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El Castillo de Cristal El Castillo de Cristal

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El Castillo de Cristal

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Los dramas biográficos otorgan un punto de vista que puede ser subjetivo, pero con la oportunidad de conocer un relato cercano y privado.  El director Destin Daniel Cretton, conocido por su trabajo en “Short Term 12” (2013), basado en su propia experiencia adapta la historia de Jeannette Walls, una periodista y escritora conocida por sus columnas –aunque fue con su autobiografía cuando obtuvo mayor reconocimiento–, quien relata su historia personal viviendo de un lado para otro con su familia compuesta por tres hermanos, su madre, una artista de espíritu libre, y su padre alcohólico.

Jeannette Walls (Brie Larson) es una destacada periodista que disfruta de su exitosa vida en Nueva York. Sin embargo, su pasado y vida familiar está alejada de todo lujo, pues fue criada en un hogar inestable por su madre (Naomi Watts), una excéntrica y descuidada pintora, y su padre (Woody Harrelson), un hombre idealista pero perdido en el alcoholismo. Junto a sus tres hermanos debieron aprender a cuidarse por sí mismos, protegiéndose entre ellos.

La cinta presenta la vida adulta de Jeannette como profesional, dejando entrever ciertas referencias a su pasado hasta que el relato se sumerge completamente en flashbacks sobre la vida de esta familia, en un tiempo cuando los miembros más pequeños aún vivían en la utopía que sus padres estaban creando. Esta mezcla de líneas argumentales, donde el mayor peso se lo lleva el pasado de esta familia, reflexiona sobre la profundidad de la influencia del pasado en nuestra historia y cómo estos hechos, o eventos en la etapa de niñez y adolescencia, tienen un gran poder sobre las consecuencias en la vida adulta. La forma en la que Jeannette se muestra en un principio habla de heridas profundas que ha tenido que cargar, pero al parecer su capacidad de compasión y perdón es más grande.

Los flashbacks, que nos transportan a los primeros años de la familia, ayudan a entender el carácter distante de Jeannette cuando el drama que rodea a la pobreza y la negligencia de ambos padres deja de parecer ajeno a estos hermanos, y comienzan a sufrir las consecuencias de los vicios y carencias de quiénes deberían estar a cargo. Sin embargo, estas desdichas, que van escalando en su nivel de miseria, están mezcladas con el complejo carácter del padre de Jeannette, Red Walls, quien ha tenido una vida difícil y su a ratos cruel temperamento da cuenta de aquello.

Rex intenta torpemente vivir una vida libre y transmite este espíritu a sus hijos en actitudes que recuerdan al padre de “Captain Fantastic” (2016), pero su personalidad impetuosa, incitada por un irremediable alcoholismo, llevará la situación familiar al límite y los niños crecerán en un ambiente hostil y desconsolador, donde las promesas por un futuro mejor parecen distantes. Por esta razón la relación entre los pequeños se fortalece, pues son ellos los únicos que pueden cambiar su destino.

Todas las lamentables situaciones por las que tuvo que pasar Jeannette y sus hermanos han construido la relación que ahora tienen entre ellos y con sus padres, y el relato se encarga de mantener un tono donde el ambiente abusivo predomina por sobre los momentos de lucidez y afecto entre este padre y su hija. No obstante, hacia el tercer acto existe la intención de redimir culpas y olvidar resentimientos, otorgando el espacio para el perdón, pero esta decisión no logra ser desarrollada apropiadamente e ignora el camino que se ha construido hasta el momento. Por lo tanto, en un confuso desenlace, la actitud de la protagonista se ve forzada, obligando a cuestionar si lo que se ha mostrado como recuerdos de esta familia han sido los suficientes como para poder empatizar con los personajes y sus decisiones.

Esta construcción irregular de un relato cargado al melodrama hace de “El Castillo de Cristal” una película con un alto grado emotividad, pero contrarrestado por su falta de compromiso hacia sus personajes. Y, gracias a las buenas interpretaciones de sus actores en un relato íntimo y claramente personal, la cinta logra sostenerse, sin embargo, es insatisfactoria en su desarrollo y falla al no contar con la claridad suficiente para poder encauzar su objetivo y así narrar con mayor precisión lo que realmente se quería contar.


Título Original: The Glass Castle

Director: Destin Daniel Cretton

Duración: 127 minutos

Año: 2017

Reparto: Brie Larson, Naomi Watts, Woody Harrelson, Max Greenfield, Sarah Snook, Josh Caras, Charlie Shotwell, Iain Armitage, Ella Anderson, Shree Crooks, Sadie Sink, Eden Grace Redfield, Dominic Bogart


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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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