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El Niño

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Desembarcan, sacan su botín y se retiran sin dejar huella. Así podría resumirse el andar de las películas de terror por los cines en los últimos lustros, en que han caído en la elaboración desproporcionada y sin alma, tal como el resto de los géneros abocados por naturaleza a lo comercial. En sus amenazantes títulos llevan “infierno”, “diablo”, “demonio” y, por supuesto, “terror”, sucediéndose sin dejar más que migajas para el análisis. Casualidad o no, justamente una cinta a la que no le toca cargar con un título grotescamente obvio respecto al género en el que se enmarca, al menos muestra intentos de escapar de eso y ser algo más que otra infame representante.

THE BOY 01Huyendo de una relación pesadillesca, Greta (Lauren Cohan) abandona Estados Unidos para intentar encontrar tranquilidad en un retirado pueblo inglés, asumiendo un trabajo que luce de lo más normal: hacer de niñera de Brahm, el supuesto hijo pequeño de los ya mayores señor y señora Heelshire (Jim Norton y Diana Hardcastle). Sólo al arribar a la antigua mansión se entera de que ha sido contratada para encargarse de los cuidados de un muñeco de porcelana del tamaño de un niño, al que los ancianos tratan como si fuera de carne y hueso. Si bien ante tal perturbadora sorpresa Greta acepta, su desconcierto pasará a otro nivel cuando el matrimonio revele que debe salir, quedando sola con Brahm y una larga lista de indicaciones que debe seguir al pie de la letra, como despertarlo y alimentarlo.

A poco de iniciada la película se aclara el porqué de la presencia del muñeco y el trato que recibe éste de parte de sus “padres”, lo que podría lucir como una torpe zancadilla que la propia cinta se hace, como un autogol si la intención clara es poner un manto de intriga. Pero, tal vez, esa jugada más que encarnar eso sea un paso obligado a modo de THE BOY 02justificar lo irrisorio de la premisa, que inicialmente es expuesta en todo su disparate. Lo que luego propone el director William Brent Bell, sin embargo, merece al menos una cuota mínima de atención. Su elaboración descansa en el thriller psicológico, haciendo uso de todos esos artilugios y mañas propias de un género que no quiere extinguirse ni tampoco renovarse.

Brent, quien viene de ejecutar propuestas mucho más directas y cercanas al gore –“Devil Inside” (2012) y “Wer” (2013)–, hace esfuerzos por empujar el género en otra dirección, partiendo por trazar progresivamente un paralelo entre el pasado reciente de la protagonista y el infierno que empieza a vivir en esa casa (como siempre, antigua, enorme, terrorífica). Un esbozo de una bienvenida aspiración de dejar todo en el mundo de lo que podría eventualmente pasar o estar ocurriendo, alejando la intriga del muñeco, y así apostar por generar atmósferas y jugar con cuándo y cuánto mostrar.

Eso en el grueso de la película sólo queda como un intento, porque el susto tras susto se impone finalmente y porque los recursos que emplea para expresar que Greta está perdiendo la razón están mediocremente utilizados –lo que, curiosamente, no pasa con los instrumentos que saca del maletín para hacer saltar del asiento a la galería–. El THE BOY 03director se termina refugiando en ese terruño, que maneja y conoce mucho mejor que el mundo de las sutilezas, dejando sin cumplir un intento que podría haber sido valorable, pero que sólo resulta cosmético dentro de un paquete sin muchas luces, por más efectividad que exhiba a ratos.

Lo que la hace decepcionante es que, como tantas otras cintas que no hallan cómo salvarse del olvido, inserta una última vuelta de tuerca que borra de un plumazo todo lo que podía quedar de una búsqueda más noble y arriesgada. Así, incompresiblemente, todo lo que, sumando y restando, va construyendo de manera sigilosa se termina evidenciando innecesariamente. Aunque a su favor cuenta con más de algún mérito, y es considerablemente mejor que la deleznable “Anabelle” y que gran parte de las legiones de largometrajes similares que copan cada mes los cines, esa última decisión gatilla que entre en el terreno de lo prescindible y que haga pensar que no hay nada que hacer para revertir el pobre estado del género.

