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El Mago

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Pequeñas distinciones son las que despiertan el interés respecto al estreno nacional de la semana y lo separan de la forma más tradicional en que pudo haber sido contado. Es una película que mezcla aventura, drama, crimen y romance, pero ubicado en un remoto pueblo nortino alterado por la llegada de un espectáculo circense, con un despliegue de trucos de magia y la participación protagónica del conocido mago e ilusionista Jean Paul Olhaberry.

Horacio (Olhaberry) vive con su hermano Ángel (Alonso Quinteros) en el pequeño pueblo costero de Puerto Viejo. Ayudan a su padre en su taller, pero Horacio es un mago amateur que sueña con llegar más lejos. Cuando a la localidad llega un dudoso circo ambulante dirigido por un tal Negro Santa Cruz (Víctor Montero), Horacio intenta unirse al espectáculo y comienza una relación con Carlota (Ingrid Insensee), una bailarina que está emparejada con el dueño del circo. La relación de Horacio con la mujer y los secretos que esconde el circo enfrentan al aspirante a mago con el Negro en un conflicto en el que se pone en juego su vida.

EL MAGO 01La película es narrada por Ángel, quien le cuenta a un investigador los sucesos acontecidos, explicando desde el principio la muerte de su hermano a manos del Negro y relatando cómo todo aconteció. La historia no es estrictamente realista, y se denota una búsqueda por generar imágenes oníricas que obligan al espectador a cuestionarse si lo que está viendo corresponde a una historia lineal o si existen fragmentos propios de la imaginación de los personajes.

Pero donde más se nota esta separación de lo real es en el código de las exageradas actuaciones y en una jugada propuesta fotográfica. Las interpretaciones varían desde las ridículamente intensas, como la de Insensee –probablemente para suplir una falta de precisión para desarrollar un personaje arquetípico- hasta las derechamente hiperbólicas, como la rimbombante caracterización de Víctor Montero como el megalómano antagonista. Olhaberry, que alcanzó notoriedad como una mitad del dúo de magia Magic Twins, está más controlado en el protagónico que funciona como su debut en la pantalla, pero aun así actúa en códigos diferentes a los personajes que lo rodean, lo que genera algunas complicaciones. Por ejemplo, la relación que mantiene su personaje con Carlota se nos presenta como un amor que el mago nunca había experimentado antes, pero la falta de escenas de conexión real entre ambos se ve reemplazada por una serie de secuencias de sexo que dan a entender que su relación es solo física y contradicen esta noción.

EL MAGO 02La fotografía, por su parte, se destaca como el elemento técnico más funcional de la cinta, con planos cenitales y contrapicados que contribuyen a realzar la estética circense (que, aunque precaria, está presente a lo largo del filme) y una búsqueda por mostrar en profundidad la particular locación en que se desarrolla la historia. Este resulta ser el aspecto más atractivo de “El Mago”, que fue filmada en la bahía nortina de Puerto Viejo, en la que vive sólo un puñado de habitantes. Esta remota población aporta un componente nostálgico que de vez en cuando se cuela en la historia, en la que los hermanos discuten sobre su estadía en el lugar y sus ganas de salir de él.

El problema es que este es uno de los múltiples componentes que entran en juego en la película y, si en un momento existe este tono dramático y melancólico, luego da paso a una violenta discusión entre enemigos, y luego se muestra una animada secuencia en la que están presentados los trucos de magia que caracterizan la cinta, (que, además de ser un recurso entretenido, no aportan mucha novedad ni generan mayor interés). Estos cambios de tono no se manejan de forma armónica por parte del director Matías Pinochet, que transita forzosamente de uno a otro y deja que los momentos de alta intensidad dramática estén dictados más por una música insistente y un tiro de cámara arriesgado que por la involucración que uno pueda sentir por la historia y los personajes.

EL MAGO 03La película muchas veces opta por el impacto fácil, al igual que los trucos que presentan los protagonistas. Muchas peleas son impactantes, pero carecen de repercusiones y se terminan sintiendo gratuitas, sin que exista un riesgo real que pueda sorprender al espectador. A esto se le añaden una serie de giros, algunos con más sentido que otros, pero todos buscando darle dinamismo a una historia que podría prescindir de la importancia que se le asigna a tales recursos. Todo rematado por una sobreexplicación casi ofensiva de las situaciones, con diálogos que recalcan todo lo que está pasando, recurriendo a flashbacks para evitar que queden dudas respecto a lo mostrado.

