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El Bar

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Álex De La Iglesia hace tiempo definió su estilo, uno marcado por el diálogo rápido y monólogos exagerados que escribe junto a su guionista estrella y colaborador en varias producciones, Jorge Guerricaechevarría. Las situaciones extremas representadas en forma de comedia negra son su fuerte, junto a ese diálogo que no destaca por ser realista como el de Woody Allen, sino más parecido al de Quentin Tarantino en la exposición que hace con cada personaje. En “El Bar” se encontrarán muchas similitudes con “The Hateful Eight” (2015), aunque mucho menos violenta y explícita, pero manteniendo la esencia de quien han llamado el Tarantino español.

Una mañana común, un dispar grupo de madrileños se encuentran en un céntrico bar, viéndose atrapados en este cuando uno de los clientes decide salir y recibe un disparo en la cabeza. Las calles se vacían por completo y un segundo cliente es asesinado al salir en socorro de la primera víctima. Al verse encerrados y aterrados ante la posibilidad de muerte inminente, los desconocidos sacarán a relucir lo peor o mejor de su humanidad, llevados al extremo con cada nueva situación que se les presenta.

La última película de Álex De La Iglesia, connotado director español, trae una mezcla de los estilos que ha desarrollado a lo largo de su carrera sin casarse definitivamente con ninguno. Esto queda en evidencia al comparar las dos dispares mitades de “El Bar”, perjudicando su totalidad, ya que no sólo necesita buen diálogo para brillar, elemento que es lo más consistente en toda su duración. Las promesas realizadas durante el primer acto se olvidan durante el segundo, para dar rienda suelta al exceso y excentricidad que el director expone con familiaridad durante el tercero. “El Bar” parece dos o tres películas distintas, inconsistentes en su tono, con temáticas diversas en la superficie y una línea de fondo que quiere exponer la maldad humana.

Si ese era su cometido, definitivamente lo logra. De la Iglesia y Guerricaechevarría ponen a sus personajes en situaciones cada vez más extremas, los confronta con sus inseguridades, vergüenzas y miedos, sacando a relucir lo peor que la humanidad tiene para ofrecer. Esta oscuridad se aliviana sacando una risa ocasional que no debiera estar ahí –marca de las comedias negras–, pero cuando es sádico y explotador, la repulsión es instantánea, tanto gracias a su contraste en color y vestuario, como a la actuación.

Al parecer, las inconsistencias de la trama y las promesas que no se cumplen quedan en segundo plano para el director y guionista al plantear sus temáticas, sirviéndose de una situación extrema y cuestionable para exponer a sus personajes en toda su exagerada locura. Lo anterior, genialmente caracterizado por Carmen Machi, Jaime Ordóñez y Mario Casas, que trabajaron con Álex De La Iglesia en la no muy aclamada “Mi Gran Noche” (2015) y con un papel corto pero destacable de Telere Pávez, con quién trabajó en “Las Brujas de Zugarramurdi” (2013), película que tiene una progresión muy parecida a esta entrega.

El director de “El Día De La Bestia” (1995) no se queda corto en metáforas y pistas visuales, algunas más obvias que otras, entregando un subtexto poco sutil. Las temáticas que introduce en el primer acto pueden llegar a ser demasiadas, desde insinuaciones en los créditos iniciales, a las teorías conspirativas y un relevante terrorismo. Más llamativo que la exposición de estos temas es su estilo al usar la cámara, interesante desde la primera secuencia, haciendo notar que en su juventud estuvo rodeado y participó en el mundo del comic, cosa que le da una característica particular a su cine.

La maldad oculta de la naturaleza humana no es una temática nueva, su exposición en un ambiente contenido tampoco lo es, algo que fuera muy bien logrado en “El Ángel Exterminador” (1962) por Luis Buñuel. “El Bar” –que no por mostrar esta maldad es una crítica a la misma– resulta más urbana y común dentro de su excentricidad, exponiendo un lugar céntrico de seguridad aparente y transformándolo en un encierro. Sus personajes, a ratos intencionalmente patéticos y estúpidos, no causan empatía, sino ira y un morbo que el director ya sabe cómo aprovechar, siendo esta la firma de su cine. El delirio de Álex De La Iglesia pudo ser consistente de principio a fin, aun manteniendo su mensaje de fondo, pero resulta tan dispar y poco consistente, que distrae, dejando la interrogante sobre el sentido de lo que se está viendo.

