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El Cordero

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Algo sucede entre el concepto de vida que vale la pena y el de rebeldía. Se conectan de forma natural, casi equivaliéndose. Más apropiado sabe aun cuando se aplica en la adultez, porque mientras en la juventud esto de rechazar lo políticamente correcto se da por sentado, ya pasada la treintena se interpreta como síntoma de inmadurez crónica. Ya lo retrata Sam Mendes en “American Beauty” (1999). Hay una frontera, no obstante, entre lo rebelde y lo derechamente delictual, y no es precisamente obvia. Se puede ser un rebelde sin agredir la libertad del otro, pero puede sonar como una idea aburrida, tipo helado sabor vainilla. La gracia de lo insurrecto parece no consumarse del todo si no se quebranta el statu quo de algún tercero.

La vida de Domingo (Daniel Muñoz) es pacífica y noble: es padre de familia, va al trabajo y es activo partícipe de la parroquia de su comuna. Esto cambia cuando, confundiéndola con un delincuente, asesina a su colega. A partir de entonces Domingo cometerá una serie de acciones en busca de un sentimiento esquivo: la culpa.

“El Cordero” se agarra de una temática que tristemente sigue siendo vigente, acaso no determinante, en un Estado auto-proclamado laico. Los principios del catolicismo están arraigados en el ADN del chileno promedio, independiente de su actual nivel de integración al organismo de la Iglesia per se, que va a la baja dado el torrente de atrocidades que ha salido a la luz. El caso de Domingo y su familia, en ese sentido, cuya creencia se refleja en actividades concretas y habituales en la comunidad, es cada vez más infrecuente, pero no deja de ser reconocible. Al mismo tiempo se pincela otro asunto siempre en boga en un país donde las cosas sólo funcionan si hay intereses monetarios de por medio, como lo es el negligente rol del sistema penal.

Hay un trabajo colaborativo entre guion, dirección y actuación para dar vida al protagonista: un sujeto cuyos ojos deben hablar más que sus palabras. Muñoz es un actor flexible, capaz de desarrollar divertidos payasos y almas atribuladas. Aquí se preocupa de dibujar a un hombre que vivió toda su vida creyendo estar lleno de la gracia de Dios para descubrir, literalmente de un disparo, que en realidad está vacío. Como si fuera poco, a su edad y con un pasar establecido, ni siquiera tiene claro qué le urge para llenar ese agujero. Esto se comprende sin música efectista ni diálogos explicativos, como tampoco con fantasmagóricas poses; en vez, la cara de Domingo lo enseña todo en su justa medida.

Comprendemos que el protagonista mata a su compañera en un acto estrictamente accidental, inspirado por la confusión y el miedo, y en vez de ahondar en todo el tecnicismo posterior -que no dejaba de ser fuente de material-, el relato se lo salta hasta que el hombre retoma su rutina; una pequeña elipsis que es fría y deliberada. Desde ahí, contrariado y motivado por su falta de culpa en partes iguales, decide improvisar crímenes que el tratamiento de la cinta no dramatiza, y luego se somete a un par de penitencias dictadas por su sacerdote amigo, todo con el fin de sentirse como un digno cristiano arrepentido.

El approach de la película es pragmático porque congenia con el estado existencial de Domingo, y el hecho de que eso se transmita amerita un cumplido. Hilando fino, no obstante, o tal vez mirando el otro lado de la moneda, este calculado punto de vista descomprometido puede dar cabida a preguntas o ambigüedades que no acaban por resolverse, lo que inherentemente no es negativo, pero puede molestar a aquel afanoso por resoluciones. El incidente final brinda un interrogativo, por ejemplo, o la facilidad con que Domingo podría zafar de las consecuencias de sus crímenes. Lo que sí resulta exacerbado es cómo el relato escala en gravedad hacia el término; demasiado en tan pocos minutos.

La bajada de texto o título alternativo de “El Cordero” podría ser “volviéndose malo”, no sólo porque las dos palabras resumen la historia, sino también porque el fantasma del Walter White de “Breaking Bad” ronda inexorablemente como arquetipo de referencia. Como fuere, el protagonista se presenta lo bastante complejo. Entre los secundarios destacan Jung y Cohen, ambos lúdicos como el suegro y el convicto amigo, respectivamente, mientras que González por momentos peca de sobreactuación y la sub-trama del hijo homosexual -que arranca bien en este contexto de opresión religiosa- queda al debe. Es que, en general, queda la sensación de que película debió haber sido por lo menos media hora más larga o que, inclusive, funcionaría mejor en formato serie. Ofrecida como está, de igual modo, es una obra interesante.

Por María José Álvarez

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