“El Mago” cuenta con un concepto que podría ser interesante y se sitúa en una locación atractiva y evocativa, pero aunque se agradece que las producciones nacionales estén tomando riesgos temáticos y de estilo, la película finalmente se ve perjudicada por la necesidad de los realizadores de acentuar la acción, utilizar recursos facilistas y sobreexplicar lo que se quiere decir, resultando entretenido y efectivo en un primer momento, pero poco trascendente y significativo una vez que se mira de fuera.

Por Ignacio Goldaracena

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David Lynch: The Art Life

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David Lynch: The Art Life

A través de su filmografía, y con el reciente regreso de “Twin Peaks”, David Lynch ha demostrado ser uno de los autores más prolíficos y complejos de las últimas décadas. Desde su primer largometraje, “Eraserhead” (1977), que su imaginario significa entrar a mundo de sensaciones donde representaciones visuales de la psiquis se vuelven tangibles. Debido a lo intrincado que podría ser su forma de narrar, experimentar su obra exige conectar con lo sensorial, pues su trabajo busca crear reacciones y evocar emociones. El director de “Blue Velvet” (1986) y “Mulholland Dr.” (2001) ha sido capaz de construir un estilo reconocible gracias las características que su obra comparte, en un estilo vago e incierto, pero envolvente, donde lo inexplicable convive con personajes que se ven atrapados en mundos complejos.

Dirigido en una colaboración entre Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm, el documental “David Lynch: The Art Life” se centra en el trabajo artístico pictórico del cineasta, mientras se va creando un relato autobiográfico de sus primeros años formativos y su acercamiento al arte, sirviendo como puente entre sus inicios en esta disciplina y sus primeras obras cinematográficas.

Las conversaciones de tres años entre los realizadores y el director estadounidense son condensadas en una hora y treinta minutos, en un relato íntimo en la voz del mismo Lynch. El hecho que sea construido como un monólogo produce una atmósfera más natural y cercana con el director, así también adjudicando un punto de vista donde el espectador sólo observa cómo se mezcla su creación artística y su biografía. La voz en off de Lynch se hace omnipresente en un montaje que mezcla al artista trabajando en sus obras plásticas, en su estudio en Los Angeles –a veces acompañado de su pequeña hija, Lula– intercalando material biográfico como fotografías, videos de archivo y sus pinturas.

La autobiografía que acompaña el viaje visual habla de sus inicios, vida familiar, la relación con sus padres y cómo su influencia inevitablemente ayudó a formar su primera relación con al arte, siendo capturado por esta disciplina cuando decide mudarse a Filadelfia, donde pudo estudiarlo de manera profesional. Y es a través de todas estas experiencias e historias acumuladas que se juntan para inspirar gran parte de su trabajo, y cómo en el proceso de absorber, internalizar y plasmar se ha moldeado un imaginario enigmático y surrealista.

Claramente el foco de este registro documental está puesto en sus creaciones plásticas, concebidas a partir de distintos materiales y mezclando técnicas pictóricas que le dan la libertad de crear pequeños universos, en cuadros que perfectamente podrían ser sacados de alguna de sus películas. Por otra parte, los realizadores utilizan estas obras en el montaje no tan sólo como un apoyo visual, sino también para poder crear pequeños episodios visuales que enfatizan los relatos en off, y utilizando los textos que el mismo Lynch incorpora en sus cuadros, se destaca el estado emocional del relato. Por último, el uso de stop motion le agrega un dinamismo a la narración, haciendo de estas obras pequeñas escenas de la vida del artista, donde algunas de ellas contienen personajes que parecen atrapados en distintas realidades.

Este documental termina siendo un estudio del autor en un estado mucho más primitivo, además de una exploración íntima, donde se logra ver el mundo a través de sus ojos y se puede conocer con frescura una etapa de descubrimiento y creación artística. No es un retrato biográfico de principio a fin, tampoco se centra en una obra en particular, sólo es un acercamiento a procesos creativos desde una mirada de total naturalidad y comodidad por parte del cineasta.

Para entender el universo interior de David Lynch, y posteriormente apreciar con mayor profundidad su trabajo, es importante considerar todos los aspectos y los procesos de creación que lo han llevado a posicionar su nombre y ser poseedor de un estilo particular y reconocible. Así, este documental logra dar a conocer ese otro aspecto del cineasta, un lado que tiene relación con su configuración estética. Se vuelve importante conocer y revisar su filmografía, no necesariamente para poder entender este relato –sólo se cita a sus primeros cortometrajes y las primeras etapas de producción de “Eraserhead”–, aunque sí puede servir como complemento para enriquecer este acercamiento diferente y privado.


Título Original: David Lynch: The Art Life

Director: Jon Nguyen

Duración: 88 minutos

Año: 2016

Reparto: David Lynch, Documental

 


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