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El Legado Bourne

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Es menester del negocio del entretenimiento, tan necesitado de ideas, el resucitar franquicias que al parecer ya estaban finiquitadas, e intentar exprimirles hasta la última gota de ganancia. Siendo benevolentes, hay que considerar que la cantidad de historias a contar son limitadas, los recursos también, y casi la totalidad de la oferta creativa ronda en los mismos tópicos, cambiando escenarios o vestimentas para la ocasión. En la industria del cine en particular, los remakes, reboots o enésimas partes, son pan de cada día, llegando a generar sagas incombustibles, como por ejemplo James Bond, que ya cumple su quinta década en cartelera. Para lograrlo, sólo se necesitan dos elementos que deben cumplirse: tomar el universo ya creado, agregarle elementos y luego reordenarlos de tal manera que parezca una idea nueva, original, nunca antes vista. Como si de una prenda de vestir se tratara, se necesita cortar un poco por aquí, agregar un pedazo por acá, y la rescatas para usarla otra vez. Algo que sucede con “El Legado Bourne”, película que toma el universo creado por el escritor Robert Ludlum y la adorna con nuevas caras, pero sin aportar nada novedoso a la exitosa trilogía aparentemente cerrada.

La nueva entrega corre en paralelo con la línea temporal de “The Bourne Supremacy” (2007), comenzando de la misma forma que su antecesora. Al constatar que el programa secreto Outcome ha sido filtrado a la prensa, y con la división Treadstone comprometida, la CIA y el Departamento de Defensa deciden cerrarlos, eliminando cualquier evidencia. Aaron Cross (Jeremy Renner) es uno de los agentes que deben ser silenciados, y cuando se percata de las intenciones de sus antiguos jefes, decide buscar a la doctora Martha Shearing (Rachel Weisz) para que lo ayude a recuperar la libertad arrebatada por la dependencia al tratamiento farmacológico entregado por el programa.

El relato tiene un inicio lento y errático. Las citas a las anteriores películas son tantas, que no sería exagerado pensar en un manual con tips de  Bourne para no perderse en los primero 30 minutos. Cuesta recordar tanta información, porque en las anteriores cintas, y en la tercera en particular, estos datos son puramente anecdóticos, no son centrales en el conflicto presentado. Aquí, por el contrario, son esenciales para seguir el hilo narrativo trazado, y el subtexto que pretende hilvanar. Luego de este percance, “El Legado Bourne” es incapaz de escapar de sus predecesoras, y si bien aporta algunas escenas de acción entretenidas, no es nada que no hayamos visto y apreciado en las anteriores entregas y en toda la larga tradición de películas de acción, espionaje y conspiraciones hollywoodense.

Como se ve, “El Legado Bourne” camina sobre las huellas de las tres entregas anteriores protagonizadas por Matt Damon. Pese a seguir incluso la misma línea temporal, tropieza en el elemento más característico de la anterior saga dirigida en dos oportunidades por Paul Greengrass: el uso del montaje vertiginoso, entrecortado, con planos que no duraban más de 20 segundos, dando la sensación de un relato fragmentado, sin un punto de vista definido, acentuando la sensación de incertidumbre respecto a lo que se ve en pantalla. Como es obvio, en esta nueva película la clave no está en la búsqueda del pasado y el rescate de una memoria trastocada, sino que en la conquista de una libertad arrebatada por el deber. Pero el recurso expresivo de la edición, que en la tercera parte “The Bourne Ultimatum” incluso fue digno de un Oscar, al no ser incluido, hace que la película pierda identidad. Queda claro que ya no vemos una película Bourne, pese a usufructuar de sus personajes y su universo narrativo.

Aunque se trate de escapar del lugar común de “las comparaciones son odiosas”, la misma cinta nunca deja de hablar de las tres anteriores, y obliga al espectador a comparar. Lo más lamentable en este caso, es que “El Legado Bourne” se cuenta y suena demasiado parecida a todo lo demás, llegando al nivel del déjà vu exagerado, incluso en el clímax y el final. La pregunta entonces es ¿vale la pena reflotar una saga donde, al parecer, ya está todo dicho y que no aporta nada nuevo? Porque “El Legado Bourne” no llega a ser más que un ejercicio a ratos entretenido, repetido, y que busca justificarse en el recambio de rostros protagónicos y en la inclusión de factores que no fueron explicados en las cintas anteriores. No obstante, en originalidad, no queda mucho que rescatar.

