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El Código Del Miedo

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Para efectos prácticos, las reglas de estilo de la comedia y la acción cinematográfica son muy parecidas, más aún de lo que se sospecha. La afirmación no suena antojadiza si pensamos por un segundo en la cantidad de escenas de peligro que recorren las comedias norteamericanas actuales, o los actores cómicos que saltan de un género al otro, a veces acompañando a los rudos de turno, otras veces tomando ellos el rol. Y viajando más atrás en el tiempo, el mismo Buster Keaton era también un actor de acción, coreografiando y filmando sus escenas de riesgo, secuencias de caos que siguen inspirando a los cineastas del mundo. Aunque el tenor de la película a comentar no es precisamente una comedia ni tiene la intención de serlo, hay un concepto que es interesante poner en funcionamiento y que cruza los dos géneros: la empatía. Querer a los personajes e identificarse con ellos es algo esencial en un relato con intenciones humorísticas, y también es fundamental en las cintas cargadas de persecuciones, balazos y actos heroicos. La pregunta más obvia, luego de la introducción, es ¿se logra la empatía en “El Código Del Miedo”, estreno de esta semana con Jason Statham repartiendo golpes y balazos a destajo? La respuesta, en este sentido, es más compleja de lo que parece.

Mei (Catherine Chan) es una niña china superdotada, que puede memorizar complejos números y resolver operaciones matemáticas con sólo mirarlas. Por este talento la secuestra La Triada –el crimen organizado chino-, que no confía en computadores para almacenar y realizar contabilidades. En paralelo, la vida de Luke Wright (Jason Statham) se ha ido al basurero: mandó al hospital a su rival en la jaula (peleas Todo-Vale), y la mafia rusa se cobra haber perdido las apuestas en su contra, asesinando a su esposa y obligándolo a vivir como mendigo en Nueva York. Para peor, sus ex compañeros policías,  a quienes denunció por corruptos, descubren que ha vuelto a la ciudad. Luego de una serie de humillaciones y a punto del suicidio, Luke conoce a Mei, quien escapa de sus captores con un valioso número, y decide salvarla de la mafia china, rusa y la corrupta fuerza policial neoyorquina.

Uno de los puntos fuertes de “El Código Del Miedo” está en su guión. Porque aunque esté poblado de clichés, la estructura narrativa hace que estos se ignoren, construyendo un relato coherente y que gana con cada minuto que pasa. Tal como si fueran dos trenes a punto de encontrarse y chocar, las dos líneas argumentales se unen sin mayor explicación, y como un simple hecho del destino, se presentan las consecuencias del incidente. Además, la sensación de total corrupción en una ciudad dominada por el crimen organizado, ya sea ruso o asiático, junto a la policía vendiéndose al mejor postor, hace que la incertidumbre aumente. Tal como en las grandes historias del género, llega un momento en que cualquier vía es un callejón sin salida, siendo el héroe de turno quien debe sacar la carta bajo la manga y solucionar el entuerto.

Porque la cinta está sustentada casi al cien por ciento en el carisma de Jason Statham, quien es uno de los nuevos nombres (no tan nuevo) en la acción hollywoodense. El actor londinense cumple con su parte al hacernos creer que es un perdedor, un bueno para nada que finalmente, ante el peligro de una pequeña niña, reacciona y muestra de lo que está hecho. Para los que consideran que su carrera comenzó con “El Transportador”, sirve de recordatorio los papeles sin parafernalia y mucho humor de las dos primeras películas de Guy Ritchie, donde más que ser el implacable experto en artes marciales, veía cómo el mundo se derrumbaba a su alrededor, sacando al final la mejor parte del desastre sin intervenir en el entretanto.

En resumen, “El Código Del Miedo” es una muy bien lograda película de acción, entretenida y con un guión que sabe apretar la tuerca donde debe, para crear la escenografía donde los protagonistas escaparán de los peligros que se les ciernen. Para cerrar, y a modo personal, la empatía es una empresa difícil en el cine, y que sólo puede ser juzgada de forma individual. Como con un típico chiste, donde algunos se ríen y otros no. Aquí, por lo menos, la intención y el buen hacer se encuentra y en cantidades no esperadas. Lo demás, corre por parte del espectador.