Por Gonzalo Valdivia

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Shiva Baby

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Shiva Baby

Esta es una situación demasiado habitual: tener que asistir a un evento al que no se quiere ir, soportar a parientes y amistades de la familia que se toman las atribuciones para comentar sobre nuestra vida y apariencia, e intentar mantener la calma cuando se escuchan los comentarios que enmascaran la desaprobación de aquella gente opinante. Querer presentarse de una manera apropiada para enorgullecer a tus padres frente a los asistentes, mientras que el aire es robado por cada interacción. “Shiva Baby”, el debut en largos de Emma Seligman, toma lugar en este asfixiante escenario.

Basada en un corto de 2018 de la misma directora, la película se centra en la historia de Danielle (Rachel Sennott), una joven bisexual a punto de graduarse de la universidad sin un plan en mente, quien se dedica a tener sexo con hombres mayores a cambio de dinero. Junto a sus padres, ella debe asistir a un shiva, un velatorio judío que se realiza posterior al funeral de una persona. Dentro de los asistentes se encuentran sus entrometidas tías, su exitosa ex novia Maya, y Max, su sugar daddy.

En “Shiva Baby” Danielle funciona como la catalizadora del caos que sucede en la jornada y Rachel Sennott es totalmente destructiva en su rol protagónico. Su rostro insidioso se enciende mientras procesa su enojo y envidia, que la llevan a tomar pésimas decisiones. Ella mira calculadoramente mientras piensa cómo puede ejercer dominación en estas dinámicas de poder y, de igual forma, su mirada revela cuando nerviosamente se retira ante su derrota. La actuación de Sennott es comparable a presenciar un auto que acelera a toda velocidad mientras se dirige a un muro; es completamente avasalladora, pero imposible de ignorar.

El resto del elenco funciona como una perfecta contraparte en esta desenfrenada jornada que escala a cada minuto, destacando especialmente sus padres. Debbie (Polly Draper) conoce perfectamente los impulsos de su hija, la apoya y reprende en la misma medida, dando como resultado una divertida y refrescante dinámica entre las dos. Por otro lado, Joel (Fred Melamed) juega un poco con el estereotipo de padre despistado e incompetente, pero su presencia tiene un aire inocente y reconfortante, dando paso a cómicas situaciones.

El evento que los reúne es filmado maravillosamente por la directora Emma Seligman, quien crea una atosigante atmósfera, logrando transmitir la abrumante mirada crítica de los asistentes y la ansiedad que provocan en la protagonista. La película crea una enfermiza tensión con claustrofóbicos planos, una musicalización cercana al género de terror y un montaje preciso. Seligman saca el máximo provecho de una sola locación, en esta aplastante casa atestada de personas que cada vez se siente más abultada.

A medida que “Shiva Baby” avanza y las situaciones se tornan más absurdas, la calidad de la comedia sube con escenas perfectamente orquestadas para desembocar en una estresante resolución. El guión, con un perturbador sentido del humor, construye magistralmente estos pilares que se caen uno tras otro. Todo esto se desenvuelve bajo el lente de una interesante propuesta sobre cómo una joven se relaciona con su propia sexualidad y cómo encaja dentro de las expectativas que no logra cumplir, mientras se relaciona con las mujeres que aparentemente sí lo hacen.

Este largometraje es un angustioso espectáculo, que llega a ser muy difícil de mirar, pero no falla en entretener. Instala poderosamente a dos nuevos talentos con la llegada de una chispeante actriz principal y una inteligente directora con un negro sentido del humor. “Shiva Baby” es un electrizante viaje que, en unos compactos 77 minutos, logra construir un rico y asfixiante mundo, dejando al espectador con ganas de más.


Título Original: Shiva Baby

Director: Emma Seligman

Duración: 77 minutos

Año: 2020

Reparto: Rachel Sennott, Danny Deferrari, Fred Melamed, Polly Draper, Molly Gordon, Glynis Bell

 


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