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El Bosque de Karadima

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10 de agosto de 2013, y se conocen las primeras declaraciones de Fernando Karadima en el marco de la investigación judicial llevada en su contra por abuso sexual de menores. En la oportunidad, el cura decía: “No cometí ilícitos, menos aún sobre menores de edad. Supe de las denuncias que se me hacían a través de un programa de televisión”. El caso del ex sacerdote de “El Bosque” –parroquia ubicada en Providencia, que concentra a feligreses de la clase alta de Santiago y donde se sucedieran los abusos- explotó con fuerza cuando, en abril de 2010, se publicara una serie de acusaciones que lo vinculaban con delitos sexuales, de los que la Iglesia Católica y, esencialmente, el Arzobispo de Santiago en ejercicio, Francisco Javier Errázuriz, estaban en pleno conocimiento. A cinco años de aquello, el asunto se hace película.

EL BOSQUE DE KARADIMA 01En “El Bosque de Karadima” se presenta fundamentalmente la historia de Thomas Leyton (Pedro Campos/Benjamín Vicuña) –personaje basado en James Hamilton, uno de los acusadores del clérigo en la realidad-, un joven que se hace miembro de la parroquia “El Bosque”, lugar donde se orienta en la vocación sacerdotal y del que Karadima (Luis Gnecco) es el admirado e incuestionable líder, tratado incluso de “Santo”. Thomas, herido por la difícil situación familiar que atraviesa, verá en el párroco a una figura deslumbrante, a un mentor natural. Karadima también se fija en él, y rápidamente lo íntegra a su círculo de confianza envistiéndole como su secretario personal. Aprovechando su vulnerabilidad, el cura no tarda en abusar del muchacho, quien sólo después de 20 años sometido, con su esposa Amparo (Ingrid Isensee) de confidente, lo va a poder enfrentar.

Para poder dar forma a este título, su director, Matías Lira, llevó un proceso de investigación que duró tres años. Tiempo que da cuenta de la seriedad de un proyecto que en su resultado global es total y absolutamente convincente. “El Bosque de Karadima” no es una cinta biográfica, como se podría prever; en ella convergen distintas historias que hablan sobre temas que tienen su alcance en el poder como instrumento de manipulación, hasta la desolación transversal de un ciclo vicioso, donde en un trío de personas todas pueden ser el tercero en discordia. Los protagonistas del largometraje –Thomas, Karadima (un aplicado e histriónico Gnecco) y Amparo (personaje inspirado en Verónica Miranda, ex esposa de James Hamilton), que caben dentro de un tratamiento individual muy dedicado, se van sosteniendo mutuamente en un formato pregunta/respuesta que es capaz de mantener la atención sobre el relato en cada pasaje.

EL BOSQUE DE KARADIMA 02Con respecto a lo anterior, el filme va avanzando sobre una estructura clara, sabiéndose comprometido con la verdad y la relevancia que tiene para nuestro país el horror que está contando. El desarrollo de la historia está muy bien puntualizado, siendo exhaustivo cuando corresponde y concreto cuando es necesario. Uno de los muy buenos ejemplos de esto pasa por la arista financiera del caso, poniéndose de relieve el tema de las propiedades y los recursos económicos que manejaba Karadima –fruto de la estrecha relación que mantuvo con la elite más poderosa de Chile en la realidad de los años 80: parroquianos de derecha como Jaime Guzmán o Eliodoro Matte se cuentan entre sus corderos-, sin pesquisar nombres o enrevesadas situaciones. Asimismo, la mención de las “Correcciones fraternas”, fijadas en el abatimiento de Thomas y la potestad del sacerdote antofagastino, manifiestan una visión que encara y no se guarda nada sobre lo que muestra como una Iglesia inquisidora, temible, oscura: una gran demostración –a través de una escena notable- de cómo el séquito y el círculo de hierro de Karadima actuaba casi como una mafia.

Para ir tanteando terreno, la película va pasando mesuradamente por los abusos sexuales que tienen por víctima a Thomas, para después, al borde de lo gráfico y siguiendo con acierto el cambio del personaje (se entiende que el papel esté a cargo de dos actores diferentes para situar la evolución de su figura más allá de lo puramente psicológico), arriesgar por medio de una postura que de conservadora nada tiene, para suerte del espectador más exigente. Primerísimos planos –recurso muy utilizado en las producciones chilenas que se mueven por el drama- dispuestos para representar desamparo en los personajes, y planos largos que esbozan ostentación, se contraponen para graficar EL BOSQUE DE KARADIMA 03el yugo que ejerce el clero sobre muchos de sus fieles. En la misma línea, el uso de montajes paralelos y saltos temporales en el relato, aportan con ritmo a una cinta que, con sus diálogos, expresados en el umbral de lo incómodo, recrean secuencias que son realmente inquietantes, como si todo lo que circunda a la historia fuese ficción.

Tras la resolución de la justicia eclesiástica –siendo esta diferente del estamento legal ordinario, determina con sus propios decretos las penas para miembros de su congregación que cometan delito-, Karadima es declarado culpable de abuso sexual, por lo tanto condenado a una pena de carácter espiritual y a una “vida penitente”, pero que no lo despoja de su condición de sacerdote. El antes llamado “santo” actualmente pasa sus días en el Convento Siervas de Jesús de la Caridad, confinado a la soledad clerical y a la oración. Si bien, “El Bosque de Karadima” repasa sólo una parte de un caso que es complejísimo en todas sus ramificaciones, es muy probable que su existencia vuelva a poner en la coyuntura nacional una causa sobre la que toda una comunidad exige justicia laica y verdadera. Por ahora, el filme dirigido por Matías Lira apunta al espacio donde las producciones cinematográficas no quieren subestimar ni temer a la valoración del público. Y eso es algo que se agradece y se reconoce.

Por Pablo Moya

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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