Por Juan Pablo Bravo

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Cine

David Lynch: The Art Life

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David Lynch: The Art Life

A través de su filmografía, y con el reciente regreso de “Twin Peaks”, David Lynch ha demostrado ser uno de los autores más prolíficos y complejos de las últimas décadas. Desde su primer largometraje, “Eraserhead” (1977), que su imaginario significa entrar a mundo de sensaciones donde representaciones visuales de la psiquis se vuelven tangibles. Debido a lo intrincado que podría ser su forma de narrar, experimentar su obra exige conectar con lo sensorial, pues su trabajo busca crear reacciones y evocar emociones. El director de “Blue Velvet” (1986) y “Mulholland Dr.” (2001) ha sido capaz de construir un estilo reconocible gracias las características que su obra comparte, en un estilo vago e incierto, pero envolvente, donde lo inexplicable convive con personajes que se ven atrapados en mundos complejos.

Dirigido en una colaboración entre Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm, el documental “David Lynch: The Art Life” se centra en el trabajo artístico pictórico del cineasta, mientras se va creando un relato autobiográfico de sus primeros años formativos y su acercamiento al arte, sirviendo como puente entre sus inicios en esta disciplina y sus primeras obras cinematográficas.

Las conversaciones de tres años entre los realizadores y el director estadounidense son condensadas en una hora y treinta minutos, en un relato íntimo en la voz del mismo Lynch. El hecho que sea construido como un monólogo produce una atmósfera más natural y cercana con el director, así también adjudicando un punto de vista donde el espectador sólo observa cómo se mezcla su creación artística y su biografía. La voz en off de Lynch se hace omnipresente en un montaje que mezcla al artista trabajando en sus obras plásticas, en su estudio en Los Angeles –a veces acompañado de su pequeña hija, Lula– intercalando material biográfico como fotografías, videos de archivo y sus pinturas.

La autobiografía que acompaña el viaje visual habla de sus inicios, vida familiar, la relación con sus padres y cómo su influencia inevitablemente ayudó a formar su primera relación con al arte, siendo capturado por esta disciplina cuando decide mudarse a Filadelfia, donde pudo estudiarlo de manera profesional. Y es a través de todas estas experiencias e historias acumuladas que se juntan para inspirar gran parte de su trabajo, y cómo en el proceso de absorber, internalizar y plasmar se ha moldeado un imaginario enigmático y surrealista.

Claramente el foco de este registro documental está puesto en sus creaciones plásticas, concebidas a partir de distintos materiales y mezclando técnicas pictóricas que le dan la libertad de crear pequeños universos, en cuadros que perfectamente podrían ser sacados de alguna de sus películas. Por otra parte, los realizadores utilizan estas obras en el montaje no tan sólo como un apoyo visual, sino también para poder crear pequeños episodios visuales que enfatizan los relatos en off, y utilizando los textos que el mismo Lynch incorpora en sus cuadros, se destaca el estado emocional del relato. Por último, el uso de stop motion le agrega un dinamismo a la narración, haciendo de estas obras pequeñas escenas de la vida del artista, donde algunas de ellas contienen personajes que parecen atrapados en distintas realidades.

Este documental termina siendo un estudio del autor en un estado mucho más primitivo, además de una exploración íntima, donde se logra ver el mundo a través de sus ojos y se puede conocer con frescura una etapa de descubrimiento y creación artística. No es un retrato biográfico de principio a fin, tampoco se centra en una obra en particular, sólo es un acercamiento a procesos creativos desde una mirada de total naturalidad y comodidad por parte del cineasta.

Para entender el universo interior de David Lynch, y posteriormente apreciar con mayor profundidad su trabajo, es importante considerar todos los aspectos y los procesos de creación que lo han llevado a posicionar su nombre y ser poseedor de un estilo particular y reconocible. Así, este documental logra dar a conocer ese otro aspecto del cineasta, un lado que tiene relación con su configuración estética. Se vuelve importante conocer y revisar su filmografía, no necesariamente para poder entender este relato –sólo se cita a sus primeros cortometrajes y las primeras etapas de producción de “Eraserhead”–, aunque sí puede servir como complemento para enriquecer este acercamiento diferente y privado.


Título Original: David Lynch: The Art Life

Director: Jon Nguyen

Duración: 88 minutos

Año: 2016

Reparto: David Lynch, Documental

 


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