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Cine

Duro de Matar: Un Buen Día Para Morir

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25 años desde que descubrimos al personaje de John McClane, aquel policía de Nueva York que en Los Ángeles tiene que combatir contra moros y cristianos para rescatar a su amada de las fauces del mal. Tal como San Jorge en la mitología, o de forma más compleja, como Ulises que vuelve a su pueblo y se da cuenta que Penélope ya no teje más, y prefirió dedicarse a su profesión y sus hijos, incluso renegando del apellido y el anillo matrimonial. De todo se puede leer de una película tan “simple” como “Die Hard” (1988), la primera de una serie que ya lleva cinco estrenos, con total vigencia dentro de los blockbuster esperados por la taquilla internacional. Porque “Duro de Matar”, como la conocimos en Latinoamérica (en España la rebautizaron como “Jungla de Cristal” y todavía no saben como enmendar el pecado), es un paradigma en las películas de acción a las que nunca hay que desestimar: bien contada, con actuaciones memorables –sobre todo en los secundarios-, con un ritmo que atrapa en cualquier instante, y con tantas interpretaciones como visionados se hagan. A GOOD DAY TO DIE HARD 01Además, y es justamente su riqueza más preciada, es una historia totalmente adictiva, como queda demostrado con “Duro de Matar: Un Buen Día Para Morir”, la última entrega de la saga.

John McClane (Bruce Willis) se entera que su hijo Jack (Jai Courtney) está encarcelado en Rusia, y que arriesga cadena perpetua por ejecutar a un mafioso. Preocupado por la suerte de su retoño, decide ir a visitarlo a Moscú, y al aterrizar se da cuenta que Jack es en realidad un agente de la CIA trabajando en la protección de un testigo importante, que puede comprometer la investigación por tráfico de armas nucleares, y por el cual se ha puesto precio por su silencio.

Este es el primer guión original para una película Die Hard, y se nota. El tema familiar ha sido transversal a la serie, alejándose sólo en la tercera parte. Acá esta temática es central y transversal, el encuentro entre padre e hijo es esencial para comprender la trama, y donde se generan los momentos más entrañables. El mismo Willis, que hace de productor ejecutivo, confesó que su intención era centrar el conflicto en la relación familiar, y se nota en cada escena que ronda la dinámica del padre en busca del tiempo perdido. Porque la familia McClane no es de abrazos, pero las escenas de acción se entienden como un ajuste de cuentas de infancia, un paseo por el parque, un partido de fútbol entre hijo y papá, con balazos y explosiones de por medio.

Dejando de lado esa relación parental construida casi en el juego, la cinta, en sus cortos noventa y tantos minutos, es un ejercicio efectivo y trepidante de clásica acción hollywoodense, con los respectivos giros de tuerca, sorpresas y actos suicidas. “Duro de Matar: Un Buen Día Para Morir” está a la altura de la entretención entregada por las otras cuatro anteriores, aportando una cinta limpia, bien filmada, con una atmósfera de imagen digital y una iluminación que obligan a concentrarse en las escenas de acción, además de aportar una sensación de “realidad” incluso en las piruetas y explosiones más inverosímiles.

A GOOD DAY TO DIE HARD 03Es necesario evitar cualquier interpretación apresurada sobre una película luego de salir del cine, porque las primeras impresiones son engañadoras; a veces la rabia o la euforia es demasiado grande, y nubla tanto la razón como la sensibilidad para apreciar una obra cinematográfica. Porque en el cine la mayor parte de la experiencia dentro de la sala se va en la empatía, aquella que generan los actores con sus personajes, y el director con la forma en que los filma y los hace interactuar. En resumen, y apelando al cúmulo de sensaciones aportadas por esta cinta, “Duro de Matar: Un Buen Día Para Morir” es excelente en su género, con todo lo que necesita un film de acción para entretener y cautivar. Lo que sí es imposible saber luego de unas cuantas horas de haberla visto, es su real valor, su peso específico frente a sus antecesoras y frente al sobrepoblado mercado hollywoodense actual. Lo mejor, en este caso, es entregarle la pelota al público, y en último caso, a quien decide más sabiamente que cualquiera: el tiempo.

