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Cine

El Lobo de Wall Street

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De la brillante generación que irrumpió en el panorama estadounidense a comienzos de los 70, Martin Scorsese es el único que mantiene firme su marca. Spielberg también, dirán algunos, pero la verdad es que es cada vez es menos Spielberg, más atareado en su labor de productor en cosas de discutible calidad que de volver sobre sus inquietudes y obsesiones. Scorsese es el único que continúa creando con la misma constancia, sin extraviar sus convicciones y sosteniendo su mirada feroz y convulsionada. Un cineasta que además no ha perdido la habilidad narrativa para hacerse cargo de historias inconmensurables. Introduciéndose en la maquinaria bursátil y colaborando con Leonardo DiCaprio por quinta vez, el director neoyorkino da una muestra de que, a sus 71 años, tiene combustible de sobra.

THE WOLF OF WALL STREETLa historia presentada es la de Jordan Belfort (DiCaprio), un agente de bolsa de Wall Street que aprende rápido cómo funciona el juego de las finanzas y pronto monta un emprendimiento que se convertirá en la poderosa Stratton Oakmont. Logra instalar su compañía en el centro especulativo mundial y se convertirá en  motivo de asombro y recelo en el EE.UU. de fines de los 80. A partir de ahí, todo irá en aumento: mujeres, drogas y la cantidad más demencial de excesos de la que se tenga recuerdo. Pero su espectacular ascenso no pasará desapercibido, ya que las autoridades estadounidenses empezarán a poner especial atención a sus movimientos.

Luego de hacer una película que se salía completamente de su registro habitual (“Hugo”, 2011), es una placer ver a Scorsese filmando una cinta como esta, en las que vuelve zambullirse en las aguas en que más cómodamente se desenvuelve. Mundos de poder, ascenso, codicia, en definitiva, verdaderos imperios de la modernidad que son sus principales especialidades. Scorsese es un cineasta capaz de incomodar y remover conciencias como nadie, pero hace años que no alcanzaba estos niveles de provocación. La novedad es que en esta oportunidad lo hace con el éxtasis a todo lo que da, en una película salvaje, desenfrenada y bestial.

THE WOLF OF WALL STREET 02Si se revisa la filmografía del director, es posible constatar que ya había instalado su narrativa en Las Vegas  (“Casino”, 1995) y Hollywood (“The Aviator”, 2004), dos centros donde el dinero, el poder y la ambición corrían a raudales, los cuales no tuvo compasión para retratar. En el caso de la cinta que nos convoca, la tónica es similar. Es Scorsese a cargo de la historia de un tipo que estuvo en la cima del mundo a costa de un marco legal que se lo permitió. Quien desee un retrato moderado de Wall Street, puede pasar de largo. No hay que equivocarse, es Scorsese, un tipo acostumbrado a hacer una exploración penetrante de mundos con leyes y lógicas propias. Seamos claros: su anterior filme puede corresponder a un trabajo de índole “infantil”,  pero su voracidad no se ha visto amilanada ni un centímetro.

En detalle y a lo largo de tres horas, se encarga de mostrar la vida de un verdadero rockstar, que representa una versión brutal del sueño americano. El director aborda su historia con grandilocuencia, delirio y crudeza. Dibuja a este granuja con la misma altura con que ha retratado a gangsters y mafiosos, como los de “Goodfellas” (1990) o “Casino”, con la diferencia de que incorpora un componente delirante que casi no tiene parámetro en su cine. Scorsese ha mostrado otros seres de acciones cuestionables, pero jamás con este tono desenfrenado, por momentos tan divertidamente desmesurado.

THE WOLF OF WALL STREETJordan Belfort es un tipo de deseos insaciables, que aprende rápido a hacerse un lugar y a cimentar una gran fortuna, así como también a tener de cerca las drogas, el sexo, el alcohol y la juerga desprovista de todo control. Es un personaje convencido de lo que está haciendo y no hay momento en que vacile en dar el siguiente paso. Habita un mundo salvaje en que hay que ser tonto para no sacar una tajada más grande, por lo que no siente culpa. Levanta, así, una empresa de pujante éxito, en la que ejerce como una suerte de líder espiritual ante sus empleados, quienes han sido formados como un verdadero ejército espartano.