Por Juan Pablo Bravo

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Aladdin

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Aladdin

El ejercicio de recordar tiempos pasados ha servido como pretexto para que la luz verde sea concedida a producciones audiovisuales en formato de remakes, reboots o secuelas, y el éxito de ciertas producciones ha hecho que la industria cinematográfica estruje esta idea en base a que la nostalgia vende. Y Disney, uno de los más grandes estudios, ha seguido esta senda anunciando una serie de remakes en acción real de sus grandes clásicos animados. Luego de la sorpresa que dio “The Jungle Book” (2016), el foco ha estado puesto en aquellos éxitos que dejó el llamado “Renacimiento de Disney” en la década de los noventa, y luego del éxito comercial de la esperada “The Beauty And The Beast” (2017), se esperan muchas más adaptaciones a este formato, siendo “Aladdin” la escogida para seguir este camino.

Aladdin (Mena Massoud) es un joven ladrón que vive en las calles de Agrabah. Luego de su casual encuentro con la hija del Sultán, la princesa Jasmine (Naomi Scott), Aladdin intentará todo para conquistarla, incluso aceptar el desafío del visir a Jafar (Marwan Kenzari), quien lo hace entrar en una cueva llena de tesoros, entre ellos, una lámpara mágica con Genio (Will Smith) que vive en ella y que ayudará al joven a cumplir todos sus deseos.

La cinta original de 1992 es recordada con éxito, y luego de veintisiete años sus personajes aún viven en la memoria. Esta nueva versión cuenta con el desafío de avanzar con ese peso sobre los hombros y justificar su existencia como adaptación a los tiempos modernos, por lo que la tarea de revisitar una historia familiar se podría complicar cuando hay una nueva audiencia que recién se está familiarizando con esta historia y sus personajes. Sin embargo, en un inicio el relato decide ser contado para quienes ya conocen la historia y no necesitan grandes introducciones, pues rápidamente, y en una secuencia que se interna en los rincones del reino ficticio de Agrabah, los personajes son presentados casi asumiendo que los argumentos que cruzan la historia son de conocimiento de todo el público.

Esta apresurada introducción podría traer problemas para desarrollar el conflicto principal, pero también establece claramente que esta nueva versión es una visita a la nostalgia y quiere mantenerse fiel a su espíritu original, y lo logra sin mayor esfuerzo. Pese a que transita un camino familiar y sigue una estructura narrativa y visual muy similar a la de 1992, la modernización de “Aladdin” no pretende ser un espejo donde se pueda ver cuadro a cuadro un reflejo idéntico, otorgando algo de frescura a una adaptación que cuida sus detalles para no dañar el material de origen, pero que, al mismo tiempo, quiere tímidamente explorar nuevos rincones.

La propuesta de modernizar esta historia está principalmente en las manos de sus protagonistas y las características que a estos se les otorgan, ya que el carisma de algunos y las propiedades acentuadas de otros los hacían parecer caricaturas que sólo cumplían un propósito en función de una cinta animada. No obstante, en esta nueva versión se vislumbra la exigencia de complejizar a personajes que han vivido en la cultura popular por mucho tiempo, pero que muy poco se sabe de ellos. Y si bien se mantiene la esencia de cada uno, estos dejan el disfraz de caricatura y se transforman en seres reales, con particularidades que los acercan a tiempos modernos y que los vuelven mucho más interesantes de explorar.

El principal desafío de adaptar una cinta animada con personajes de carne y hueso radica en la interpretación de un mundo que visualmente pareciera poseer recursos ilimitados y, aun así, verse real y tangible. En ese sentido, el uso de CGI es el principal apoyo para representar lugares ficticios y personajes que muchas veces desafían lo verosímil, y en esta cinta el uso de este recurso cumple con crear este mundo lleno de magia. Aunque no deja de parecer un elemento extraño, este se adapta a la historia que quiere ser contada. Por otro lado, las cintas producidas por el estudio son concebidas y reconocidas como películas musicales, y es justamente esta característica una de las mayores fortalezas de este remake, pues la grandilocuencia visual y el trabajo de Alan Menken en los números musicales hacen que “Aladdin” funcione como un viaje ligero y entretenido de ver.

El éxito comercial que ha dejado el experimento de rehacer los clásicos de Disney es la justificación suficiente para seguir explotando este modelo. No hay manera de detener la ola de estrenos que inundarán la cartelera, evocando una época donde la nostalgia es la protagonista. Y aunque la nueva versión de “Aladdin” no alcanza a justificar su existencia por sí sola, esta logra sobrepasar la evocación de tiempos pasados y adaptarse al mundo actual, funcionando como un apropiado intento de revitalizar una historia que podría quedarse anclada en lo anticuado, pero que, resistiéndose a esa idea, logra marchar con nuevas ideas.


Título Original: Aladdin

Director: Guy Ritchie

Duración: 128 minutos

Año: 2019

Reparto: Mena Massoud, Naomi Scott, Will Smith, Billy Magnussen, Nasim Pedrad, Numan Acar, Navid Negahban, Amir Boutrous, Alan Tudyk, Marwan Kenzari, Nikkita Chadha, Kamil Lemieszewski


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