Por Juan Pablo Bravo

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Artículos Cine

Star Wars y el auge de los efectos visuales

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Star Wars

Desde prácticamente siempre, ha existido un odio irracional hacia las precuelas de Star Wars, aquella trilogía de películas que estrenada entre 1999 y 2005 que prometía conectar todos los hilos en torno a la historia que George Lucas iniciara en 1977. Amparado bajo una segunda explosión de popularidad de la saga, el director comenzó a principios de la década del 90 lo que sería la concepción de una idea que ya tenía cuando trabajaba “El Imperio Contraataca”, y que, según sus propias declaraciones en múltiples ocasiones, no le era posible filmar debido a las limitancias tecnológicas propias de la época. Así, el desarrollo del CGI hizo que Lucas pudiera adentrarse en la realización de una nueva trilogía, donde, más allá de su cuestionado argumento e innecesaria creación de fallas argumentales para la saga original, terminó por transformarse en una revolución gracias al elemento que fue más destacado por la crítica: los efectos especiales.

Fue en 1997 cuando comenzó el rodaje de “La Amenaza Fantasma” (1999) y, aunque se mantuvieron algunos elementos como la marioneta de Yoda y una utilización de escenarios reales con un cuidado diseño de producción, la transición se fue desarrollando de manera natural a lo que terminaría siendo “El Ataque de los Clones” (2002) y “La Venganza de los Sith” (2005), donde el uso de fondo verde fue más prominente que en ocasiones anteriores. Como dato curioso, y para reforzar la idea de que la animación digital fue el elemento principal de estas cintas, es sabido que no se construyó ni una sola armadura de trooper durante las tres películas, con dichos modelos siendo todos creados por computadora. A pesar de que el uso de CGI ya se había presenciado en otras películas previas –probablemente “Jurassic Park” (1993) siendo el caso más reconocido–, su utilización dentro de la producción de Star Wars significó todo un precedente, gracias a un innovador software donde se crearían los efectos visuales, al punto de que en la primera cinta existe una sola secuencia que no contiene efectos digitales.

A veinte años de su estreno, los efectos visuales en el cine son cosa de cada día, con prácticamente la totalidad de las cintas más taquilleras utilizándolo en su mayoría, lo que en un espectro más crítico ha terminado por omitir en el espectador el deseo de intentar diferenciar qué es real y qué no al momento de mirar una película. Asimismo, los directores actualmente pueden gozar de la misma libertad que Lucas describió a la hora de realizar las precuelas, pudiendo crear un guion a su antojo sin preocuparse de restricciones en torno a la producción, el desarrollo de personajes y, sobre todo, la creación de mundos y criaturas tan fantásticas como se ha caracterizado la saga desde sus orígenes. Todo lo anterior permitió también una reducción en los tiempos de rodaje, comenzándose a producir blockbusters en masa gracias a la implementación de la fotografía digital, y el uso de cámaras digitales que permiten grabar sin la necesidad de revelar el celuloide, pudiendo así montar y modificar escenas de una manera mucho más rápida.

Ya con la trilogía original Lucas había innovado en una serie de técnicas cinematográficas que eran prácticamente desconocidas para la época, pero todo ese trabajo fue opacado en cierta forma gracias al abrumador éxito que la saga tuvo más allá de la pantalla, transformándose en un icono de la cultura pop gracias a la explosiva venta de juguetes y una creciente popularidad que nunca decayó en el período de 1977 a 1983. Y es así como las tecnologías fueron evolucionando en pos de una saga que desde sus orígenes buscó una forma de deslumbrar y crear experiencias nunca vistas, algo que sin duda se logró con todos los contratiempos que pueda significar. Pasar de un aproximado de 365 tomas con efectos visuales en la primera cinta de 1977 a las más de 2200 que tiene la última de la era Lucas en 2005, habla de una necesidad de incorporar la tecnología con el fin de contar historias, derribando límites y permitiendo que la creatividad e imaginación de los realizadores pueda verse reflejada en la gran pantalla.

Hoy en día, con una nueva trilogía que llegará a su fin este 19 de diciembre, se puede ver como las técnicas de las otras seis entregas se van complementando para darle un romanticismo a la producción, omitiendo de plano un uso totalmente digital para seguir incluyendo animatronics, marionetas, maquillaje y otras técnicas de producción. Sin embargo, es imposible no reconocer el trabajo e influencia de George Lucas en el desarrollo del cine de fantasía como lo conocemos hoy en día y, más allá de cualquier falencia narrativa que haya cometido en sus cuestionadas precuelas, el cine y la tecnología comenzaron una relación que ha beneficiado tanto lucrativa como creativamente a la industria.

  • Star Wars: El Ascenso de Skywalker” se estrena el próximo 19 de diciembre. Preventa AQUÍ.

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