablemente ayudó a formar su primera relación con al arte, siendo capturado por esta disciplina cuando decide mudarse a Filadelfia, donde pudo estudiarlo de manera profesional. Y es a través de todas estas experiencias e historias acumuladas que se juntan para inspirar gran parte de su trabajo, y cómo en el proceso de absorber, internalizar y plasmar se ha moldeado un imaginario enigmático y surrealista.

Claramente el foco de este registro documental está puesto en sus creaciones plásticas, concebidas a partir de distintos materiales y mezclando técnicas pictóricas que le dan la libertad de crear pequeños universos, en cuadros que perfectamente podrían ser sacados de alguna de sus películas. Por otra parte, los realizadores utilizan estas obras en el montaje no tan sólo como un apoyo visual, sino también para poder crear pequeños episodios visuales que enfatizan los relatos en off, y utilizando los textos que el mismo Lynch incorpora en sus cuadros, se destaca el estado emocional del relato. Por último, el uso de stop motion le agrega un dinamismo a la narración, haciendo de estas obras pequeñas escenas de la vida del artista, donde algunas de ellas contienen personajes que parecen atrapados en distintas realidades.

Este documental termina siendo un estudio del autor en un estado mucho más primitivo, además de una exploración íntima, donde se logra ver el mundo a través de sus ojos y se puede conocer con frescura una etapa de descubrimiento y creación artística. No es un retrato biográfico de principio a fin, tampoco se centra en una obra en particular, sólo es un acercamiento a procesos creativos desde una mirada de total naturalidad y comodidad por parte del cineasta.

Para entender el universo interior de David Lynch, y posteriormente apreciar con mayor profundidad su trabajo, es importante considerar todos los aspectos y los procesos de creación que lo han llevado a posicionar su nombre y ser poseedor de un estilo particular y reconocible. Así, este documental logra dar a conocer ese otro aspecto del cineasta, un lado que tiene relación con su configuración estética. Se vuelve importante conocer y revisar su filmografía, no necesariamente para poder entender este relato –sólo se cita a sus primeros cortometrajes y las primeras etapas de producción de “Eraserhead”–, aunque sí puede servir como complemento para enriquecer este acercamiento diferente y privado.


Título Original: David Lynch: The Art Life

Director: Jon Nguyen

Duración: 88 minutos

Año: 2016

Reparto: David Lynch, Documental

 


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