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El Círculo

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Resulta difícil sentirse ajeno al concepto de conectividad en la era digital en la que estamos insertos y, junto a ello, las discusiones en torno a la privacidad son casi imposibles de evitar. Pues existe un miedo constante alrededor de avances tecnológicos y los efectos que podrían tener en las relaciones interpersonales, donde las redes sociales y diferentes plataformas son protagonistas. Alrededor de estos conceptos se desarrolla “El Círculo”, una historia que advierte de los peligros de nuestra relación con la tecnología, en un ambiente lleno de ansiedad y paranoia frente a la pérdida de la privacidad, especulando sobre posibles consecuencias y ahondando en la idea de transparencia e identidad virtual.

Dirigida por James Ponsoldt y basada en una novela escrita por Dave Eggers, la historia se centra en Mae Holland (Emma Watson) una joven que acaba de ser contratada por El Círculo, una importante compañía de internet. Entusiasmada por este hecho, Mae comienza a esforzarse por pertenecer a esta comunidad y destacar por su desempeño en el desarrollo de un nuevo sistema operativo, pero poco a poco se va dando cuenta del verdadero funcionamiento que esconde esta prestigiosa e influyente empresa.

Una de las primeras características presentes en esta cinta tiene relación con la evidente identificación del espectador como usuario digital en la era contemporánea, y la experiencia que tienen los personajes en ella. Claramente este innegable reflejo de nuestra sociedad genera inmediata empatía con los personajes gracias a la representación casi real que realiza del actual mundo digital, estableciendo un escenario familiar en el que se reconocen experiencias y situaciones ya normalizadas.

Por lo tanto, el camino que se transita junto a Mae resulta ser mucho más cómodo porque nos podemos ver reflejados en su fascinación por este lugar, el cual simula cualquiera de las grandes compañías de Silicon Valley. Siendo ella la primera conexión que se establece, el lazo entre espectador y protagonista logra ser lo suficientemente fuerte para acompañarla en todo el viaje, pues es gracias a su ingenuidad y confianza en su lugar de trabajo que esta logra apoderarse del relato, a través de una apropiada interpretación de Emma Watson. Sin embargo, esta conexión que logra establecer su protagonista opaca completamente al resto de los personajes, sólo sirviendo como pretexto para acompañarla cuando es conveniente y tratar de mover un relato que avanza de manera irregular y a tropezones, puesto que los diálogos expositivos inundan de insensatez la pantalla cada vez que estos se incorporan, con el sólo objetivo de recordar hacia donde nos estamos dirigiendo, gracias a que el rumbo tiende a ser olvidado en medio de un puñado de hechos inconexos que se tratan de unir forzadamente conforme avanza la narración.

No obstante, es innegable que “El Círculo” toma como punto de partida una buena idea que serviría para desarrollar una propuesta interesante, el problema radica en que sólo se apoya en conceptos como pretexto para desarrollar el relato, pero estos no son ejecutados de manera adecuada. Esto hace que ver a la cinta como una producción poco innovadora, donde se instala un ambiente de peligro y suspenso, pero infundado y débilmente desarrollado.

La construcción y desarrollo que tiene Mae como protagonista logra exponer los peligros que existen frente al uso descuidado e incontrolado de la tecnología, por lo que la crítica social queda en evidencia. Sin embargo, su representación pierde sentido y urgencia al construir un arco narrativo que no logra ser resuelto, pues está armada a través de una sucesión de hechos que terminan en un tercer acto anticlimático, por causa de una débil construcción narrativa que no sostiene un relato que evidentemente va perdiendo ritmo y, al mismo tiempo, difumina su objetivo conforme avanza el metraje.

“El Círculo” resulta ser una película que se arma a partir de una interesante premisa, con el potencial suficiente para ser una crítica a una sociedad moderna abstraída en el reflejo de pantallas y tecleos constantes, en una era donde la identidad puede ser falseada y la privacidad amenazada. Conceptos que logran estar presentes, siendo casi tangibles. Sin embargo, la carencia de originalidad e innovación al momento de plantearlos le juega en contra, pues pretende ser una cinta urgente al representar el mundo moderno, pero no sabe bien qué hacer con todas estas herramientas, desaprovechando oportunidades narrativas y terminando en un confuso relato con características de un cuento moralista más que una crítica aguda de nuestra sociedad.

