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El Gran Hotel Budapest

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Fundamentalmente por la apariencia de su cine, es muy sencillo poder identificar una película de Wes Anderson. Esos movimientos de cámara sobre su eje, esa vasta y cautivante paleta cromática, esa perfecta simetría de sus planos, en definitiva, esa estética de cuento infantil. Eso no es casualidad ni novedad: es de seguro el cineasta estadounidense de más elaborada visualidad de los últimos veinte años. Tal cualidad lo hace un director con una batalla ganada siempre antes del combate, pero lo mejor es que la otra cruzada –lo que cuenta y cómo lo cuenta- casi siempre también está a la altura. Y su cine ha alcanzado mayor vuelo cuando ambos componentes han funcionado en perfecta sincronía; cuando, en definitiva, ha entendido de mejor manera que el goce no está completo si una historia de peso no acompaña la destreza visual. La buena noticia es que Anderson está en una madurez creativa envidiable y su octava cinta –un regreso a los hoteles tras su experiencia en el genial corto “Hotel Chevalier” (2007)- es una de las más redondas de su filmografía.

THE GRAND BUDAPEST HOTEL 01Ahora, ha situado su historia en la república ficticia de Zubrowka, un estado emplazado en los Alpes europeos. Zero Moustafa (F. Murray Abraham) recuerda cuando en 1932 era tan sólo un joven que oficiaba de “botones” –o asistente de vestíbulo- en el hotel Gran Budapest y debía seguir las órdenes del conserje emblema de la institución, Gustave (Ralph Fiennes), afamado por su impecable labor a cargo del personal y sus insólitos servicios con blondas y mayores mujeres. Una de sus visitantes más ilustres era Madame D (Tilda Swinton), quien es encontrada muerta en misteriosas circunstancias a poco de su último encuentro, lo que desata la codicia de su familia y una excéntrica disputa por los bienes de la difunta, quien lega un invaluable cuadro a Gustave.

Alguna vez alguien definió el cine de Wes Anderson como una caja musical de juguete. Bueno, haciendo uso de tal definición, esta es la caja musical wesandersiana más grande que hemos podido ver a la fecha. Juega con las estructuras y no teme lanzar todo a la parrilla, y muestra de ello es que destroza cada expectativa que nos vamos haciendo a medida que avanza, dando con un impetuoso ritmo que impide detenerse a pensar demasiado en qué diablos estamos viendo. La porción principal del relato es tan ingeniosa y deliciosa como la más inspirada de las películas de Anderson: repleta de detalles que cuesta agarrar al voleo, estelarizada por un paseo incesante de personajes y condimentada con decorados de deslumbrante construcción.

THE GRAND BUDAPEST HOTEL 02En los bellos y desoladores parajes de la ficticia Zubrowka, se desarrolla una trama de intriga, de fuga y de crecimiento, donde no se ausentan los asesinatos ni tampoco los gags físicos. A causa de ello, esta es su cinta que más coquetea con el absurdo, en contraposición a la ternura que despertaba su anterior trabajo, “Moonrise Kingdom” (2012).  El declarado tono de comedia le da al director el ancho para tomarse más libertades que las habituales –magnífico tiroteo hacia el final- y construir un relato tan alocado como agudo, que así como nunca pierde combustible, tampoco extravía su norte.

Del mismo modo que el filme tiene la intrepidez de desplegarse en cuatro temporalidades –sólo una es la que ocupa la casi totalidad del metraje-, Anderson aprovecha la historia para hablar de un país, un hotel y un hombre irónicamente detenidos en el tiempo, casi no enterados del funesto paso de los años. Acompañando a ese extravagante hombre está un adolescente apátrida (segunda ocasión consecutiva que los niños tienen gran protagonismo en el cine del director), un personaje que le sirve para volver a dibujar los lazos entre adolescentes como relaciones de amores fulminantes y para trazar un peculiar vínculo paternal, envuelto en una lógica mentor-aprendiz.

De por sí la historia de Gustave –formidable actuación de Fiennes- y Zero está contada con enorme destreza, pero lo que la termina por hacer una gran película es una audacia del guión: la narración en retrospectiva, que le confiere a la obra una espesura no siempre conseguida en el universo de THE GRAND BUDAPEST HOTEL 03Anderson. Y es que, visto con distancia, lo que hay es una hermosa historia que sirve como excusa para hablar del paso del tiempo, lo efímero de la existencia y la inmaterialidad de los tiempos actuales, temas que jamás habían sido aludidos con esta hondura por el director.

Puede sonar extraño, pero la cinta reúne varios condimentos que dan para pensar que podría ser una magistral despedida. No sólo porque toca muchos de sus temas favoritos o cuenta con la delicada banda sonora de Alexandre Desplat, sino que también abundan las caras conocidas, pues por el relato transita un voluminoso grupo de actores al que sólo parece faltarle Angelica Huston y Luke Wilson para completar la pandilla wesandersiana. A dos décadas del estreno del corto que posteriormente originaría su ópera prima, “Bottle Rocket” (1994), Wes Anderson da cuenta de un impecable estado de forma, traducido en gran lucidez al momento de definir los conflictos y los personajes. Aunque no da con la majestuosidad de “The Royal Tenenbaums” (2001), su mejor película a la fecha, por donde se le mire este es un paso adelante y una delicia destinada a encabezar los recuentos de fin de año.

Por Gonzalo Valdivia

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