Scorsese se da la libertad de describir este grupo de agentes de bolsa como una manada que se daba la buena vida y era consciente de la ilegalidad en que se movían. Por más que había amenazas, nada les importaba demasiado: estaban insertos en una rueda incontrolable que nadie pensaba en abandonar. Mal que mal, aprovecharon la oportunidad que este mundo les permitía: el capitalismo es una selva y ellos sólo tuvieron la astucia de sacar provecho. El director no ve necesario remarcar que lo hecho carece de ética, para eso están otras obras cansinas y correctas políticamente. En vez de tomar distancia,  propone un viaje que es una locura imparable y rodea el cuadro con personajes con los que no es difícil empatizar. Además, los hechos están a la vista. Lo que hicieron es demasiado desquiciado y cuestionable como para que además la cinta se encargue de remarcarlo. El origen del problema trasciende lo hecho por Belfort y sus amigotes. El suyo es un caso emblemático, pero está lejos de ser la madre del cordero en un sistema desprovisto de toda moral.

THE WOLF OF WALL STREET 01Es probable que sea la mejor película que ha salido de la sociedad Scorsese-DiCaprio; por ambición, por control, por contundencia, por subtexto, da como para pensar eso. La de DiCaprio es una actuación para nada templada ni contenida, sino que estruendosa y exorbitante, en sintonía con lo que exige el filme y el personaje. Le habla a la cámara, da discursos inspiradores a sus empleados, consume su cóctel de drogas diario, se acuesta con cuanta mujer encuentra, todo con una convicción y entrega que no tiene parangón en su filmografía. Tan impresionante como él está Jonah Hill, un actor que pasó de la comedia a papeles más serios a una velocidad pasmosa, y que acá encarna soberbiamente a un tipo que vive una evolución tan radical como la del protagonista.

Todo lo que acá construye Scorsese lleva a pensar que las películas ya no se hacen así. Con este hambre, con este riesgo, con este sentido del relato. El director encarna una tradición que pierde enteros día a día, pero que se ve vigorizada con trabajos como este. Es ineludible que en esta cinta no todas las escenas son unidades bien acabadas, que hay detalles de montaje que saltan a la vista, pero da en el clavo en una abrumadora porción de sus apuestas. El neoyorkino vuelve a recordarnos que es un narrador natural y que hay pocos que se le acerquen, porque vaya que cuesta dar con algún otro realizador que podría haber tenido las agallas y la habilidad para armar una película de esta magnitud. Es una locura que un director septuagenario como él filme con este arrebato, con estos arranques desprovistos de toda mesura. Su caso recuerda al de Sidney Lumet, quien a los 83 años se despachó esa obra maestra titulada “Before The Devil Knows You’re Dead” (2007), una obra de temática diferente, pero que demostraba el apetito desatado de un cineasta a la que la edad no le hacía mella. Tal como Scorsese hoy con “El Lobo de Wall Street”, una película monumental, mastodóntica, capaz de dar con un mazazo a los cimientos actuales. Uno de esos relatos que amenazan con desbordar los límites de la pantalla, que parecen ser más grandes que la vida misma. Desde ya, uno de los hitos del 2014.

Por Gonzalo Valdivia

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5 Comentarios

5 Comments

  1. Roxana Ortiz Sánchez

    03-Ene-2014 en 12:06 am

    Al parecer el crítico le hizo un queque a Scorsese, relleno con crema, chocolate y todo eso rico que uno quiere comerse de un viaje. Que bueno que la iré a ver, si es como se relata, es pedazo de peli.

  2. pojpokj

    03-Ene-2014 en 7:34 pm

    “Scorsese es el único que continúa creando con la misma constancia, sin extraviar sus convicciones y sosteniendo su mirada feroz y convulsionada” ¿Y Brian de Palma? Cabe perfectamente en esa frase. Sus películas no siempre serán todas buenas, pero siempre tienen algo interesante, ya sea la manera en que mueve la cámara en alguna escena o la construcción de una secuencia en específico.

    • sdfdsf

      07-Ene-2014 en 9:14 am

      “ya sea la manera en que mueve la cámara en alguna escena o la construcción de una secuencia en específico” ………………… ¿con tan poco eres feliz? “alguna” y “específica”, o sea, ……………………… 45 segundos de película.

  3. Fernanda W

    11-Ene-2014 en 1:40 am

    Una pregunta?? Quien se acostó con el banquero Suizo?? Acaso fue la esposa JJordan???

    • cristobal diaz

      13-Ene-2014 en 11:24 am

      no, la q se mete con el banquero suizo era la eslovenia q era pareja del wn q fumaba caleta y q cae en cana por culpa del gordito cuando iban a transar un maletin con dolares…esa rubia lo conoce porque ella hacia los viajes con su familia amigos etc

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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