Por Valentina Vinet

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El Hombre Invisible

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El Hombre Invisible

Luego de fallar en el intento de crear una nueva franquicia basada en los monstruos clásicos del estudio Universal, la decisión de traerlos de vuelta sigue en pie, pero otorgándole a cada uno por separado la oportunidad de reiniciar sus raíces a través de relecturas basadas en su material original. “El Hombre Invisible”, novela escrita en 1897 por H.G. Wells, tuvo su propia adaptación cinematográfica en 1933, dirigida por James Whale, y en el reinicio en 2020 a cargo de Leigh Whannell (“Upgrade”, 2018) la historia dará un giro para ser adaptada a nuestros tiempos y mezclarse con los miedos modernos, para así encontrar un espacio y poder sobrevivir en la atestada cartelera semanal.

Esta nueva versión se centra en Cecilia Kass (Elisabeth Moss), quien, luego de escapar de la abusiva relación que tenía con un millonario científico, recibe la noticia que él se ha suicidado, dejándole gran parte de su fortuna como herencia. Sin embargo, su cordura se ve cuestionada cuando, después de unos extraños sucesos, Cecilia comienza a suponer que su ex pareja en realidad no está muerto. Mientras trata de convencer al resto de sus sospechas, deberá arrancar de quién la acecha y proteger a quienes ama.

Reconstruir clásicos y reversionar sus propuestas siempre parece ser un trabajo difícil, más aún cuando se tiene las limitaciones de interpretar al pie de la letra el material original y sólo se realizan ciertas modificaciones para que pueda camuflarse correctamente en tiempos actuales. Sin embargo, la labor que realiza el guion a cargo del mismo Whannell parece más ambiciosa que sólo rehacer la adaptación de una novela escrita a finales de 1800.

De aquel material original sólo se toma la premisa para ahondar en miedos aún más profundos y que tienen relevancia con los tiempos que nuestra sociedad está viviendo. Aunque esto se podría tomar como aprovechamiento mediático de un movimiento, que hizo que muchas mujeres alzaran la voz frente a los abusos que han sido cometidos en su contra, la cinta pareciera tener la intensión de acentuar el temor que existe tras salir de una relación abusiva, y cómo las consecuencias persiguen a su sobreviviente, incluso cuando el escenario ya parece seguro.

Este subtexto se esparce durante toda la cinta, dejando en claro que, para hacer una película que se mueve entre el terror y el thriller psicológico, debe existir una sustancia que sostenga las decisiones de su protagonista y los eventos que la rodean. En ese sentido, esta producción logra el objetivo sin excesos o la utilización de su protagonista como víctima; por el contrario, el viaje que realiza Cecilia desde que logra escapar de las manos de su abusador hasta la resolución final da cuenta de una evolución frente a los cuestionamientos frente a su cordura, pues, quienes la rodean, no logran advertir el calvario por el que ella realmente está pasando.

De esta forma, el trabajo realizado por Elisabeth Moss resulta esencial para poder retratar este estremecedor trayecto. Su rostro, presente en casi todo el metraje en pantalla, logra encarnar las emociones necesarias para conectar con su resistencia, llevándose gran parte del peso dramático de esta película. Whanell prefiere tomar el tiempo necesario para construir la tensión, optando por extender ciertos momentos donde el peligro acecha, apoyándose en la información que el público maneja sobre la situación y evitando los ya sobre utilizados jump scares. No obstante, la decisión de extender estos momentos de incertidumbre acaba por ralentizar secuencias de angustia, terminando en resoluciones anticlimáticas y que podrían agobiar el compromiso tácito entre espectador y relato.

Por otra parte, al encontrarse enfocada en la exploración psicológica de su protagonista y cómo los hechos a su alrededor ponen en jaque su cordura, este énfasis está estirado hasta que el momento donde las revelaciones comienzan a ser más claras, las que parecen ser incluidas casi por obligación y sin sutilezas, provocando que la narración decaiga hacia su final.

“El Hombre Invisible” no aspira a esclarecer la ciencia detrás de la posibilidad de ser invisible, dejando a un lado cualquier rastro de explicación innecesaria sobre aquel hecho. Por el contrario, el relato avanza hacia los miedos que existen cuando lo que más se teme aparece sin razón y no se le puede ver. Si bien, la cinta avanza con algunos tropiezos y decisiones que pudieron ser evitadas, es cierto que su propuesta funciona de manera acertada, principalmente gracias al trabajo de su subtexto y el desempeño de su actriz protagonista.


Título Original: The Invisible Man

Director: Leigh Whannell

Duración: 110 minutos

Año: 2020

Reparto: Elisabeth Moss, Storm Reid, Harriet Dyer, Aldis Hodge, Oliver Jackson-Cohen, Zara Michales, Michael Dorman, Amali Golden


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