Por Ángelo Illanes

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El Hombre Invisible

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El Hombre Invisible

Luego de fallar en el intento de crear una nueva franquicia basada en los monstruos clásicos del estudio Universal, la decisión de traerlos de vuelta sigue en pie, pero otorgándole a cada uno por separado la oportunidad de reiniciar sus raíces a través de relecturas basadas en su material original. “El Hombre Invisible”, novela escrita en 1897 por H.G. Wells, tuvo su propia adaptación cinematográfica en 1933, dirigida por James Whale, y en el reinicio en 2020 a cargo de Leigh Whannell (“Upgrade”, 2018) la historia dará un giro para ser adaptada a nuestros tiempos y mezclarse con los miedos modernos, para así encontrar un espacio y poder sobrevivir en la atestada cartelera semanal.

Esta nueva versión se centra en Cecilia Kass (Elisabeth Moss), quien, luego de escapar de la abusiva relación que tenía con un millonario científico, recibe la noticia que él se ha suicidado, dejándole gran parte de su fortuna como herencia. Sin embargo, su cordura se ve cuestionada cuando, después de unos extraños sucesos, Cecilia comienza a suponer que su ex pareja en realidad no está muerto. Mientras trata de convencer al resto de sus sospechas, deberá arrancar de quién la acecha y proteger a quienes ama.

Reconstruir clásicos y reversionar sus propuestas siempre parece ser un trabajo difícil, más aún cuando se tiene las limitaciones de interpretar al pie de la letra el material original y sólo se realizan ciertas modificaciones para que pueda camuflarse correctamente en tiempos actuales. Sin embargo, la labor que realiza el guion a cargo del mismo Whannell parece más ambiciosa que sólo rehacer la adaptación de una novela escrita a finales de 1800.

De aquel material original sólo se toma la premisa para ahondar en miedos aún más profundos y que tienen relevancia con los tiempos que nuestra sociedad está viviendo. Aunque esto se podría tomar como aprovechamiento mediático de un movimiento, que hizo que muchas mujeres alzaran la voz frente a los abusos que han sido cometidos en su contra, la cinta pareciera tener la intensión de acentuar el temor que existe tras salir de una relación abusiva, y cómo las consecuencias persiguen a su sobreviviente, incluso cuando el escenario ya parece seguro.

Este subtexto se esparce durante toda la cinta, dejando en claro que, para hacer una película que se mueve entre el terror y el thriller psicológico, debe existir una sustancia que sostenga las decisiones de su protagonista y los eventos que la rodean. En ese sentido, esta producción logra el objetivo sin excesos o la utilización de su protagonista como víctima; por el contrario, el viaje que realiza Cecilia desde que logra escapar de las manos de su abusador hasta la resolución final da cuenta de una evolución frente a los cuestionamientos frente a su cordura, pues, quienes la rodean, no logran advertir el calvario por el que ella realmente está pasando.

De esta forma, el trabajo realizado por Elisabeth Moss resulta esencial para poder retratar este estremecedor trayecto. Su rostro, presente en casi todo el metraje en pantalla, logra encarnar las emociones necesarias para conectar con su resistencia, llevándose gran parte del peso dramático de esta película. Whanell prefiere tomar el tiempo necesario para construir la tensión, optando por extender ciertos momentos donde el peligro acecha, apoyándose en la información que el público maneja sobre la situación y evitando los ya sobre utilizados jump scares. No obstante, la decisión de extender estos momentos de incertidumbre acaba por ralentizar secuencias de angustia, terminando en resoluciones anticlimáticas y que podrían agobiar el compromiso tácito entre espectador y relato.

Por otra parte, al encontrarse enfocada en la exploración psicológica de su protagonista y cómo los hechos a su alrededor ponen en jaque su cordura, este énfasis está estirado hasta que el momento donde las revelaciones comienzan a ser más claras, las que parecen ser incluidas casi por obligación y sin sutilezas, provocando que la narración decaiga hacia su final.

“El Hombre Invisible” no aspira a esclarecer la ciencia detrás de la posibilidad de ser invisible, dejando a un lado cualquier rastro de explicación innecesaria sobre aquel hecho. Por el contrario, el relato avanza hacia los miedos que existen cuando lo que más se teme aparece sin razón y no se le puede ver. Si bien, la cinta avanza con algunos tropiezos y decisiones que pudieron ser evitadas, es cierto que su propuesta funciona de manera acertada, principalmente gracias al trabajo de su subtexto y el desempeño de su actriz protagonista.


Título Original: The Invisible Man

Director: Leigh Whannell

Duración: 110 minutos

Año: 2020

Reparto: Elisabeth Moss, Storm Reid, Harriet Dyer, Aldis Hodge, Oliver Jackson-Cohen, Zara Michales, Michael Dorman, Amali Golden


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