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El Club

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Para expulsar hacia la superficie la oscuridad humana, para exponer el horror de las almas, para desencadenar en pantalla las más hondas miserias, para hablar de las sociedades y sus fisuras, la mayoría de las veces no urge acudir a mayores artificios. Muchas veces, para dar con la tecla apropiada no hace falta demasiado. En ocasiones, con una casa y un puñado de personajes esculpidos magistralmente como punto de partida, ya es suficiente para introducirse en terrenos nebulosos con pies seguros.

EL CLUB 01Bien lo sabe Pablo Larraín que, en “Tony Manero” (2008), con un protagonista moribundo, desquiciado y difícil de comprender, creó una joya en torno a la idea de cómo un contexto desolador define a las criaturas que circulan por los bordes de la sociedad. En “El Club”, armado de una sórdida historia que alberga curas, víctimas y encubridores, empuja con incluso mayor armonía y resonancia sus consideraciones sobre el poder del cine como arma social. Esta es, ante todo, una obra mayor, donde presiona todas las clavijas devastadoras que tiene a mano. En efecto, una película de cauces más anchos, encumbrada por imágenes y conceptos que exceden lo facilista. En su completa dimensión, se diría que acaso una película inédita e insólita para un cine como el chileno. Por los lugares en los que desembarca y la manera en que lo hace, como cinta nacional corre sola.

Cuatro hombres mayores (Alfredo Castro, Jaime Vadell, Alejandro Goic y Alejandro Sieveking) habitan una casa afincada en un pueblo costero de la zona central, donde no pasa mucho. Una monja (Antonia Zegers) se encarga de que respeten un régimen bien definido, que en teoría incluye oración en abundancia. La mayor distracción permitida consiste en asistir a las carreras de galgos que se efectúan en el pueblo, en las que apuestan con su posesión más preciada. Pero la quietud a la que están acostumbrados tiene su término cuando a la casa llega un quinto cura (José Soza). Así, rutinas y hábitos, crímenes y pasado, se verán remecidos por sobre sus deseos.

EL CLUB 02Tratar temas que exceden la pantalla y se enlazan a la columna vertebral del país con propiedad y una mano compleja, ambigua, ha sido el propulsor de Pablo Larraín en su década detrás de  las cámaras. Desde un retorcido aficionado de un ícono del cine estadounidense hasta un inadaptado publicista, desde la marginalidad dentro de la dictadura de Pinochet hasta la maquinaria detrás de la campaña del No, su cine ha estado timbrado con esa estampilla. Tal interés por inmiscuirse en los temas sociales y proyectar una confrontación entre lo mostrado y lo velado, lo dicho y lo silenciado, que pueda dar marcha a una discusión fructífera, también empapa los inasibles murallones de “El Club”. Sus cinco protagonistas, los cinco habitantes de esa casita amarilla, son bañados de una complejidad que le asegura a la película sostenerse en su laberinto de respuestas y pavimentarse el camino para explorar los abusos de la Iglesia y las heridas del país. “El Club” duele, enrabia y desconcierta, pero en ningún instante deja de empujar hacia su interior, desde donde se bombea sin parar inspiración, sagacidad y agudeza.

Cubriendo todo de un manto de interrogantes desde un comienzo (el rol de la fotografía luce preponderante), Larraín va dando forma a un constante juego de revelar y, en seguida, poner en duda; una sutileza para ir facilitando pistas, pero jamás proporcionar todas las claves. Sus personajes están lejos de llevar una “vida santa”, lo sabemos, pero sus dardos los lanza con astucia, junto con mordacidad y agudeza en el ajuste de tono. Con un tema candente entre manos, lo suyo es un híbrido entre el francotirador directo de crítica social y la ácida y sutil sátira. Resulta, así, que estos personajes, de los que conocemos apenas una fracción, nunca resultan despreciables. En ese propósito, el guión se sirve de cierto humor macabro para establecer cierta conexión empática y retorcida con el espectador. Trabajando en la misma orientación está un reparto formidable, que es lo más parecido a “Magnolia” (1999) y “Gosford Park” (2001) que ha tenido el cine chileno, si de alturas actorales se trata.

EL CLUB 03Asentado como revelador examen de un círculo de impunidad, su interés está más en el retrato de atmósferas que en la búsqueda de respuestas, y en bosquejar la psiquis de los inculpados más que en examinar en torno a los crímenes y pecados. Tras la feroz crítica a la dictadura encarnada en “Tony Manero” y “Post Mortem” (2010), y la extraña épica de “No” (2012), pone su firma en otra película sobre el país sin entregar comodidad al espectador con respuestas fáciles de digerir y sin parar de escalar en cuanto a su asunción como autor esencial. Larraín, nunca en sus cuatro cintas anteriores, había tenido tan clara la manera de zambullirse en las profundidades del tema que trata su obra, y eleva su cinta con el hecho de que jamás había filmado tan bien como acá. Y lo imponente de su cine se constituye apenas se suceden las primeras imágenes: como un gigante levantándose, consigue estremecer y apretar el pecho con tan sólo unos cuantos planos, logro de un soberbio trabajo de texturas y musicalización que se extiende por todo el filme.

Quién lo dijera. Semanas después de que emergiera un ejercicio valorable sobre los abusos de la iglesia, más notable por sus intenciones que por alcances, como “El Bosque de Karadima”, irrumpe una película grandiosa, que exige y encandila, que perturba y desconsuela. Que aparece para constituirse como un hito incontestable del cine nacional.

Por Gonzalo Valdivia

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2 Comentarios

2 Comments

  1. UKIKI

    30-May-2015 en 12:45 am

    Una gran película y un director con bastante talento.

  2. Pino

    17-Oct-2015 en 5:39 am

    El final magistral.

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